Ramón Gómez de la Serna: El Rastro

Categoría: Más cultura |

Por Ignacio Gómez-Cornejo

 

Ramón Gómez de la Serna tiene algo de diseccionador, de entomólogo atascado en su monóculo convexo, destripando las entretelas de las cosas, de la cosidad de la cosa, porque cualquier objeto, cachivache, adminículo, para Ramón posee un alma propia, quizá más recopilada en la hora de su muerte, como una anagnórisis del objeto con vocación “caracólica” (deseando volver a su cielo platónico, donde morará con su modelo), cuando ha dejado de ser poseída por la pilosa mano de un hombre. Esta inclinación en su acendrado estilo es más manifiesta en su libro “El Rastro”, por el propio hecho de tratar todos esos desvencijados objetos, que prolijos y encorsetados en su queda realidad, se asoman ante los ojos de nuestro grandísimo prosista con secretos patinados de herrumbres, o cajas de reloj de péndulo donde se esconden los entresijos de un tiempo más suspenso, o más etéreo, más uniformizado o tranquilo, replicando a la ciudad y a la física, porque Ramón pretende vigorizar la mirada a través del trasunto de los objetos (aún esquilmados o entreverados de orín, aún presos de un purgatorio con tintes de salmodia mercantil, algo patética entre buhoneros o menesterosos que dejaron su marchamo procaz, su huella obscena en su delicada y espiritual materia), sabiendo, como fiel solipsista que fue, que a fin de cuentas todas las cosas estás impregnadas de algo humano (Ramón fue un fenomenólogo, también un fenómeno, no sé si habría leído a Husserl), de manera que Ramón humaniza los objetos, redime o expía a los hombres, mientras en el mismo decurso de su prístina prosa realiza retratos impíos sobre las gentes, deshumaniza a las gentes, objetivándolas, a  ropavejeros o chamalireros que abundan sus calles, al viejo avaricioso y cínico, o la pobre vieja que vende unas cucharas de alpaca como de plata de ley. Es “El Rastro” un libro que para su tiempo (1914) supuso una verdadera innovación, pero todo lo que hizo este hombre parece primigenio o absolutamente original. Su preciosista lenguaje no quita para que mezcle neologismos con arcaísmos, su ritmo es el de un espectador con anteojeras de incredulidad o nostalgia por lo no vivido, su capacidad para la anáfora, metáfora, oxímoron o retruécano resulta conmovedor por lo prolífico, es un escanciador retórico de las palabras, un alquimista del lenguaje, con escoplo o pluma y el pedernal de su cuartilla, el cual espera el fragor definitivo de su creación, o más bien descubrimiento. Ramón, aficionado a coleccionar viejas u olvidadas maulas que fue arrumbando o exponiendo en su viejo torreón de Velázquez, 4, se fue proveyendo como un aprendiz de Diógenes, (antes de saltar el charco durante el estallido de la guerra cainita), de bizarros enseres, muletillas costrosas de toreros, con astas imaginarias aún entre sus alamares. O muñecas de ojos anchos o cerrados, de trampantojos o relojes (que tanto le obsesionaban). Ramón preñaba su torreón de metáforas visuales, quizá para inspirarse en la asociación de ideas, y continuar con su inventario lato y divertido de greguerías. Ramón no crea, está más allá del puro arte narrativo, es un descubridor, un espeleólogo de lo baladí, de lo que nadie observa, un rapsoda del infinito que mora entre las cosas más simples, en su caverna asombrada de sombras y sueños entre lo ordinario. Su capacidad para la descripción nos permite entrever un Madrid más sepia, más antiguo, como el de los daguerrotipos, sombreros hongos y carros con pescante. Nos deshilacha e inmortaliza lo que ninguna fotografía quizá jamás recogiera, esas calles curtidas de canalla, esa atroz turbamulta que se deposita en el Rastro como una marea, al igual que su servidumbre de objetos y cosas. Como él mismo nos hace llegar:

 

“El Rastro es siempre el mismo trecho relamido de la ciudad, planicie, costanilla, gruta de mar o tienda de mar, que es lo mismo, playa cerrada y sucia en que(…) las grandes ciudades y los pueblecitos desconocidos mueren, se abaten, se laminan como el mar en la playa, tan delgadamente, dejando tirados en la arena los restos casuales, los descartes impasibles, que allí quedan engolfados y quietos…”

 

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