Serie Directores de Cortos: 3- Iván Ruiz Flores

 

Por Rubén Romero Sánchez

 

 

Iván Ruiz Flores

 

Iván Ruiz Flores (Madrid, 1979) ha sido el director español de cortometrajes más premiado en todo el mundo en el año 2011, pero durante una hora de entrevista y casi otra hora de charla sin grabadora también sobre cine no menciona ni uno solo de los premios que ha conseguido. Si a los grandes hombres se les mide por la gestión de sus éxitos, Iván Ruiz seguro que es uno de ellos. Cada corto, en cuanto a la factura técnica, es distinto a los otros, pero en todos late la misma pasión por contar historias y la misma irrenuciable aspiración a crear imágenes bellas que conmuevan. Me cuenta que está relajado porque acaba de terminar el montaje de su primer largometraje, Lección de vida. Quedamos en Fuenlabrada, que es su ciudad aunque ya no viva allí pero nos pilla justo a mitad de camino a ambos. Habla de cine y no para, comenta secuencias de sus películas preferidas como si no hubiera mañana, habla de sí mismo, de sus miedos y sus aspiraciones, con una sinceridad que no he visto a nadie en tiempos.

 

 

-Coppola y Ridley Scott alabaron Dulce, el cortometraje español más premiado internacionalmente en todo 2011. ¿Qué supone eso para ti?

– Cuando estaba allí no me lo creía. Tampoco me he parado mucho a pensarlo, fueron sensaciones muy reconfortantes pero ni me lo creía. Coppola dijo que le parecía un corto muy redondo y que le habían gustado mucho las interpretaciones, en especial la de los dos niños.

 

Dulce es una historia muy triste, pero al contarla como un cuento se quita parte de esa dureza.

– Nació como una fábula. Su origen fue preguntarme de dónde viene la muerte dulce, qué historia podría dar sentido a lo de la muerte dulce. Y salió Dulce. A mí no me parece triste, tampoco estoy de acuerdo con que trata del amor; para mí trata del enamoramiento, que es una fase química que dura dos años, eso está probado, y se termina. Yo quería contar la manera de que ese sentimiento durara para siempre. Dulce es la manera de hacer eterno ese sentimiento que está a punto de acabar. Por eso no me parece tan triste. La luz del corto también le quita dureza. Todos los personajes acaban sonriendo. Mueren pero lo hacen felices.

 

Dulce

Alguien dijo una vez que las cosas importantes no son cosas. En Dulce, los personajes juegan a pedir deseos, pero ninguno pide cosas materiales.

-Hablan de sentimientos, que es lo que al final nos mueve. Es cierto que sólo piden recuerdos o sentimientos (volver a sentir el mar, tener a alguien). Este cortometraje ha funcionado porque nos sentimos identificados de alguna u otra forma. Al final todos deseamos lo mismo: tener alguien cuando lo estamos pasando mal, volver a tener algo que perdiste… Yo creo que los anhelos de esos personajes son extrapolables a cualquiera de nosotros.

 

Ese corto también podría tener otra lectura: los seres humanos no somos nada ante el poder desolador de las casualidades.

– Más que las casualidades es la consecuencia de las palabras. Eso también me llama mucho la atención. Nosotros los adultos podemos estar hablando de algo tan tranquilos, pero si estamos ante un niño hay consecuencias. El abuelo dice que el amor es como una llama que un día se apaga, y el niño dice: no, le voy a demostrar a mi abuelo que la mía no. Eso es una casualidad, también la del viento que cierra las ventanas; el gas, que yo lo he sufrido. Así, puede ser la casualidad, pero también son las cosecuencias de nuestras palabras.

Iván Ruiz Flores y Rubén Romero Sánchez

 

-La fotografía en colores cálidos le da mucha fuerza a esa estética de cuento.

.- Sí, con Carmelo Barberá (director de fotografía) llevo trabajando mucho tiempo, y cuando hicimos la lectura del guión estuvimos de acuerdo en quitarle la dureza que podía tener el final, y queríamos contar un cuento que comienza pasando hojas de un libro, que está escrito a mano y grabado con la cámara, sin trabajo de posproducción. Queríamos que todo fuera muy cálido, muy acogedor, que denotara mucha intimidad. Que nos transmitiera los inviernos en el pueblo con olor a leña. Y queríamos que la luz sólo fuera fría en el plano del gas, para que esa luz cálida se intoxicara, pero luego volver al final con más luz todavía que los iluminara. El trabajo de Carmelo me ha encantado, creo que parte del secreto del corto está en su iluminación.

 

-En el corto Mie2 se plantean varias cosas. Por ejemplo, el temor al fracaso, el temor del artista a no dar lo que el público le pide.

