Gemidos en vinilo: voces del “cine rosa” en Japón

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Por Jaime Moreno.

 

Se abre el telón y aparece una chica desnuda. O casi desnuda ya que esconde el vello púbico. Es una joven oriental pero voluptuosa, más allá del tópico y anterior al canon anoréxico de belleza. Tiene los brazos atados a la espalda, a la altura de los codos. Está de rodillas sobre un tatami. Permanece cabizbaja. Un hombre vestido con un traje púrpura y un sombrero blanco se acerca a ella. Se inclina, gotas de sudor se deslizan por su frente, va a violarla. Ella no opondrá mucha resistencia. Al contrario, se dejará violar, como si fuera una penitente sacudida por orgasmos a medianoche. O quizás se desprenda de sus ataduras con la cuchilla de afeitar que esconde entre los dedos, y mate al hombre de un tajo certero en la garganta… ¿Cómo se llama la película? Podría llamarse de mil maneras, porque son todas iguales, o muy parecidas: todas pertenecen al cine érotico-violento de la década de 1970, conocido como sexploitation. Sólo que estamos en Japón, donde el género dio en llamarse pinku eiga, “cine rosa”.

 

A decir verdad, las diferencias entre el pinku y el cine erótico occidental son muchas, y no hay una correspondencia exacta entre uno y otro. En Japón existía (y existe) una ley que impide mostrar los genitales en pantalla. Esto incluye a la pornografía, lo cual hace que el porno a veces se confunda con el eros, y que el producto sea un gran espectáculo de sexualidad prohibida. Sin la carga moral del cristianismo y con los censores mirando por encima del hombro, el “cine rosa” explora regiones que son demasiado perversas para el gusto europeo –la tortura del cuerpo femenino, en particular– pero lo hace sin mostrar un desnudo completo. Son películas que apenas duran una hora, hechas en una semana y con un mínimo de escenas de cama. En los años 70, su época dorada, estas cintas se rodaron con presupuestos relativamente altos y compartieron con Occidente la cultura del destape. De ahí provienen las semejanzas. Muchas son hoy objetos de culto mundial.

 

Los pechos desnudos fueron vistos por vez primera en los cines de Japón en 1962 y una nueva generación de directores salvajes, como Seijun Suzuki, traductor nipón de la Nouvelle Vague, no tardó en aparecer. Pero hubo que esperar hasta 1968 para que los grandes estudios se volcaran en un género que hasta entonces había estado en manos independientes. Ese año las dos productoras más importantes de Japón, Toei y Nikkatsu, comenzaron a financiar largas series de películas pinku. Las más exitosas fueron las que tenían que ver con bandas callejeras femeninas (Zubeko Bancho, sobre todo) y con mujeres encarceladas (la llamada Scorpion, sobre todo). La venganza, la justicia femenina ante al poder gratuito y sádico de los hombres, es el tema recurrente. Por eso hay quien a todo esto lo llama post-feminismo. Los filmes “setenteros” de Toei son conocidos bajo el nombre de Pinky violence, mientras que Nikkatsu creó su propia etiqueta comercial: Roman porno.  

 

La banda sonora del pinky violence/roman porno tiene suficiente carácter como para ser considerada un sub-género musical: el iroke kayōkyoku. Kayōkyoku hace referencia a la música popular de raíz occidental que se practicaba en Japón antes de que el j-pop irrumpiera en escena, mientras que iroke significa “erótico”. El iroke kayōkyoku es música tangible, y por ello azuza los sentidos más que los sentimientos. Es triste pero su tristeza no es inocente, a la manera de las dulces vocalistas de 1960-65, sino que es una tristeza lánguida, preñada de pesimismo. Nunca habla de amor, o no sin hacer también referencia al sexo. Algunos lo llamarían lounge y otros dirían que es una aproximación nipona a la erotomanía de Serge Gainsbourg y a la épica sonora de Ennio Morricone, pero con tonos de enka o folk tradicional. A todo ello se le añaden violines almibarados, y un chorro caliente de funk.

 

Casi todas las grandes estrellas del pinky violence/roman porno se retiraron antes de 1980. Y casi todas lanzaron por lo menos un disco al mercado. Lo hicieron gracias a varios sellos, entre los que destaca Teichiku Records, especializado en enka desde los años 30, pero dispuesto a editar vinilos que imitaran el gesto de la Motown, los Beatles o Brigitte Bardot. Últimamente, Tiliqua Records se ha encargado de la remasterización masiva del iroke kayōkyoku en formato CD. A veces no se hacen más de 500 o 1000 copias, con generosos libretos, así que suelen estar agotados. En vinilo es inencontrable, o se vende a precios obscenos. Siempre nos quedarán los blogs.

 

 

Naomi Tani.

Probablemente la más extrema de las estrellas del pinku, la que más se aleja del erotismo de Arte y Ensayo, y la que más se adentra en el pseudo-porno para “frikis” o gourmets. Tal era su dedicación que durante años declinó las ofertas de la todopoderosa Nikkatsu porque la productora se negaba a rodar escenas sadomasoquistas. Finalmente los ejecutivos tentaron a la suerte, y así Naomi Tani fue la chica de la primera incursión de Nikkatsu en el S&M, una cinta llamada Hana to hebi (mejor conocida como Flower and Snake, Masaru Konuma, 1974) que también resultó ser un gran éxito de taquilla. Tras cinco años de fama, en la cúspide de su carrera, Naomi Tani se retiró. “Nadie se libra de la vejez”, fue su elegante explicación a los fans. Con su primer y único disco, Modae no heya, publicado en 1979, la llamada “reina del sadomasoquismo” se despidió del público para siempre. Es un álbum sencillo, en el que la voz se apoya sobre el rasgar minimalista del shamisen. Nada que ver con la tensión de los encordamientos a los que la actriz se sometía con gusto en sus películas.

