Alguien que sea yo

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ALGUIEN QUE SEA YO

Manuel del Barrio Donaire

 

Huacanamo. 73 pág.

 

Por Begoña Callejón Aliaga

 

 

Manuel del Barrio Donaire (Úbeda, 1977) escribe poemas, vive en Málaga y trabaja en una librería. Estudió y creció en Madrid, en 2008 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Princesa de Éboli por su poemario Confesiones de un Soltero Autopoético (Point de Lunettes) que se publicó en 2009. Ahora ha publicado junto a Huacanamo  su segundo poemario que se titula Alguien que sea yo. Manuel procura llevar una vida tranquila a pesar de sus cuatro blogs.

 

La mente de Manuel no necesita dejar nada al azar, este libro está cargado de trabajo. Estas letras nos ofrecen alma y cuerpo, poesía y entrañas. Un poemario cargado de un ritmo casi musical. Los poemas nos regalan una pregunta tras otra, nos sumergen en esa cotidianeidad que a pesar de estar acostumbrados a ella, nos deja perplejos nuevamente. En una época en la que vamos al psiquiatra, donde los estados anímicos nos perturban, donde buscamos la modernidad y el camuflaje; descubrimos un buen escritor dentro de un mar de incertidumbre. Manuel de Barrio Donaire nos regala una joya en estado puro.

 

El libro está dividido en tres partes, bla bla bla, Medio elefante y La tele es luz. Comienza con una introducción y termina con un epílogo fascinante.

 

En la primera parte del poemario, Bla bla, bla, Manuel asegura: A mí me gustan cosas que no tienen nada que ver con lo que dice la gente. Ser yo, ser alguien. En esta parte somos conscientes de que todos tenemos una cocina, un trastero y un microondas, que abrimos cajas a diario, leemos catálogos, disfrutamos con los dibujos y los juguetes de nuestros hijos. Sabemos que la felicidad es complicada pero a veces, como dice Manuel, simplemente consiste en abrir algunas cajas de cartón. Las alianzas que establecemos con los amigos y familiares, el amor, el llegar tarde a una cita, el ir básicamente hacia lo desconocido, contando los minutos, sin detenerse ni un instante, rápido, más rápido y todo para preparar una cena para dos; así pasamos el tiempo. En nuestro día a día respiramos, zurcimos los calcetines, desarrollamos teorías, leemos a Rimbaud, Dostoievski, vemos películas porno y como no, nos sumergimos en youtube.

 

En medio elefante, su segunda parte, nos dice entre susurros: Cualquier cosa para actualizar mi blog, dice entre susurros. Aquí imaginamos que podemos enfermar de lo que queramos, que somos lo peor de nosotros, que nos salen bultos, manchas, tumores. Soy la pereza, soy el miedo, la mentira, nos dice. Bebemos Coca-Cola, whisky y continuamente nos buscamos en internet. A veces consultamos el futuro en el espejo: te borras las arrugas, las huellas dactilares. Limpiar el váter, practicar yoga. ¿Así es cómo se soluciona el mundo? ¿Tal vez podamos evitar que te suicides?. Las marcas que nos rodean bombardean nuestros sentidos, los lugares. Kurosawa, Nitendo DS, Sony, Tokio. Leemos a Schopenhauer, nos descojonamos de nuestra vida.

 

En La tele es luz, su última parte, Manuel del Barrio nos enfrenta a nosotros mismos, a nuestro consumo y a nuestras pasiones y nos dice: Esta es mi filosofía de la A a la B y de la B a la A. Nunca salgo de casa sin mi aspirina con vitamina C. En esta parte viajamos por la calle Fuencarral, nos tatuamos y recordamos a Star Wars casi sin querer. ¿Pensar en nuestro horóscopo?, ¿en el momento en el que nos regalaron nuestro primer reloj?, ¿en el portátil?, ¿en los edificios de más de doce plantas?, no, sólo basta con recordar la muerte de Andy Warhol, pensar en Cortázar, en Ray Loriga, en House, en Lori Meyers en el iPod, en la guía Lonely Planet, en los dragones, en el pollo y el pescado.

 

Este maravilloso libro nos abre las puertas de la percepción, nos invita a que paseemos un día cualquiera con él, o con nosotros mismos, por las calles de nuestra ciudad, de nuestros sentimientos, sin olvidar la perfección, la simetría. Manuel termina diciéndonos: Ahora están muertos/ y les sigue leyendo todo el mundo. No podemos saber a quién lee nuestro vecino, algún amigo o el chico del supermercado pero si sabemos que aquel que lea este libro no se quedará indiferente, necesitará volver a releer sus páginas una y otra vez.

 

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