– Por supuesto, es uno de los temas que toca. Es algo muy personal, el personaje principal se llama Iván, tiene mis obsesiones… Es desnudarme ante la gente que lo vea. Uno de mis miedos es ese, cuando escribes no saber hasta qué punto estás haciendo concesiones al espectador. Creo que eso nos pasa a todos, pero hay gente que no lo dice y no sé por qué. Mie2 no fue bien, pero yo ya lo sabía; pero no era el objetivo del corto. El objetivo era ser un regalo para Ana, mi mujer, y ser muy sincero. En él expongo mis miedos como creador y como ser humano. Y una de mis dudas es saber si estás haciendo lo posible para poder vivir de lo que realmente te gusta. Y al final siempre tienes una persona que se come esas movidas tuyas; era una forma de agradecer eso. También es para todas las personas que han sufrido ansiedad, depresión, agorafobia… Alguien que no haya sufrido eso no podrá entender el corto. Yo he sufrido agorafobia y depresión, y también era una forma de dar ánimo a esas personas. Es el que más me gusta a mí y a la vez el que menos gusta a la gente. Es de ruborizarse, es decir este soy yo. El corto lo han puesto en psiquiátricos; de Estados Unidos me han escrito que lo habían visto y que querían utilizarlo en unos estudios; que sirva de terapia a otros es lo mejor.

 

– Los dos personajes están negados, uno por miedo a no dar lo que el público le pide y la otra por el miedo al rachazo de las editoriales. Pero de la suma de sus dos negaciones surge algo positivo, esa creación conjunta que simboliza el árbol.

– Los dos personajes tienen miedo de no cumplir las expectativas. Yo creo que el objetivo de toda obra debe ser difundirla lo más posible, para influir, hacer sentir, hacer pensar, provocar algo en alguien. Si eso no lo consigues, no puedes seguir haciendo cosas, las harías exclusivamente para ti.

 

Mie2

El personaje de Iván, ¿podría ser también una metáfora de todas las personas, no sólo de los artistas, porque todas las personas tienen algo dentro que no pueden dejar salir?

– Sí, todos tenemos miedos, aunque algunos lo disimmulan más. Vivimos con miedo al fracaso en todos los ámbitos, laboral, familiar, y al final creo que tendemos a protegernos. Tenemos miedo al qué dirán, y eso es algo que me revienta. Tienes que seguir siempre la pauta social, y si no lo haces ya eres raro, o estás zumbado. También me revienta lo de los estigmas: tener una enfermedad mental te estigmatiza, no eres un diabético que se esté medicando.

 

Foucault decía que la locura social surge cuando se encierra en los manicomios a la gente que se desvía del camino trazado.

– Hay mucho prejuicio sobre la enfermedad mental. Creo que Mie2 normaliza la ansiedad, la depresión… Y para mí el mejor regalo es cuando se me acercaba alguien porque sabía que podía hablar conmigo de ese tema porque yo lo he vivido. Para mí este corto ha sido terapéutico, y La culpa del otro también.

 

Con respecto a La culpa del otro, ¿por qué en blanco y negro y por qué sin diálogos?

– No tiene diálogos porque habla de la incomunicación; y lo rodé en blanco y negro porque quería destacar que no existe lo blanco y lo negro, que hay matices. Los personajes tienen claroscuros, y creía que la mejor manera de destacarlo era con una estética no limpia, en blanco y negro. La pared que separa las casas también es básica para representar la incomunicación.

 

Los personajes del hombre, que es un violador, y del niño, que acaba siendo un asesino, utilizan una violencia brutal y a la vez los vemos capaces de sentir un amor totalmente desinteresado, por el hijo y la madre respectivamente.

– Así somos las personas. Uno puede ser muy cruel y a la vez muy familiar. A mí de La culpa del otro me interesaba mucho hacer que el espectador entienda a un personaje que al final se carga a alguien inocente, y que de hecho se posicione a su favor. Hacer eso, y sin diálogos, es lo que me motivó a escribir el corto. Ha recibido muchas críticas porque es muy explícito, pero creo que quien diga eso de narrativa visual no entiende mucho. La violación está puesta así para que el espectador vea la escena como la ve el niño. Necesitábamos esa escena para entender la motivación final del niño.

 

Mientras que la casa del vecino es una “vivienda”, en la del chico y la madre no hay objetos. Sólo están la mesa en la que el niño dibuja y sus propios dibujos. Parece que sólo existe el amor que sienten entre ellos.

