Carlos Olalla: “El ambiente de rodaje de ‘El tiempo entre costuras’ es el mejor que me he encontrado en mi carrera”

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Por Robert Sendra.

Tras 25 años dedicados a la dirección empresarial, Carlos Olalla (Barcelona), decidió dar un giro a su vida para dedicarse a la interpretación. Gracias a esa decisión y al trabajo incesante, desde 2005 hasta ahora ha participado en más de 80 proyectos de teatro, cine y, especialmente, televisión, en donde ha interpretado a numerosos personajes secundarios de las series que han triunfado en los últimos años, desde ‘El Comisario’ o ‘El Internado’ hasta El Tiempo entre Costuras, una serie basada en la novela de María Dueñas y cuyo rodaje ha finalizado recientemente. La conversación con el actor nos adentra en el apasionante mundo de las parrillas televisivas y del trabajo frente a las cámaras.

Pregunta: Una de las últimas producciones en las que te hemos podido ver en Cataluña ha sido la del documental ficticio ‘14 d’Abril. Macià contra Companys’, emitido en TV3. Pronto llegarán también ‘El tiempo entre costuras’ y la segunda temporada de ‘La República’. ¿Te interesan las producciones históricas?

Respuesta: Ante todo me interesa el cine y la televisión de calidad, y las tres producciones que mencionas desde luego la tienen. Ha sido un verdadero placer trabajar en ellas. En cuanto a las producciones históricas, me interesan mucho porque tocan una parte de nuestra historia que ha marcado nuestro presente y nuestra realidad como pueblo y como individuos. Es importante conocer esta parte de nuestra historia, poder hablar de ella abierta y libremente y, sobre todo, es importante que los jóvenes de hoy sepan lo que tuvieron que sufrir sus padres y sus abuelos para defender su dignidad y sus derechos. El cine y la televisión son entretenimiento, pero pueden y deben ser mucho más que simple entretenimiento.

P: ¿Cómo será tu papel en ‘El tiempo entre costuras’, interpretando a Gonzalo?

R: El papel de Gonzalo Alvarado, el padre de Sira, la protagonista de ‘El tiempo entre costuras’, es un personaje maravilloso con el que me identifico plenamente. A pesar de que, aparentemente, tiene una vida acomodada y sin problemas, la realidad, su realidad, es mucho más compleja. El miedo y la cobardía le impidieron enfrentarse a su familia cuando era joven. No defendió su amor, no luchó por él y por eso lo perdió. Ese amor, la costurera que venía a coser a casa de los padres de Gonzalo, desaparece de su vida y con ella la hija que espera y a la que él no llegará a conocer hasta pasados más de 20 años. Gonzalo es una persona que ha sufrido, una persona a la que la vida le ha pegado duro, pero también es una persona que ha sabido transformar el dolor en belleza. Es consciente de que el tiempo pasa y de que ya está en el otoño de su vida. Por eso le pide a su hija una segunda oportunidad, una oportunidad para ser el padre que nunca debió dejar de ser. Todos cometemos errores, todos tropezamos y caemos a lo largo de nuestra vida, pero lo importante es volverse a levantar y hacerlo para tender una mano amiga a quien la pueda necesitar. Me identifico plenamente con él porque es de los que han aprendido que, igual que el agua hace crecer a los árboles, son las lágrimas las que hacen crecer a las personas.

P: ¿Qué supone interpretar a un personaje que ya existía previamente en la literatura?

R: Es la primera vez que me enfrento a una situación así. Cuando leí la novela me identifiqué tanto con él que sabía lo que iba a hacer antes incluso de leerlo. Cuando me dijeron que iba a interpretar a Gonzalo, que iba a darle vida, no te puedes imaginar la inmensa satisfacción que sentí. Además el ambiente del rodaje ha sido de lo mejor que me he encontrado en mi vida profesional. Todos, tanto el equipo artístico como el técnico, están absolutamente involucrados con la serie, viviéndola y cuidándola al máximo porque consideran que forma parte de ellos. Y tener la oportunidad de trabajar con Adriana Ugarte es una de las experiencias más enriquecedoras que puedes tener. Es pura generosidad. No tienes más que mirarla, escucharla y dejarte llevar. Con ella todo fluye. Es ella la que ha creado al Gonzalo que se verá en la pantalla.