 

 

 

 

Reiko Ike.

Reina indiscutible de las curvas, al menos en el ciberespacio. Saltó al estrellato gracias a Onsen Geisha (“La geisha de los baños termales”), una tetralogía sobre mujeres de vaginas musculosas ―el argumento es así de sencillo― dirigida por Teruo Ishii, y financiada por Toei entre 1968 y 1972. En la cuarta película de la serie se descubrió que Reiko tenía sólo 16 años cuando empezó su carrera cinematográfica. Aunque en Japón no hubiera leyes en contra de la aparición de menores de edad desnudos en filmes de dos rombos, sí que era una línea que los estudios acostumbraban a no traspasar. El escándalo mediático, para regozijo de Toei, sólo contribuyó a la popularidad de Onsen Geisha, que aún circula y a nadie parece incomodar. Unos años después Reiko se esfumó del mundo del espectáculo. Su paradero es un misterio. El disco Kôkotsu no sekai (1971) sentó las bases del pop erótico nipón. Los gemidos y el rasgar de la púa sobre la sexta cuerda dan la impresión de que, en efecto, Reiko se lo estaba pasando bien en el estudio. La portada del álbum, con ese pecho que parece una de las Columnas de Hércules, casi en 3D, choca frontalmente con la modestia que se estilaba tan sólo un par de años atrás.

 

 

 

Miki Sugimoto.

Miki Sugimoto, posando en el estudio

Compañera de reparto habitual de Reiko Ike, a menudo su antagonista, también encontró la fama haciendo el papel de geisha superdotada. En 1973 tomó parte en una de las películas de la serie Tokugawa sekkusu kinshirei (“La prohibición del sexo de Tokugawa”) junto a la actriz francesa Sandra Jullien. Es una comédia histórica, que no obstance dio mucho trabajo a los censores en virtud de sus “excesivas secuencias de tortura”. Narra las tribulaciones de una joven pareja de la realeza que contrata a una experta institutriz francesa para que les eduque en las artes de la carne. El Rey juzga entonces que el sexo es demasiado bueno y lo prohibe, lo que levanta al pueblo en armas. Sandra Jullien trabajó durante un año en Japón (también fue la amante de Reiko Ike en la pantalla) y llegó a grabar un disco tokiota, Poema sexy, en 1972. Este álbum es un río de letras francófonas a través de un paisaje de tórridos llantos, entre los que destacan los de Miki Sugimoto. “Sexo en vivo”, como bien apuntó alguien que no recuerdo, es probablemente la canción más lésbica de la historia.

 

 

 

 

Meiko Kaji.

La más famosa de las actrices del género pinku y la que disfrutó de la carrera más longeva. Fue la única que no se desnudó (que yo sepa) y también la más prolífica en el apartado musical. Es una de las musas de Quentin Tarantino, junto a Uma Thurman, con quien guarda un cierto parecido físico. El director estadounidense robó indiscretamente de Shurayukihime (bien conocida en inglés como Lady Snowblood, 1973, con Meiko de protagonista) para la realización de Kill Bill. Además Tarantino utilizó el tema “Shura no hana”, cantado por la propia Meiko, en la Banda Sonora Original. La profesora danesa Rikke Schubbart, en su libro Super Bitches and Action Babes, coloca a la actriz japonesa a la par con otras heroínas del cine contemporáneo de acción, como Sigourney Weaver y Milla Jovovich. Schubbart también compara a la Meiko de Lady Snowblood y la serie Scorpion con el Clint Eastwood de El bueno, el malo y el feo (Sergio Leone, 1966): ambos pedían a sus respectivos realizadores que les quitaran diálogo y que la cámara se centrara solamente en su intensa mirada. Todo un acierto, el mutismo. En la gran pantalla, Meiko Kaji fue reina de su silencio. No así en el estudio, donde abundó durante décadas en violines y melancolía lírica. Nada de gemidos.

 

 

Desde una perspectiva actual, saturados como estamos de pornografía, es muy fácil darse cuenta de que esto no es pornografía. Tampoco es erotismo de Serie B. Es otra historia, una mucho más profunda. En mi opinión, sin embargo, el cine pinku japonés pierde fuelle e interés al abandonar esa tormenta perfecta que fueron los años 70: cuando la cultura se tornó sensual y violenta, y la tecnología aún obligaba a los hombres (porque eran casi todos hombres) a acudir al cine para ver un pecho desnudo en movimiento. En cuanto a la música, a quien la desconociera, seguro que se le habrá presentado en mitad del camino como una especie animal nueva, peligrosa y excitante.

 

Algunas reediciones:

Naomi Tani, Modae no heya (Tiliqua Records, 2006).

Reiko Ike, Kôkotsu no sekai (Tiliqua Recods, 2006).

Sandra Julien (con Miki Sugimoto), Sexy poem (P-Vine, 1996).

Meiko Kaji, Zenkyokusyu (Teichiku Records, 2005).

Es recomendable el libro Japanese Cinema Encyclopedia: The Sex Films (Vital Books, 1998), escrito por Thomas Weisser y Yuko Mihara Weisser, y con una introducción de la mismísima Naomi Tani.

El cine pinku clásico ha sido recuperado y subtitulado al inglés (al menos una parte, porque el resto se perdió) gracias al esfuerzo de algunas compañías occidentales. Por ejemplo, http://www.kurotokagi.com/

En español, el blog http://sangreyakuza.blogspot.com/ es un festival de erotomanía “retro”.

Jaime Moreno escribe el blog de música japonesa independiente www.akaneindie.com y es el autor del libro Rokku: una historia del rock japonés, 1945-2010 (Quarentena ediciones, 2010).

 

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