Técnica, progreso y bienestar

 Por Ignacio G. Barbero

El hombre es, y ha sido siempre, un ser técnico. Desde el comienzo de la historia humana ha adaptado el medio a sí mismo para favorecer su bienestar. Toda herramienta o instrumento tenía como objetivo facilitar las condiciones existenciales de nuestra especie, a saber: eran un medio para conseguir vivir sin dificultades, fin humano básico que estaba íntimamente relacionado con la obtención de alimento y seguridad.

Si bien se mantiene -muy sutilmente- esta dinámica en la técnica contemporánea, hay una nueva tendencia que ha invertido la dialéctica medio-fin: en nuestro tiempo es la demanda de la técnica la que impone fines que creemos nuestros; nosotros somos los medios que realizan las potencias casi incalculables de la técnica. Su frenética velocidad de avance es mayor que nuestro pensar y nuestro hacer. La técnica crea al técnico, abre su campo de estudio y lo determina. Y más radicalmente, funda las condiciones de posibilidad de toda experiencia humana cotidiana en el mundo “civilizado”. Los aparatos técnicos no son ya elementos accesorios, auxilio de una realidad biográfica suficiente por sí misma, sino principio de acción en el mundo, sin el cual no podemos entendernos ni figurarnos en el futuro. Por ello, sus características artificiales han redefinido, directa e indirectamente, cuáles han de ser las notas principales de un ser humano:

  • –  Actualizabilidad/ mejorabilidad: En formación ininterrumpida; siempre dispuesto a la instalación de nuevos datos y competencias en uno mismo. Más es mejor.
 
  • –  Insatisfacción perenne: Nada es suficiente. Ninguna experiencia vital es capaz de colmar nuestra necesidad de querer y tener.

 

  • –  Infantilismo: Capacidad para la sorpresa constante, para adaptarse y para cumplir obedientemente con las intensas demandas y estímulos que provienen del exterior. 
 
  • –  Egotismo: Referencia al yo como motor único de la vida personal, como exclusivo baluarte moral y de conocimiento. El entorno, personal y natural, es pura exterioridad.

 Este ideal de comportamiento se comprende mucho mejor si atendemos a las raíces de la tecnociencia actual: “La técnica contemporánea nace de la copulación entre el capitalismo y la ciencia experimental” (Ortega y Gasset). Ambos progenitores son herederos de la idea de progreso, que presenta una serie de supuestos anhelos vitales como naturalmente necesarios en el ser humano (y en la historia): El aumento constante (más=mejor) de contenidos/propiedades en igualdad de condiciones al resto de hombres, el “avance”, con este incremento, hacia un supuesto fin (sin el cual la noción de progreso no tiene sentido) y la confianza en la benevolencia plena de este fin , que se suele identificar con la felicidad y/o el éxito.

Sin embargo, la idea de lo que es una vida humana se ha transformado tantas veces a lo largo de la historia que muchos de los que ahora llamamos progresos técnicos fueron desconsiderados y abandonados en su tiempo. El afán de invenciones perenne, el modelo progresista a partir del cual nos configuramos hoy, no debe hacernos suponer que esta tendencia ha estado presente en el mundo humano desde el comienzo de su historia, y que, por tanto, ha de ser y seguir siendo así in saecula saeculorumEs, sencillamente, una perspectiva del mundo introducida por el capitalismo la que impone el actual modo de entender, desarrollar y habitar la técnica. No es algo naturalmente devenido ni refiere a una necesidad biológica básica y, por tanto, no es algo neutral: “más duramente estamos entregados a la técnica cuando la consideramos como algo neutral” (Heidegger). Quizás es por ello que la corriente de la técnica ha arrastrado tanto nuestro ser que sólo sabemos/podemos dejarnos llevar por sus fines y potencias. 

Teniendo en cuenta esta realidad y que la esencia más íntima de la técnica, como expuse al comienzo, es favorecer el bienestar humano, ¿en qué medida éste es garantizado en el estado de cosas actual? Si lo reducimos a la satisfacción de las condiciones materiales suficientes para realizar una vida sin penurias, no hay mucho que argumentar: somos afortunados. Mas, a mi juicio, la cuestión se juega en un bienestar más sutil y fundamental: el espiritual/mental. Preguntarnos por él es volver al modelo técnico de la personalidad, cuyas notas predominantes, que antes he listado, nos han llevado a una grave hipertrofia del yo y las emociones que éste tiene que gestionar. Las obras de autoayuda, de guía espiritual, que contienen el secreto de la felicidad, y la cada vez mayor necesidad del entretenimiento anestésico, son sólo los intentos de paliar esta enfermedad contemporánea, caracterizada por una fragmentación virulenta de la realidad personal, que no puede encontrar un asidero. La técnica, en tanto que causa generadora de este malestar, nunca será su solución.

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