P: Y ante todos estos proyectos, ¿cómo te prueba la vida a caballo entre Barcelona y Madrid que suelen experimentar tantos actores en España?

R: Lo cierto es que me trasladé a vivir a Madrid hace ya tres años. He desarrollado mi carrera principalmente en televisión y se hace mucha más televisión en Madrid que en Barcelona. Por eso me encontraba con la contradicción de que trabajaba fundamentalmente en Madrid pero vivía en Barcelona. Además, lo que más me gusta es el teatro y compaginar eso de hacer tele en Madrid y teatro en Barcelona es prácticamente imposible. Realmente no es fácil de compaginar, sobre todo cuando estás sin un duro, como era y sigue siendo mi caso, y tienes que viajar en autobús. Te puedo decir que para hacer mi primer papel importante en una serie, el Conde Arturo de la Palma de la primera temporada de ‘Amar en tiempos revueltos’, hice más de mil horas de autobús en un año. Recuerdo incluso que una vez me llamaron cuando volvía a Barcelona para decirme que habían cambiado el plan de rodaje y tuve que cambiar de bus al llegar a Zaragoza y volverme a Madrid. Pero de todas esas experiencias uno aprende a sacar siempre la parte positiva. Recuerdo que en aquella ocasión iba, para variar, sin un chavo y le comenté al conductor del bus que tenía que bajar y coger uno de vuelta a Madrid. No paramos en la estación, sino en un área de servicio de la autopista y me dijo que el conductor del otro bus sería quien me vendería el billete. Resultó ser un argentino encantador y cuando le comenté mi caso me dijo: “Che, vos ya pagaste 600 kilómetros de bus, ¿qué más da que sean de acá para allá que de allá para acá?” No me cobró el billete de vuelta. La vida siempre te da la oportunidad de conocer a gente maravillosa.

P: En menos de una década, has participado en muchas de las series que han coincidido en la parrilla televisiva de España y Cataluña. Esto equivale a multitud de personajes dispares. ¿Crees que ser un actor tan prolífico te ha permitido crecer profesionalmente de una forma intensiva?

R: Cuando llegué al mundo de la interpretación, Fernando Colomo me dijo que nunca me faltaría trabajo porque la gran mayoría de los papeles secundarios y de reparto están escritos para hombres que rondan la cincuentena: el médico, el abogado, el policía, etc. Es una de las mayores injusticias de esta profesión porque, además, hay muchas más actrices que actores pero, desde que cumplen cuarenta y tantos hasta que aparentan los ochenta de la abuela de la Fabada Asturiana, las mujeres desaparecen de escena. No escriben guiones para ellas. Nadie las tiene en cuenta. Es algo que, entre todos, debemos cambiar. Lo cierto es que sí, he pasado por más de 60 producciones en los últimos ocho años interpretando personajes secundarios y de reparto. Eso tiene la ventaja de que puedes interpretar una gran diversidad de personajes y has de adaptarte a equipos que ya están formados y funcionando, lo que te permite tener una visión mucho más global de la profesión que si estás fijo en una serie durante años. La otra cara de la moneda es que tus personajes carecen de recorrido, son capitulares o tienen muy pocas secuencias, y no tienes la oportunidad de hacerles pasar por diferentes estados, de hacerles vivir diferentes situaciones y estados de ánimo. Eso es lo que añoro de los papeles protagonistas, poder trabajar su arco. No desespero, quizá algún día tenga oportunidad de hacerlo. Y si no, seguiré disfrutando con la misma intensidad y entusiasmo con el que he vivido mi profesión hasta ahora. Prefiero ser protagonista de mi vida y secundario de la de los demás que al revés.

P: ¿Tu paso por estos proyectos, te ha permitido hacerte una radiografía de las virtudes y las carencias del sector televisivo y cinematográfico en nuestro país?