– Soledad, arte y dolor es lo que hay en esa casa. Eso es lo que quería transmitir, y cómo influye lo que vive en lo que está haciendo, porque al final todos los dibujos que hace son sobre su madre, sobre lo que no quiere ver, sobre su madre embarazada… Quería mostrar cómo lo que vivimos influye en el arte que hacemos. La otra casa es más material, hay regalos, comida, todo lo que es necesario sustentar con dinero. También quería reflejar el contraste narrativamente, mostrando primero la casa del niño y su madre y luego la otra. Y lo que despierta la curiosidad del niño es ver cómo son felices otros, porque él no lo es. Aunque en realidad es una historia de amor, de lo que el niño llega a hacer, matar a su mejor amigo, por amor a su madre.

 

En La culpa del otro, todos los personajes son de algún modo víctimas inocentes, incluso el vecino, que es un hombre que está solo por algún motivo: su mujer ha muerto, o le ha dejado; es una víctima previa.

 – Todos son víctimas, no hay ni vencedores ni vencidos. Todos son víctimas de su pasado, víctimas de la soledad. Yo creo que la soledad y el dolor lo impregnan todo. Quizá el que menos víctima le parece a la gente sea el hombre. Aunque una persona no hace eso (la violación) si no es por un sentimiento de infelicidad, un complejo de inferioridad. En la historia previa estaba dibujado que es un sufridor, aunque es cierto que es el que más cuesta a la gente ver como víctima; porque además no está contado.

 

La culpa del otro

Eso es. El niño es un asesino, pero nos identificamos con él porque hemos visto por qué se vuelve asesino. El hombre es un violador, pero no hemos visto por qué se vuelve violador.

– A mí no me interesaba que se supiera por qué se había convertido en violador porque podía ocurrir que te identificaras con él. Al final escribir no deja de ser una forma de manipulación. Intentas escribir, realizar, dirigir, con las imágenes que te interesan para conseguir el objetivo que quieres. El objetivo de este corto era preguntarnos cómo podemos posicionarnos a favor de una persona que ha matado a otra por venganza. Para eso la incomunicación es muy importante. Porque los niños en el corto sí juegan, pero ni se hablan.

 

El niño se va de su grupo de amigos sin despedirse, y ellos no vuelven la cabeza.

– Está apartado. Yo quería reforzar ese sentimiento de soledad. De pequeño, si te gusta estar solo, y te gusta escribir, eres el rarito del grupo, y te vas apartando tú mismo. Yo quería que se sintiera excluido de la sociedad. Mie2 también trata de eso, de excluidos sociales. Cuando tú como persona te cuestionas lo que la sociedad te impone quedas apartado. En el próximo corto que vamos a hacer, que se titula Principios, dos mujeres luchan contra sus principios; porque al final hay unos principios sociales, que si no cumples tienes que enfrentarte con toda la sociedad para defender los tuyos propios. A mí me llama la atención que nos dejemos influir tanto, hasta el punto de que te suponga un trauma hacer algo por el miedo al qué dirán, aunque tú tengas muy claro lo que quieres hacer.

 

Es lo que les pasa a los personajes de Mie2.

– Sí. Yo me planteo cuál es la diferencia entre lo justo y la justicia. Yo creo que la justicia no es nada justa, y en este país lo estamos viendo.

 

Lo justo es una idea abastracta a la que hay que dotar de contenido. Y ese contenido lo plasmamos en la justicia concreta.

– Para mí la justicia y lo justo difieren. Cada uno puede tener un concepto de lo que es justo, su propio baremo. Es algo que me obsesiona, como lo prohibido y lo permitido. Todas esas dualidades me interesan, y al final casi siempre mis personajes son dos o cuatro que se enfrentan. Es el enfrentamiento entre uno y otro y entre uno y lo social y entre uno y los miedos.

 

¿Cuáles son tus referencias en el cine? ¿En qué autores te fijas?

– Mis referencias visuales están en el cine asiático y del norte de Europa. El tempo narrativo y los encuadres milimétricos de muchas películas asiáticas me fascinan. Los relatos intimistas y el estudio de la condición humana del cine de Bergman, Bela Tarr, Lars Von Trier y también de Erice. Del cine asiático me gustan Park Chan Wook, Zhang Yimou, Wongk Kar Wai, Kim Ki Duk o Hiroshi Tesigahara desde que descubrí La mujer en la arena. Y me encanta la personalidad y poesía fílmica de Andrei Tarkovsky o Alexandr Sokurov. Por supuesto, BergmanDreyer, Bela Tarr, Víctor Erice, Lars Von Trier y Jean-Claude Lauzon. También me han llamado la atención películas como la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días de Cristian Mungiu; El marido de la peluquera, de Patrice Leconte; Intimidad, de Patrice Chéreau; Al otro lado, de Fatih Akin; Nueve vidas, de Rodrigo García; Smoke, de Wayne Wang y Paul Auster; y Celebración, de Thomas Vinterberg, entre otras.

 

 

 Ver La culpa del otro:

 

 

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