El misterioso caso de la peste negra

 

El misterioso caso de la peste negra. Eduard Mira. Ediciones Nowtilus. 192 pp. 14,95 €.

 

 

Proemio

 

No se puede acusar al pobre Corbino ni a persona tan cabal como Argentina III -su dulce amiga y más conocida como “La bella”- de haber sido infieles al solemne voto que pronunciaron, pues el secreto únicamente salió sus bocas en circunstancias de extrema urgencia. El tal secreto ha ido transmitiéndose a modo de arcano y de madre a hija durante tres generaciones. 

 

Biznieta soy de Corbino y de la Bella, y me habría correspondido el sexto lugar en una secuencia de Argentinas que se remonta a la Barcelona de hace más de siglo y medio. SIn embargo, por decisión de quien fue mi padre y por la amorosa debilidad de mi madre, se me dio el nombre de Isabel, Isabel de Loris, ya que he adoptado el apellido que, al parecer, injertó en nosotras aquel galán francés que escribió los primeros y mejores capítulos del Romance de la Rosa, libro muy leído en una época ya casi marchita. De niña, sin embargo,  y de no tan niña, mi madre me llamaba a veces Melusina, de acuerdo con una tradición doméstica que comenzó en algún punto de nuestra ascendencia familiar, y a guisa de homenaje al hada cuyos vuelos y andanzas solía contarme mi progenitora junto a la cuna, tal y como ella lo había escuchado de la suya. Me he acostumbrado a ser nombrada así de vez en cuando y no me arrepiento: que eso de tener días para una misma y espacios ocultos me seduce. Por más que mi cuerpo nunca haya dado signos de que le fueran a crecer alas de dragón y cola de serpiente, como le aconteció el hada, he hecho mío hasta tal punto al personaje que temo salir volando un día por encima de los montes. Depositaria soy, en todo caso, de un secreto familiar, y me corresponde transmitirlo de acuerdo con la manera en que mis predecesoras interpretaron el pacto de silencio que hizo jurar don Godofredo Chaucer a Corbino y a la Bella…, y también al modo mío. 

 

El que ya no esté en edad de tener descendencia de ningún sexo -ni haya sido tal mi inclinación- me ha llevado a escribir este tranco y otros que le irán a la zaga. No creo que don Godofredo Chaucer se revuelva en el sepulcro de la abadía de Westminster, donde reposa hace más de cien años. Si, allí sigue, por más que el rey Enrique VII de Inglaterra haya levantado una muy hermosa capilla, dedicada a Santa María, en el solar junto a la iglesia abacial que ocupó la casita que viera fallecer al poeta, al espía ya viejo. Entretanto, ese marino genovés al que llaman Cristóbal Colón ha ido varias veces a las Indias por Poniente, y hasta tengo oído que el papa Alejandro VI ha invitado a un silesio de nombre absurdo a enseñar en Roma que la Tierra gira alrededor del Sol. 

 

A menudo observo las estrellas valiéndome del astrolabio que magister Eleazar de la Cavallería regaló a don Godofredo Chaucer, que este quiso donar antes de morir a su fiel Corbino y que, de Argentina en Argentina, llegó hasta mí. Poco me dicen los astros, pues no estoy muy versada ni en astronomía ni en astrología judiciaria, pero me temo que algún parte de calamidades se oculta en el firmamento, listo para sacar la cerviz y abrir de par en par los establos donde aguardan con impaciencia, relinchan, bufan, piafan y dan coces los entecos rocines del Apocalipsis. No puedo quejarme del siglo que me ha tocado vivir. Presumo que no ha sido tan funesto como el anterior. Sin embargo, algo más que astrolabio y el firmamento me dice que en la centuria que entra los campos se llenarán de horcas y picotas, de incomprensión y de muerte, de monstruos y de bestias que harán huir -por encima de las hermosas torres, los agudos chapiteles y las cresterías en que mis tiempos tanto han abundado- a aquella Melusina que, en suma, fue un hada amable, reliquia inútil de otras épocas. 

 

He preferido poner en boca de mi bisabuelo Corbino estas páginas, pues fue él quien las vivió, y he optado por hacerlo al estilo de esos retablos llenos de personajes y de escenas que tanto gustaban en el siglo que siento cómo fenece. Todavía no sé qué destino voy a darles, ya que me reconcome de algún modo el juramento familiar, y, como he apuntado, no tengo hijas a quienes legárselas y tampoco hijos. En realidad, desconozco cuánto hay de verídico en ellas. Como bien decía Godofredo Chaucer, lo oído, lo gustado, lo palpado y lo leído se amalgaman en la mente para dar unas mixturas que acaso tengan poco en común con los simples que las constituyeron y que, una vez adobadas, son propiedad de su autor y del mundo; no pueden ser un secreto ya para nadie. 

 

(…)

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