R: Lo cierto es que es un sector en el que estoy encantado. Quizá porque he pasado veinticinco años de mi vida trabajando en el mundo de la empresa que era lo que menos me gustaba. Aquí por primera vez hago lo que me gusta y además me pagan por hacerlo. En los últimos años se ve una clara aproximación entre el cine y la televisión. Las TV movies han contribuido en gran medida a ello. Ahora puedes trabajar en televisión con directores que antes solo hacían cine. La calidad de las series está mejorando de una forma impresionante. El ejemplo de ‘El tiempo entre costuras’ es una clara muestra. Cuando ves la ambientación, el vestuario, la factura cinematográfica que tiene, tienes la sensación de que estás viendo una película, que estás viendo ‘El paciente inglés’… Sin embargo hay cosas de este sector que todavía no consigo entender. Las series de tv nacionales tienen mucho éxito y unos niveles de audiencia impresionantes, están entre los programas más vistos. Sin embargo, nuestro cine no consigue la misma fidelidad del público (incluso una buena parte de él se niega a verlo sistemáticamente y lo descalifica y condena sin contemplaciones sin siquiera haberlo visto). ¿Por qué las producciones nacionales triunfan en la tele y no lo hacen en el cine? ¿No son buenos los profesionales que se dedican a hacer cine en España? No lo creo, por primera vez en nuestra historia hemos ganado Oscars a la interpretación, guión, etc., así que difícilmente puede achacarse esta situación a falta de calidad.

P: ¿Cómo decides entrar en el mundo de la interpretación?

R: Con 45 años cumplidos me encontré en el paro y sin un duro. Mi madre hacía figuraciones y me dijo que tenía un rodaje con Sophie Marceau, la actriz de ‘Braveheart’. Le dije que yo quería ver a aquel pibón, que llamase a quien hiciera falta pero que yo quería ir de figurante incluso sin cobrar. Falló un figurante y le sustituí. No puede decirse que fuera una figuración muy vistosa ya que me colocaron a unos cien metros de cámara y al oír la tan ansiada orden de acción, tenía que levantarme del banco donde estaba sentado y alejarme de espaldas a cámara. Pero el ambiente del rodaje me encantó. A partir de ahí, como tenía tiempo y necesidad, empecé a ir a castings de publicidad. Llegué a hacer más de doscientos cincuenta en un año. Tuve la suerte de que, poco después, me llamaron para darle una réplica gestual a Christian Bale, que había venido a rodar ‘The machinist’ a Barcelona. Me quedé tan impresionado de verle trabajar que al día siguiente me matriculé en una escuela de interpretación en la que estuve tres años. Era el abuelo de la escuela, todos mis compañeros rozaban la veintena. Pero allí descubrí que quería ser actor y que iba a serlo. Jamás podré agradecerle lo que se merece y la paciencia que tuvo conmigo a una de las profesoras que tuve allí, gracias a la que hoy estoy aquí, viviendo el mejor sueño de mi vida: Pepa Fluviá.

P: ¿Cómo afrontaste el reto de introducirte en un mundo tan distinto al que habías conocido hasta entonces?

R: Con la ilusión de un niño y con mucha inseguridad, haciéndome constantemente la pregunta que todos los actores nos hacemos en un momento u otro: ¿de verdad sirvo para esto? Pero en seguida vi que en esta profesión todos, los actores y los técnicos, eran gente que anteponía hacer lo que le gustaba a todo lo demás. En el mundo de la empresa la gente está obsesionada por la seguridad: la seguridad de una nómina, de un contrato fijo, etc. En el mundo de la interpretación, por contra, todos sabemos que estamos aquí mientras dura esta serie, mi personaje, esta peli o este montaje y que después iremos al paro sin perspectivas a la vista de encontrar un nuevo trabajo. Y sin embargo todos seguimos en esto. ¿Por qué? Porque es lo que nos gusta, donde podemos dar lo mejor de nosotros mismos, y porque creemos en nosotros mismos. Esa es la verdadera seguridad: creer en nosotros mismos, y no en un papel, llámale nómina, contrato indefinido o como quieras, que depende de otro y no de ti.

P: A partir de tu experiencia, y ante los momentos de extrema dificultad que sufre el país en estos momentos, ¿recomiendas apostar más que nunca por los sueños, o es mejor confiar en el pragmatismo?

R: Lo que estamos viviendo no es una crisis económica, sino una crisis de valores, la crisis total de un sistema que se destruye a sí mismo. Nos educan para que nos integremos en él, para que seamos dóciles consumidores, para que no pensemos por nosotros mismos. Y así nos ha lucido el pelo. La crisis la provocaron los banqueros y la especulación, pero todos somos cómplices por haber permitido que pasara. Nuestro egoísmo, ese no querer ver más allá de nuestro trabajo y el pago de nuestra hipoteca nos ha impedido darnos cuenta de la que se nos venía encima. Movimientos como el 15M son un faro en la niebla, un faro necesario que nos permite mantener aún la esperanza en el ser humano. En un entorno como este no me cabe duda de que son los sueños los que nos pueden salvar. Es el pragmatismo, la falta de ideales como generosidad, altruismo o solidaridad el que nos ha llevado a este callejón sin salida. Un mundo de recursos limitados no puede orientarse al crecimiento, a tener más, sino al decrecimiento, a necesitar menos, y eso es algo que no se puede conseguir si no vivimos de acuerdo a esos ideales.

