El cine japonés y su prematura muerte

 

Por José A. Cartán.

 

Humanity and Paper Balloons (1937)

 

 

Desde sus inicios, la muerte ha sido la más absoluta y lastimera traidora. Ya lo subraya el maestro Bergman en el inicio de El Séptimo Sello (1957), en la legendaria partida de ajedrez que entablan la sombra eterna y el caballero Max Von Sydow. Su omnipotencia siega las almas de los benditos aunque sea demasiado pronto aún para el viaje definitivo.

 

Sadao Yamanaka fue uno de aquellos jóvenes que vivieron rápido y murieron jóvenes, no sé si dejando un cadáver exquisito, pero sí unas cuantas películas que le otorgaron el lugar que ocupa la mismísima doncella negra desde la aparición del hombre: la perdurabilidad en el tiempo o, lo que es lo mismo, la anhelada eternidad.

 

Kochiyama Soshun (1936)

Siempre que se realiza un escueto resumen del lugar que ocupa el cine clásico japonés dentro de la historia del séptimo arte, hay un conjunto de nombres que han de ser citados de manera ineludibles: Ozu, Mizoguchi, Kurosawa y pare usted de contar. El tridente divino. En algunos casos se incluye la portentosidad visual de Kobayashi e, incluso, las pequeñas melancolías fílmicas de Naruse o el variopinto, estético y necesario cine de Suzuki. Sin embargo, es un rara avis encontrarse el nombre de Hiroshi Shimizu (no confundirlo con Takashi Shimizu) y, sobre todo, con el de Yamanaka.

 

Uno de los mayores vicios que tenemos los seres humanos es el de no acordarnos habitualmente de nuestros maestros. Tal vez, a la historia del cine o al sobrevalorado canon cinematográfico no le interese que aparezca Yamanaka en su particular paseo de la fama. Sin embargo, estoy seguro de que el cine de Ozu no sería el mismo si no fuera por la huella que le dejó el cine de aquel soldado nipón muerto en Manchuria en 1938, con tan solo 28 años de edad. Afortunadamente, Ozu tenía incluso la elegancia de ser agradecido y así dejó constar la relevancia de Sadao en unas afirmaciones realizadas dos décadas después del fallecimiento del joven cineasta:

 

“Estoy convencido de que si estuviese vivo, haría dramas de ambiente moderno, no películas de época. Me resulta fascinante imaginar cómo podrían haber sido sus películas. Tenía un enorme talento, y pese a haber muerto con menos de treinta años de edad, nos dejó un enorme legado de películas.”

 

Million Ryo Pot (1935)

De la veintena de films que dirigió Yamanaka durante su efímera vida, actualmente solo se puede disfrutar de tres de ellos: The Million Ryo Pot (1935), Kochiyama Soshun (1936) y Humanity and Paper Balloons (1937). El resto de películas, como sucede con el inmenso legado de Mizoguchi, se perdieron durante la guerra o son directamente inencontrables. En esta muestra sucinta de películas se observa el interés que tenía el director por el jidaigeki, género cinematográfico que muestra el Japón más feudal. Al contrario de lo que sucedía con Akira Kurosawa, amante pasional de la literatura rusa, Yamanaka centró su interés literario en formas tradicionales japonesas tales como el teatro kabuki y el kodan, estilo narrativo oral japonés muy en auge a principios del siglo XX. Apoyándose en una imagen perfectamente compuesta, en la que el atrezzo y la pluralidad de planos nos recuerda a Ozu y a un estilo obtusamente minimalista, sus historias transcurren en un ambiente opresivo en el que los protagonistas, como entes poseedores de una identidad y una rebeldía propia, se alzan contra la opresión imperante en la época. La individualidad conlleva de manera irremediable la consiguiente tragedia. Los personajes de Yamanaka se podrán vislumbrar en los derrotados que mostrarán Mizoguchi y Ozu años más tarde. Antihéroes desdibujados por la pérdida, asfixiados por una perpetua nostalgia existencial y una autodestrucción, tanto moral como física, que les llevará hasta sus últimas consecuencias.   

 

Como siempre sucede con aquellas personas a los que la muerte asalta antes de tiempo, es inconsciente el pensar: ¿Hasta dónde hubiera llegado Yamanaka de no haber muerto tan joven? Las hipótesis son tan gratis como innecesarias. Quedémonos, pues, con el sincero y último testamento del nipón, el cual ya vale lo suficiente para hacernos una idea de lo que era su filosofía y su persona: “Por favor, hagan buenas películas”.

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