El caso Tequila

Por Juan Laborda Barceló.

 

El caso tequila. F.G. Haghenbeck. Roca Editorial, 2011. 224 páginas. 16 €.


“La vida es una mala adaptación del cine”

 

         A mediados de los años setenta, Robert Altman (El largo adiós) y Arthur Penn (La noche se mueve), entre otros, dibujaron en sus películas un nuevo modelo de detective privado que se alejaba de los modelos literarios planteados por Hammett o Chandler. Daba la impresión de que habían alterado profundamente al personaje sin hacerle perder su esencia. Rompieron el molde y alcanzaron el cénit de la modernización del género negro. El paso del tiempo nos ha indicado lo contrario. En este caso, Haghenbeck se inventa un nuevo tipo de investigador: es el detective mestizo que bebe de los clásicos y de los jóvenes, que se autodenomina beatnik, que es de sangre mejicana pero vive en la soleada California y que ayuda, comisionado por sus contactos hollywoodienses, a las estrellas del momento con sus miserias más inconfesables.

 

         El conjunto del libro es gustoso. Iniciado en media res, nos presenta cada capítulo con la receta de un cóctel que se incluirá de alguna manera en el desarrollo de la trama. Para los amantes de los licores y del esparcimiento más elegantemente canalla será un hallazgo. En él se aúna lo entrañable del libro de cocina con la novela negra. Es un combinado explosivo en sí mismo. La edición es magnífica, Roca la ha cuidado hasta el detalle.

 

         Los parámetros por los que deambula el autor de origen mejicano resultan atrayentes de inmediato para el aficionado al cine. En la anterior aventura de Sunny Pascal, así se llama el singular detective, nos introdujo en el rodaje de La noche de la Iguana (ese duelo interpretativo a tres bandas en el que Deborah Kerr, Ava Gardner y Richard Burton se disputan encarnizadamente la mejor actuación). En la presente entrega vuelve por las mismas veredas y se enreda en una aparentemente sencilla labor de protección de un decadente Johny Weismüller, el Tarzán más olímpico de todos los tiempos. El marco de esta obra, que emana fetichismo por sus constantes referencias cinéfilas,  será el festival de Acapulco. Entre sus hojas se hallarán verosímiles situaciones junto a personajes de la talla de la bella Ann Margret, John Wayne y hasta el mismísimo Sinatra. Cada uno de esos encuentros es como un buen habano, se disfruta envuelto en el aromático humo de la melancolía. 

 

         Tales aciertos no pueden enmascarar alguna deficiencia tanto en la forma como en el contenido del texto. La prosa es correcta y eficaz, pero a pesar de su fuerza incluye algunos giros típicamente mejicanos que desconcertarán al lector peninsular. Se omiten reiteradamente artículos y determinantes ante los sustantivos a la hora de establecer comparaciones, lo cual perjudica la fluidez. En cuanto al contenido, la relación entre la mafia y el cine no es un tema nuevo. Normalmente no se refleja con el encanto de estas letras, pero las pretensiones de vincularlo con tramas internacionales muy del gusto de la época de la guerra fría acaba resultando inverosímil (agentes cubanos, la CIA y un hombre cuya personalidad se confunde, son elementos de una historia que bebe directamente de Hitchcock). Recuerda, en este sentido, a las novelas clásicas del género por lo complejo de la trama, que puede resultar difícil de seguir incluso para lectores avezados.

 

         La pasión cinéfila del autor llega a utilizar expresiones como el Mc guffin* para explicar elementos concretos de la narración, creando así un divertido juego entre ficción fílmica y literaria. Todo ello es un valor añadido en esta novela que entretiene y que, aunque no siempre deja el mismo buen saber de boca que los combinados que propone, es un soplo de aire fresco en la literatura negra actual.

 


* Designa una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma. Se puede tratar, por tanto, de los documentos a recuperar, las joyas a vender, o de cualquier otra cosa, como una palabra. Así ocurre en Ciudadano Kane de Orson Welles. Nadie sabe qué significa, y qué importancia va a tener, el término Rosebud hasta el final del metraje.

 

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Una respuesta a El caso Tequila

  1. Muy buena reseña. Habrá que leerlo.

    nimboestrato
    15 febrero 2012 at 0:31 am

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