P: ¿Ves posible pronosticar cuál es el futuro de la televisión teniendo en cuenta los recortes actuales y la proliferación de canales pequeños?

R: La verdad es que los tiempos que se avecinan no son fáciles. Una de las partidas públicas más fácilmente recortables es la de las subvenciones a la cultura; incluso habrá muchos que aplaudan con las orejas si eliminan las subvenciones al cine. Tenemos mala imagen, hay quien se ha encargado de fomentar esta imagen negativa desde sus tribunas en los medios de intoxicación masiva en los que escriben y aparecen día sí y día también como tertulianos. Desconocen por completo la realidad del cine. Es una industria, dicen, y por eso no merece recibir subvenciones. ¿Por qué no protestan, en cambio, contra las que reciben los agricultores y los ganaderos, que también son industria o sectores como el del automóvil, etc.? Y se quedan tan anchos argumentando que si una película no da beneficios en taquilla es que es mala, como si éxito económico fuese sinónimo de calidad. Para ellos el arte que no vende, que no da dinero, no es arte ni tiene calidad. Según esta teoría pintores como Van Gogh y tantos otros jamás fueron artistas porque murieron arruinados. Y si eso pasa con las subvenciones públicas qué no pasará con la inversión privada, que carece de los incentivos fiscales que sí tienen en otros países europeos, etc. Vienen tiempos duros, sí, pero seguro que sabremos capear el temporal. La imaginación y el entusiasmo son armas invencibles.

P: De hecho, las ideas buenas nunca dejan de surgir. Como espectador, ¿qué proyectos actuales del cine y la televisión te parecen más alentadores?

R: Las nuevas series de televisión que se están grabando son una buena prueba del nivel de calidad de las producciones a la que nos dirigimos. El futuro de nuestra industria pasa por abrirnos a nuevos mercados, y eso exige calidad y amplitud de miras. ¿Por qué el cine español se ha mostrado siempre tan reacio a tratar temas de fuera y a rodar fuera de nuestras fronteras, y sin embargo un director neozelandés puede rodar una película norteamericana sobre la guerra de Secesión, por ejemplo? Recuerdo que escribí el guión de La taberna de los sueños, la última novela que publiqué y que trata de cuatro amigos estudiantes de medicina que tienen que vivir el auge del nazismo en la Viena de 1938. Es una obra que trata de un tema universal y que reivindica valores como amor y amistad frente a las dificultades y la barbarie. Lo presenté a alguna productora y me dijeron que eso de que fuera de época encarecía mucho el producto y que, además, tratar de temas de fuera no era atractivo para “nuestro” mercado. Llegaron a sugerirme que lo adaptase a la Guerra Civil Española. Mientras no entendamos que “nuestro” mercado no existe, que estamos compitiendo en un mercado global, no se solucionarán los problemas del cine español.

P: ¿Estás de acuerdo con la opinión extendida de que las series le han ganado terreno al cine en cuanto a innovación y calidad se refiere?

R: Estamos frente a una revolución tecnológica, la de la era digital, y eso está cambiando muchas cosas en cuanto a lo que es la producción, pero el verdadero reto es aún mucho más amplio: internet y los nuevos canales de distribución. En Estados Unidos era impensable hace unos años ver a las grandes figuras del cine haciendo televisión y hoy, en cambio, es lo más normal. Todos los muros están cayendo. Cuando pienso en eso y en la desventaja competitiva del cine español con respecto al norteamericano, recuerdo la pancarta que llevaban unos tibetanos que protestaban frente a la embajada china en Madrid contra el genocidio que están sufriendo: “¿De qué os sirve tener la muralla más alta si los tibetanos sabemos volar?”

P: ¿Qué proyectos tienes entre manos?

R: Hace unos días acabé el rodaje de ‘El tiempo entre costuras’ y, como dice la canción, no tengo planes más allá de esta noche…

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