Hysteria (2011) de Tanya Wexler

 

Por José A. Cartán.

 

 

Con un año de retraso llega a los cines españoles Hysteria, tercera película de la cineasta norteamericana Tanya Wexler y cuyas dos primeras obras son para el público tan desconocidas como irrelevantes. En este caso, la directora nos sitúa en la Inglaterra de finales del siglo XIX para hablarnos sobre lo que se conocía hace más de una centuria como la histeria, supuesta enfermedad que asolaba a las mujeres y cuyos principales síntomas eran la presencia del insomnio, la pesadez abdominal, la retención de fluidos o la pérdida de apetito. Los estudios médicos posteriores conllevarían finalmente la invención del primer consolador eléctrico, para predominante uso femenino.

 

Hysteria se configura a priori, como su película más ambiciosa hasta la fecha. El hecho de querer convertir su film en algo más que un mero trámite viene dado, casi exclusivamente, por la aparición en pantalla de Maggie Gyllenhaal. Sin embargo, la existencia de una estrella en el cartel hace tiempo que dejó de tener valor alguno. Gyllenhall es la única actriz del reparto que logra transmitir algo de subversión, fuerza y arraigo dentro de un cartel interpretativo plano y circunciso repleto de estereotipados personajes. La película contiene los elementos suficientes como para ser algo más que una lastimera “comedia romántica-histórica”, entrecomillado ya que la jocosidad y la carcajada son apenas imperceptibles durante todo el metraje. Brillan por su ausencia. Su lucha en favor de los más débiles como encargada de llevar una casa de beneficencia podría haberse convertido en una crítica social mucho más hiriente, más amenazadora, mucho más vehemente. Sin embargo, lo único que hace la joven Maggie es arrojar piedras chatas y planas a un lago plagado de tiburones (la burguesía). Las ideas revolucionarias que propugna son un mero chiste para la directora, ya que ésta se decanta por un cuadro sin sangre, sin vida, en el que prefiere que sobresalga la anécdota de la creación del elemento juguetón antes que la insurrección femenina contra el fascismo varonil.  

 

La otra mitad de esta arrítmica comedia romántica pertenece al joven y anodino Hugo Dancy, doctor que considera el consolador como la respuesta definitiva frente a la inapetencia y melancolía de la mujer. Todo en clave de comedia “descomediada”. Wexler deja sobre el tapiz varios puntos interesantes que debían haber sido explorados con mucha más hondura y abotarga el cuadro de un sinnúmero de manchas de lastimera y falsa corrección. Parece que la joven directora norteamericana no sabe todavía que tanto en la vida como en el arte es imposible congraciarse con todo el mundo. En los tiempos que corren hay necesidad de arriesgarse más todavía, y si para ello es necesario que la mitad del mundo te odie, adelante. Las medias tintas nunca se han caracterizado por poseer ningún tipo de virtud.    

 

Tráiler:

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