Formas de vida, de Nicolas Bourriaud

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Por Alberto Peñalver Menéndez.

 

Formas de vida: el arte moderno y la invención del sí. Nicolas Bourriaud. Colección AD LITERAM, CENDEAC, Murcia, 2009. Rústica. 149 págs. ISBN: 978-84-96898-51-6. 18 €

 

Hay palabras que merecen una muerte digna, y “modernidad” es una de ellas: sobeteada hasta la extenuación, el término ha sido usado para describir una realidad que siempre se desborda inevitablemente. Sin embargo, la propuesta de Nicolas Bourriaud viene a poner un poco de cordura al problema y, sin aspavientos extravagantes, invoca una nueva relectura de la modernidad en donde el foco de atención se localiza en la vida del autor, y no en su obra.

 

Pero vayamos por partes. En 1857, Charles Baudelaire publica Las flores del mal, con la que se inaugura la genealogía del artista moderno. De un plumazo, el concepto de Belleza es abolido y nuevas temáticas son incorporadas al discurso artístico: vida urbana frente paisaje bucólico, fugacidad frente a eternidad e inmutabilidad, subjetividad existencial frente a ortodoxia clásica. El artista se lanza a explorar nuevos territorios formales que acabarán con el canto de cisne de las vanguardias.

 

Según Bourriaud, el cambio paradigmático de la modernidad se sitúa en la realización del arte dentro de la cotidianeidad de la vida. El dandi encarna a la perfección esta filosofía: esteta por vocación, los Des Esseintes, Brummel y Dorian Gray de turno consideraron sus actos como una impostura artística con la que reivindicaba el artificio del ser. De esta manera, se transciende de la mera producción de artefactos y se define al sujeto como el verdadero lienzo sobre el que se actúa. No son pocos los ejemplos de este comportamiento en el siglo XX: desde la extravagancia de Dalí hasta la espiritualidad oriental de Klein, pasando por el chamanismo de Beuys y el starsystem de Warhol, el artista moderno es sobre todo el ejecutor de un estilo de vida que se revela contra los convencionalismos tradicionales. Mientras tanto, la obra de arte es el residuo de la misma, una circunstancia temporal que abandona así el carácter monumental acostumbrado.

 

En la línea de sus ensayos posteriores (Estética relacional, Postproducción), Bourriaud argumenta sus proposiciones desde una filosofía marxista por la cual el el rol del artista “pone en escena las relaciones de producción, ya sea para negarlas, desvirtuarlas o reproducirlas”. Así por ejemplo, mientras que el taylorismo hace que el creador comience a fabricar sus obras en serie (Andy Warhol), la planificación fordista del tiempo libre es contestada por las estrategias improductivas del flaneur (Bataille, situacionismo). La función del artista es reflexionar sobre estos procesos, evidenciar sus contradicciones y/o éxitos experimentando sus principios en su propia persona.

 

Así pues, quizás debamos reescribir los libros y manuales de historia. Dar cabida a la biografía como manifestación artística. La propuesta haría justicia a miles de creadores sin obra, como las de Pepín Bello o Kiki de Montparnasse. Acaso incluso incorporaría a los anales a personajes como David Bowie, puede incluso que Lady Gaga, si somos de rigor flácido. Los límites son difusos y peligrosos. Pero cuando se ha dado de sí una palabra como “modernidad”, no hay vuelta atrás.

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