Microbestseller

Por Recaredo Veredas. 

 

1892. Noche de estreno en el teatro Marinski. Acude el Zar con toda su familia, niños , adolescentes, amantes y  conspiradores -inútiles, a la vista de los resultados- incluidos. También asiste la corte, vestida de gala. No hace falta que describa las lentejuelas, las molduras doradas o los coqueteos: sería tan falso como obvio. Contemplan una ópera cursi (una hortelana ciega recupera la vista gracias al beso de un príncipe) y, por fortuna, corta. Transcurre en la estepa siberiana. Muestra la bondad de los campesinos y su condición de depositarios del alma rusa. Su compositor-libretista conoce la moda: utiliza un registro levemente crítico -más reformista que revolucionario- que concede a sus arias un aire de modernidad inocua. Ovaciones al músico, al coro y al director, bigotudos los tres. El público sale al frío helador, donde aguardan las carrozas. Es el frío que uno espera en San Petersburgo durante diciembre. En la puerta, un hombre aseado, vestido con un traje de franela y ataviado con unas gafas redondas, gruesas como ojos de buey, llama a gritos a los cortesanos. Escuchadme, escúchame tú, Andrei Volkonsky, tú Natasha  Rostova. Ninguno le hace el menor caso pero, tras esa insistencia que solo practican los dementes, consigue una audiencia del príncipe  Volkonsky (no es para tanto, en Rusia había cientos de príncipes y una corte infinita). Así ocurre porque el demente no es un muerto de hambre sino el vástago perdido de un prestigioso abogado. Hasta el encuentro no sabemos qué noticia le perturba tanto, aunque sí intuimos -por la habilidad del narrador- que modificará la historia de Rusia y del mundo. La conversación es la típica, tanto entonces como ahora: tienes 5 minutos para convencerme. Y el vidente describe al príncipe, y a todos los impacientes lectores, la visión que le persigue: ve a un tipo con perilla, medio calvo, acompañado por un gafotas con gorro, también con perilla, y banderas rojas por todos los lados y fuego en los palacios y a toda la familia del Zar fusilada y a su interlocutor,  errando por Berlín, viejo y casi mendicante,  despreciado por los alemanes, habitando una buhardilla y llorando día y noche por lo perdido. El noble va a largarle a la calle cuando, como ocurre siempre, el vidente adivina que un libro con lomo dorado va a caer de la estantería.

 

Vale, tienes diez minutos más. Quince minutos más. Los consigue cuando predice la entrada de un criado con una invitación y también que es la invitación para otra ópera. Otro insoportable lloriqueo de Tchaikovsky. Entonces cierran puertas y ventanas, el vidente se concentra y localiza al tipo de la perilla, al perturbado que va a montar la bronca. Reside, al límite de la miseria, en la afamada Viena. Capital por entonces de la intelectualidad y la rebeldía -muy rebelde- de ese monstruito llamado Europa. Y adivinan que se llama Vladimir Ilich, apodado Lenin, y que desde pequeño ha mostrado su interés en un proyecto demente: implantar el marxismo en la sociedad agraria más agraria del planeta. Forman la típica pareja novelesca: la inteligencia bruta del vidente contrasta con los dones sociales del príncipe. Intentan matar 27 veces a Lenin pero el muy cabrón, precediendo a Fidel Castro al correcaminos o a Paco  Franco, posee el don de la anticipación, esa virtud que regala un segundo de ventaja a quien la posee. Y la utiliza con descaro, una vez dando una patada a una bomba, otra poniendo a un mendigo delante de los tiros, una decidiendo caminar en vez de conducir su coche de caballos, otra prefiriendo el café al sempiterno té con limón… El final presenta dos giros incompatibles:  el adivino se convierte en un acérrimo comunista,  forma parte del círculo de confianza de Lenin y también predice la segunda guerra mundial y que Stalin no es el mejor de los asesores. En la segunda, más cómoda, el noble y el vidente mueren en el intento, tal vez ejecutados por el propio Vladimir, convertido en un inesperado 007, y la historia sigue su curso inapelable. 

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