La vuelta de los dictadores

 Por Facundo Calbó Leyes.

 


Nadie quiere cambiar su forma de pensar o de ver el mundo. La forma de ver el mundo de cada uno es, primordialmente, la misma en todos los europeos, ya que la filosofía es de los pueblos y no de las personas como hoy tendemos a pensar. Hacer filosofía consiste en poner a prueba nuestra forma de pensar aun cuando creemos que es la única forma de ver el mundo. Por esto se dice despectivamente que la filosofía es el preguntar por el preguntar mismo.

Si todos los europeos tienen hoy una filosofía en común, una visión del mundo, nos podemos interrogar por cuál sea ésta. De ello resulta que se ha vuelto al tiempo de los sofistas, erigiéndose entre nosotros la secuela de lo que ya sucedió en la antigua Grecia hace dos siglos y medio. Entonces nada era algo, sino que todo era todo y todo era nada; tanto se decía que cualquier enunciado era verdadero como se decía que todo enunciado era falso. Esto es, se argumentaba a favor de una tesis y también de su contraria. Gorgias dijo que el mundo no existía, que de existir no podríamos conocerlo y de conocerlo no podríamos comunicarlo.

Europa ha vuelto a ese punto de la historia y se ha hecho gorgiana porque no quiere admitir que el mundo exista y porque no sabe decir nada con seguridad; de todo quiere dudar y de todo quiere hacer una opinión. Nos quema en las manos pensar que algo que podamos decir sea verdad y preferimos que sólo sea nuestra endeble verdad, pero nada más. Hemos perdido la capacidad de decir que algo está bien o está mal, y por eso nos parece imposible decir a alguien que ha hecho bien o que ha hecho mal; diremos, en todo caso, que bajo nuestro punto de vista ha obrado mal o ha obrado bien.

 A través de estos aranceles el discurso se vuelve siempre sofista, se vuelve un discurso truncado. Sea en el ámbito que sea ha desaparecido la idea de una élite que conoce y una mayoría que desconoce, aquélla se ha diluido en la masa hasta el punto de que no tiene más razón que la otra. La figura del experto se ha volatilizado también o, al menos, subsiste sin poder hablar con mayor propiedad que el inexperto,  ocurriendo que ya nadie cree que el maestro conozca más que el alumno. La gente hoy no sabe nada y lo sabe todo porque Internet resuelve las dudas pasajeras, somos capaces de aprender a tocar un instrumento, de auto-diagnosticarnos una enfermedad o de encontrar cualquier receta de cocina en menos de cinco segundos. ¿Quién necesita un profesor? ¿A quién le hace falta un médico?

La idea que quiero exponer hoy aquí es que este espíritu (por el cual  de todo queremos hacer una opinión y de nada una certeza) es la antesala a la vuelta de los dictadores. O, dicho de otro modo, la falta de autoridad a la que los hombres actuales se ven sometidos provocará la necesidad de un regreso a los totalitarismos. Históricamente los periodos se han ido alternando de esta manera, por lo mismo que Platón fue la respuesta a los sofistas, y las dos guerras mundiales una respuesta a “la muerte de Dios”. Platón, que en nada se puede comparar a Hitler o a Stalin, trajo la verdad desde el mundo de las Ideas; esa verdad la conocía el filósofo rey que era el que debía gobernar. En el caso de Hitler o de Stalin ambos conocían “la verdad” y consideraban que tenían que imponerla. Platón contestaba a la muerte de la verdad provocada por los sofistas mientras que Hitler y Stalin contestaban a “la muerte de Dios” (y, por tanto, de toda autoridad) provocada por la ilustración y la modernidad.

 Antes de que vuelvan los dictadores el verdadero reto filosófico de Europa consiste en encontrar una verdad que no lleve a los absolutismos. Se trata de una verdad humilde aunque a veces políticamente incorrecta; de una verdad que siempre se debe poner en duda, siempre cuestionada, pero una verdad. El punto de partida está en las personas concretas, que también ellas sean capaces de decir con seguridad que algo está bien y que algo está mal; que también sean capaces de reestablecer la figura paterna de autoridad, según la cual existen élites y existen expertos. Que de vez en cuando no nos suene raro decir que esto es “mi opinión” sino algo más que eso. Se trata de una verdad sana, de una verdad democrática que se antepone a una verdad absoluta y revolucionaria; la diferencia es que la primera se construye mientras que la segunda estalla.

 Debemos empezar a confiar en que sí existe un mundo, que lo conocemos y que, además, podemos comunicarlo. Así, haciendo de esta nuestra nueva visión del mundo, conseguiremos evitar la vuelta de los dictadores.

 

 

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