Cuando vendimos nuestra alma al demonio

Por Recaredo Veredas.

Acabo de terminar Doktor Faustus, el mítico libro de Thomas Mann, cuyas páginas narran cómo un músico vende -o cree vender, el autor no se define- su alma al demonio a cambio del triunfo en las artes musicales. El libro en cuestión está narrado por un amigo del músico. Por lo tanto la acción transcurre en dos tiempos: por un lado el de la escritura, por otro aquel en que el músico comete sus tropelías demoniacas, sean reales o figuradas. El primero es abiertamente trágico. De hecho, no puede serlo más: coincide con el desenlace de la segunda guerra mundial y narra, desde la perspectiva de un alemán escéptico, el cerco y el desplome del III Reich. El tiempo del protagonista, situado décadas atrás, es más relajado: aunque aparezca la primera guerra mundial ésta es considerada un juego de caballeros comparada con el gran holocausto. Pero no pretende esta columna analizar al detalle la obra de Mann. Quiere utilizar el subtexto de la trama* -la venta del alma de Alemania al demonio a cambio del esplendor de los primeros años de Hitler- para hablar de España. Nadie ha escrito el Doktor Faustus español** pero no nos vendría nada mal porque resulta bastante obvio que nosotros también hemos vendido nuestra alma a Satán. El precio: una década de lujuria y desenfreno que no se repetirán nunca, nunca jamás.

Los bombarderos ingleses no han cruzado nuestros cielos, arrasando nuestras ciudades (su lugar lo han ocupado cementeras, tuneladoras, parques temáticos, centros comerciales y cientos de urbanizaciones) pero sí tendremos que soportar un ejército de ocupación tan duro como el que sufrieron los alemanes. Peor incluso porque a ellos la ocupación les permitió alzarse del suelo, calmar sus demonios y revertir la derrota en una victoria. Sin embargo,  a nosotros, la venta al demonio nos hundirá hasta el más profundo de los abismos. De poco valdrá que, como intenta Adrian Leverkuhn en las páginas finales, lancemos una plegaria a los cielos arrepintiéndonos de nuestros pecados, de nuestro salvaje endeudamiento, de todo un país lanzado a la especulación y a los viajes a Tailandia o Vietnam. El demonio no perdona y va a cobrarse su deuda, sin condonar ni un céntimo de intereses. Pronto cederán los últimos baluartes: ocurrirá cuando las pensiones bajen y los abuelos no puedan comprar espaguetis para que sus nietos coman, cuando los subsidios acaben y los seis millones de parados acudan en tromba a la mendicidad y la caridad.

Entonces nuestro exorcista, el único capaz de negociar nuestro perdón con el demonio, será Amancio Ortega. Si la purificación coincide con un gobernante sensato, le cederemos el país a cambio del pleno empleo, sustituiremos nuestro escudo por una Z gigante y, en consecuencia, dejaremos que los Ortega -cuya sangre galaica está limpia de incestos y demás cruces malsanos- destronen a los Borbones como dinastía reinante. A grandes males, grandes remedios.

* Porque Mann era un autor de los de antes, que quería decir algo con lo que contaba.

* *Tal vez quien más se aproxime sea Chirbes con su Crematorio, espléndida narración del descenso a los infiernos de la comunidad valenciana.

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