Mistificaciones portátiles

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Por Ignacio Gómez-Cornejo

 

La mistificación no es fácil; mistificar en literatura requiere ese difícil arte de revertir la realidad en ficción y la ficción en realidad sin que se note: ha habido grandes mistificadores, incluso autores al borde de lo irreal (Borges fue un gran mistificador) pero quedo sorprendido de la capacidad embaucadora, de una mistificación dotada de una puridad excelsa especialmente con Enrique Vila- Matas. En su pequeño libro “Historia abreviada de la literatura portátil” (1985), Vila-Matas confunde ficción y realidad hasta el punto de hacer indisolubles ambos lados de la imaginación. Como mitómano y amante de los pequeños y absurdos detalles de la vida y especialmente del mito literario ( en esto hay algo del gran George Perec) Vila-Matas nos descubre en esta historia una conjura ilustrada y fatua perpetrada por una sociedad autoproclamada SHANDY (Si Hablas Alto No Digas Yo), formada por insignes personajes como Duchamp (el de la bôite en valisse, el genio del ready-made y de la deconstrucción del arte), Georgia O’Keefe, Picabia, Rigaut, Huidobro, Tzara, Paul Morand, Gómez de la Serna, Edgar Varese, Karl Kraus y tantos otros personajes geniales y excéntricos cuyas condiciones unívocas e inalienables para pertenecer a tan abyecta e inútil sociedad secreta consistían en “ser una máquina soltera”: esta condición atribuida a Duchamp proviene sin duda de su obra “La mariee mis a nu  per ses celibataires, meme” conocida también como el Gran Vidrio. Amar todo lo pequeño y portátil porque el amor de lo pequeño es una emoción infantil (como antídoto de lo material que nos enlaza a lo superficial y olvidable), y amén de otros extraños requisitos, consta como importante el de “poseer una tensa convivencia con el doble”, aquí se sobreentienden dobles u “odradecks” tal y como explica el librito al estilo de Rrose Selavy, el alter ego femenino de Duchamp. En este librito se nos cuenta que Paul Morand, el dandi de las letras francesas colaboracionista de Vichy, iba a cuestas con una maleta-escritorio con la que recorría Europa (y después de leer “La noche es larga” de Morand uno descubre la diferencia entre el dandy y el snob, dandys eran Morand o Duchamp o Drieu La Rochelle, snobs Robert de Montesquieu tan celebrado por Proust, o Boni de Castellane, tan ostentoso de los salones aristocráticos del grattin parisino). La sociedad SHANDY fue fundada en un rapto de presurrealismo por Duchamp, Morand, Rigaut y algunos otros en Port Atif, poblacho africano también apócrifo. A partir de ahí Vila-Matas teje una trama delirante donde una estantigua de grandes corifeos de la vanguardia desfilan por fiestas secretas en Viena organizadas por Larbaud, partidas de ajedrez entre Tzara y Lenin en Zurich (esto es cierto, en 1916 cada uno de ellos rumiaba y preparaba su revolución frente al maniqueo damero), visitas mediante contraseña a la famosa librería de Sylvia Beach;  vemos a un Gómez de la Serna engolfado en los “ismos” de entonces, o a un García Lorca descendiendo al submarino del príncipe Mdivani, derrelicto e inútil, fondeado en el puerto de Dinard, donde dicho artefacto sumergible libraba singladuras en todo caso desde el opio y el exceso de su extraña marinería (entre otros tripulantes del Bahnhoff Zoo que así se llamaba el submarino: Josephine Baker, Erich von Stroheim, Ezra Pound, Max Ernst, César Vallejo, Antheil, Colette y un largo etcétera). En resumen se trata de un librito delirante por original, donde largas digresiones y cartas apócrifas del terrible Alesteyr Crowley terminan por delatar la absurda conjura SHANDY. Se trata de una obrita originalísima para aquellos tiempos (1985, ya lo he dicho) que quizá adolezca de una prosa un tanto simplona en ocasiones, lo que también permite poder seguir la alocada y complicada compilación de personajes de una forma fluida. La mistificación es tan buena que por un momento casi me la pega, pero ciertas imprecisiones o exageraciones terminé por entender que todo se trata de una simpática e imaginaria estafa. En resumen: una banda de desarrapados artistas, incapaces de tomarse nada en serio, que fueron célebres por su postura casi siempre epígona de Diógenes; irónicos en fondo y forma toman cuerpo en esta construcción narrativa del a veces mediocre y a veces brillante Vila-Matas. Como contrapunto, la frase de Tristam Shandy que los define: “la seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos de la mente”.

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