Alehop

 

Alehop. José Antonio Fortuny. Editorial Funambulista. 352 pp. 19 €. 

 

El anciano miró el árbol con el semblante lívido, desencajado. Tenía la boca grotescamente abierta. Cada mañana, desde hacía muchísimos años, llevaba a cabo idéntico ritual: a la misma hora y desde un sitio instituido, contemplaba cómo el sol iba subiendo por el horizonte, cómo sus destellos dorados se asomaban entre las ramas de ese majestuoso árbol. Le encantaba escenificar este ceremonial en compañía de su mujer, y con una taza de café humeante entre las manos.

El espigado árbol se alzaba en medio del huerto. Pertenecía a una especie poco común de cedro, un Cedrus brevifolia, que habitualmente sólo se encuentra en la isla de Chipre. No había ninguno más por la región. Nadie sabía a ciencia cierta cómo había ido a parar allí, ni cuántos años tenía. La única certeza es que era muy viejo, centenario. Había visto pasar a varias generaciones de seres humanos; había sido testigo de cómo la rústica casa iba sufriendo diversas reformas y modificaciones, pero él continuaba allí, impertérrito, firme, dominante, ajeno a ese vaivén insustancial. Un tótem sagrado y venerado.

El anciano percibía que la energía irradiada por el árbol recorría la tierra donde tenía sembrada una extensa variedad de hortalizas, se le enroscaba por los pies, y le hacía rebullir de gozo.

Pero hacía unos días que era incapaz de sintonizar con esta fuente vivificante. Una preocupación alojada en su mente se lo impedía.

Dio unos pasos hacia el árbol y volvió a alzar la vista hasta sus ramas. En otras circunstancias hubiera podido pasar varias horas así, embelesado con un brote naciente, o sintiendo cómo la fragancia silvestre le expandía hondamente sus pulmones. Pero ese día sus ojos díscolos no podían prestar atención, y acabaron desviándose hacia el cielo plomizo y huraño.

Hacía unos días que el firmamento permanecía cerrilmente encapotado. Ni llovía ni parecía que la concentración nubosa tuviera intención de disolverse. Esta incertidumbre aumentaba su desasosiego.

El anciano era una persona tranquila. No era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo. Era uno de esos seres que, si de repente se marchaba de un grupo, costaba llegar a darse cuenta de su ausencia; y cuyas pisadas, al franquear un umbral doméstico en un día lluvioso, apenas dejaban huella.

Era tímido e introvertido, y el mundo exterior se le antojaba cada vez más hostil y extraño. Al jubilarse, cambió la rutina de su trabajo en la fábrica de zapatos por otros quehaceres como construir barcos en miniatura dentro de botellas, o cuidar con más mimo sus plantas. También se conjuró para acabar de leer, por todos los medios, El Quijote, libro que había empezado en múltiples ocasiones desde que era un adolescente.

Pero la razón fundamental que propició esta retracción fueron las dificultades motoras que empezó a experimentar su mujer, la cual requería cada vez más su ayuda. De este modo, juntos, habían ido acondicionando y reforzando su nido. Y aunque se sentían seguros allí dentro, aunque profesaban la superstición según la cual, al no hacer mucho ruido ni meterse con nadie, gozaban de cierto halo de protección astral, era inevitable que a veces se pusieran a conjeturar cuáles podrían ser las amenazas potenciales que harían tambalear su cálido estilo de vida, como la muerte fulminante de alguno de los dos o un insalvable revés económico.

Por eso se quedaron descoyuntados cuando el contratiempo que les asaltó, y que quebró su remanso de paz, no fue uno de dimensiones considerables sobre el que habían especulado; no fue un meteorito catalogado y vigilado el que vino a colisionar, sino un problema aparentemente minúsculo, del tamaño de un guisante. Como una larva asquerosa culebreó hasta la mente del anciano; y una vez acomodado entre sus neuronas, no dejaba de mortificarle, noche y día, a todas horas, de un modo vil y despiadado.

 

(…)

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