Para tratar con el poeta (primera parte)

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Por Tura Varla

 Perfecto había decidido, por supuesto sin contar conmigo, que aquella novia suya me encantaba. Bien, pues con todo y con esas, estuvo rondándome las tres copas que nos tomamos después de la cena. Se me acercaba, me apartaba el pelo del cuello, me miraba a los ojos y a la boca alternativamente. Sí, supongo que a cualquiera le parecerían señales luminosas de peligro sexual inminente. Y a mí me lo parecieron: varios días después.

 En esos momentos, sólo podía pensar en que yo tenía demasiada personalidad para ser una chica medalla. Y cuanto más lo pensaba, más me parecía una forma elegante de llamarme fea. Y tan obcecada estaba en ese pensamiento, que era incapaz de ver los pasos de acercamiento de Perfecto a mi cuello, mano, cintura, espalda, etc… Así que, en ese instante genial en el que en Madrid se pone a llover a cántaros y él parece estar a punto de besarte, le obsequié con dos besos y una palmadita en la espalda y me metí en un taxi.

 

 De camino a casa me llegó un wassap de mi amiga la correctora. Estaba en una fiesta editorial muy cerca de mi piso, todo estaba lleno de hombres guapos y borrachos y no estaba P para hacerle de intermediaria, así que requería mi presencia. Pensé: “qué coño, total ella tiene que entregarme las correcciones mañana y está allí. Que le den a Perfecto”, y le di la nueva dirección al taxista. 

 Así que lo localicé nada más entrar: Poeta Posmoderno, alto, guapo, moreno, sonrisa desmayadolescentes, americana sine qua non, ojos verdes como el trigo verde. Por supuesto había oído hablar de él. Había salido con una escritora a la que publiqué. No me referiré más al tema. Imaginé que me iba a tomar ocho copas y a tirarme a su cuello mucho antes de que M, completamente borracha, se me tirase al cuello y me señalase al escritor que quería ligarse al grito de: 

 -¿A que es guapo?

 Tuve que morderme la lengua para no apostillar “micropene” nada más mirar en su dirección:

 -Nena, a por él.

 Eso fue lo que le dije. ¿Y por qué? Porque estaba indignada con Perfecto y lo único que me apetecía era resarcirme con Poeta Posmoderno. Vale. Hasta ahí bien. Con lo que no contaba es con que se me acercase él antes de que yo pudiera terminar de emborracharme. Se presentó, me dio dos besos de esos que casi perforan mejilla, y se acercó tanto para decirme:

 -No sabía que a esta fiesta vinieran editoras sexis medio desnudas.

 Que reculé y le eché por encima su propia copa a Gorrón Profesional, que pasaba por allí. Instintivamente miré mi atuendo y sí, me había puesto lo más indecente que se me había ocurrido para Perfecto, sin caer en que acabaría en una fiesta literaria donde todo el mundo me conoce y, eventualmente, me intentan colocar novela. Él se rió, echó la cabeza hacia atrás y meneó su perfecta melena de anuncio. Dios santo, cómo necesitaba una copa. 

 -¿Te puedo invitar a algo? La gente está muy borracha y comienza a ser peligrosa.

 Me guiñó un ojo y yo empecé a calentarme. Por el amor de todos los dioses del Olimpo, sí, Posmoderno, tráeme algo que me vaya a emborrachar con rapidez, anda. Si lo estás deseando.

 Hablamos un rato. Las tres copas que me había tomado con Perfecto, más el disgusto, comenzaron a hacer su efecto. Y si lo mezclamos con las dos que me tomé con el Poeta y los dos chupitos posteriores, mi sentido del ridículo me ató con fiereza al suelo para que no me desnudase sobre la barra.

 -¿Qué tal si vamos a un sitio más cómodo? -Dije.

 Él pareció encantado y me tomó de la mano, anunciando a diestro y siniestro que se iba, conmigo, su mujer medalla, de él sí. 

 Hasta ahí todo muy normal. Hay hombres que ven en el poder un cierto erotismo y yo lo tenía, al menos en ese contexto. Y además estaba muy poco vestida y llovía y yo me pelaba de frío

por pura coquetería. Pero entonces todo empezó a ponerse raro.

 Primero se empeñó en ir andando. Yo llevaba unos tacones de doce centímetros inadecuados para los adoquines de la zona, de esos que no has rayado la suela porque son buenos y te da pena estropearlos y como consecuencia resbalas en todos los pasos de cebra. Vale. Tampoco quiso ir a mi casa. Por lo que caminaríamos bajo la lluvia hasta la suya que estaba mucho más lejos. Genial.

 -Es tan romántico caminar bajo la lluvia. ¿No te parece?

 -Sí, claro.

 Pero en realidad empezaba a pensar que lo mismo aquello era mala idea. Menos mal que tuvo la gracia de empezar a meterme mano por la calle, cosa que me gusta. Así que empezamos a caminar por las calles de Madrid, diluviando, mientras se me arruinaba el maquillaje, el peinado y me chorreaba todo el cuerpo. Creo que hasta se me trasparentaba la blusa. Nos parábamos en cada esquina y él me comía la boca y yo le metía mano en el pantalón… las cosas habituales. Y bueno, no estaba mal. Hasta que él dijo:

 -¿Dónde has estado el resto de mi vida? Hay una conexión entre nosotros. ¿Lo notas? 

 Y me cogió la mano y se la llevó al pecho. No supe qué responder. Estaba borracha, ¿es que eso ya no se respeta? Me besó y continuó:

 -Casémonos. Sé que es una locura. ¿Llevas un pasaporte? Vámonos a las Vegas ahora mismo, tomemos el primer avión. ¿Piensas que estoy loco?

 Ni puta idea de por qué negué con la cabeza.

 -No estoy loco, quiero casarme contigo. Te acabo de conocer pero ya es como si te conociera de toda la vida. Bueno, te había visto un par de veces por ahí, y sabía que eras especial. Cásate conmigo.

 -Me apuesto el sueldo a que mañana te arrepientes de decir esto -¡Ja!, inocente de mí, pensaba que estaba borracho.

 -No me arrepentiré, intentémoslo.

 -De verdad no es necesario todo esto para echarme un polvo.

 Se hizo el ofendido con un golpe de melena húmeda.

 -¿No confías en mí? Lo estoy diciendo en serio.

 -No, si yo te creo. Sólo que los hombres se acuestan con Gilda y se levantan conmigo.

 -¿Qué quieres decir con eso?

 -Nada, que es posible que te canses pronto de mí. Vayamos a tu casa.

 -Está aquí al lado -Dijo poniendo cara de perro abandonado.

 Y aquí pasamos de raro a tenebroso. Cuando estábamos en la puerta, comenzó a tocarse por todos los bolsillos. Había perdido las llaves. Y entonces empezó a dar vueltas bajo la lluvia con los brazos abiertos, riendo a carcajadas. 

 -Follemos aquí mismo. No puedo esperar.

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