Río Masacre

 

Río Masacre. René Philoctète. Editorial Barataria. 216 pp. 17 €. 

 

 

Desde la cinco de la mañana, un pájaro (o no se sabe qué) da vueltas en el cielo de Elias Piña, pequeña población fronteriza dominicana. 

Los niños creen que  se trata de la cometa que el jefe de la aldea lanza, a veces, para entretenerse. A los adolescentes les gustaría montarse en él para fugarse. Los jóvenes fingen indiferencia. Pero en el fondo, albergan la esperanza de que el chisme se vaya. Los ancianos, hombres y mujeres, con mandíbulas protuberantes y párpados que pestañean, se miran de soslayo y se escupen en el pecho tres veces. Se santiguan. 

De repente, el pájaro se inmoviliza, con las alas desplegadas. Su sombra dibuja una cruz que cuadricula Elías Piña. Ningún sonido le sale del gaznate. Ni grito ni gorjeo. El pájaro es mudo. Perros, gatos, bueyes, cabras, asnos, caballos; muerden, arañan, pastan, pacen su sombra engastada en el cristal de un mediodía caribeño. 

El señor Pérez Agustín de Cortoba, el jefe, representante del gobierno, bajo su galería recién encalada, dormita, incrustado en una butaca de mimbre, con media docena de moscas ronroneando sobre su panza ocre que no oculta una camiseta negra. En su siesta, sueña con Emmanuela, su négresse que se marchó hace más de una semana para Cerca-La Source, en territorio haitiano. Se le crispan las manos: estrangula a la infiel. Se le agolpan en la garganta una infinidad de palabras entre las cuales sólo se percibe una nítidamente: “¡Muerte!”.

Entre un hipo y el bamboleo de la cabeza, abre el ojo derecho, inyectado de sangre. El ojo bizquea hacia el pájaro, sonríe, se cierra, mientras los dedos aprietan…hasta desollar las palmas. 

 

Entretanto, el pájaro obra a sus anchas en el cielo de la aldea. Un viejo cazador armado de su escopeta le manda una tanda de perdigones, que, tras haberlo tocado, describen un arco de círculo y caen al suelo, aplastados. 

El pájaro no tiene sangre. 

El viejo cazador, tragando saliva varias veces, vuelve a su casa cabizbajo. Una detonación sacude violentamente la vecindad. El viejo cazador acaba de saltarse la tapa de los sesos. 

Uno no ataca impunemente a la máquina. Pablo Ramírez lo intentó una vez y fue arrojado a las marismas del lago Enriquillo. Los caimanes se lo comieron. Sonia del Sol y sus cuatros hijos, Miguel, Sunilda, Mario y Marco se colgaron en Barahona. Roberto Sánchez desapareció. Desde entonces, su voz ya no mece las noches de Santiago de los Caballeros. 

– Vecina, ¿conoces la historia de Paco Moya? Dicen que fue marinero en la capital, que pereció entre dos aguas, con una estrella de mar entre los ojos. 

– Vraiment!

– ¿Y la historia de María, la puta? ¿De José, el poeta? ¿De Rafael le boulanger? ¿De Juan, el campesino? ¿De García, le professeur? ¿De Enrique, el sastre? 

– La muerte bajó el puente levadizo, el castillo los engulló. 

No, no hay que atacar la cosa. Si no, los niños adelgazan y a las mujeres les chorrea sangre entre los muslos. 

El pájaro es hechicero. 

De golpe, se arroja, con la cabeza baja, sobre los árboles, Las hojas se esparcen, las ramas se parten, las flores se inflaman. El impacto contra los troncos no detiene su furia. Todo se desmorona a su paso, dejándole libertad de maniobra. 

El pájaro es ciego. 

Ahora, singla hacia el cielo, con las alas dobladas, las patas juntas, surcando el aire. El sol, azotado de frente, tiembla, se encorva, se achica. Nadie se atreve a pronunciarse a fondo sobre las acrobacias del artefacto, ni siquiera a intentar un mal de ojo. 

– ¡Vecina! Dinos cuál fue la flecha con la que el cacique Caonabó tomó el fuerte La Nativité. 

– La piedra ha regresado al cielo. 

– ¿Y en qué estación el Yaqui quema sus fuegos en la Vega?

– Los fuegos mueren por sus propios destellos. 

– Dinos qué canciones cantaban los caribes antes de abrir los senderos de la guerra. 

– La canción ha retomado las alas. 

– ¡Vecina! La llama de los guerreros no baila en los ojos. 

– Fue el tiempo de los hombres y ese tiempo ha pasado. 

– ¿Como frutas demasiado maduras que se pudren en el árbol? 

– Sí. ¡Como frutas demasiado maduras que se pudren en el árbol!

Sólo un estudiante de sociología, Roberto Pedrino, de vacaciones en casa de su prima, Antonia Felicia Salvador y López, trata de apaciguar la cólera de la bestia tocándole la mandolina. Pero sus dedos al pellizcar las cuerdas del instrumento encogen hasta las raíces. Sin desesperarse, Roberto César Pedrino usa los dientes para sacar las cuerdas de su mandolina acordes, ¡no importa cuáles! que se embrollan, chirrían, silban, se enzarzan. Sosteniendo las notas de Roberto César Pedrino y Márquez, las chapas de las casas se ponen a rechinar, a cacarear, a maullar, a piar. Alentados, los habitantes de Elías Piña, uno con un tambor, otro con una flauta, otro más con un saxofón, desfilan por las calles al son de la música del murmullo y el relincho. Las campanas de la capilla de madera consagrada a Nuestra Señora de la Concepción dejan su torre, se llaman, chocan unas con otras produciendo un ruido como de metralla y bodas.

 

(…) 

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