Javier Calvo: «Quiero representar la Transición como momento en que se ficciona una identidad nacional»

Por Cristina Consuegra.

El pasado mes de febrero, Javier Calvo era galardonado con el Premio Biblioteca Breve de Novela 2012 por El Jardín colgante, segunda entrega de la trilogía de la muerte emprendida con Corona de flores (Mondadori, 2010). Meses después de su puesta en circulación, esta novela incendiaria no para de despertar lectores y críticas que alaban el argumento sofisticado y la manera de llevarlo a la práctica, un estilo que sumerge al lector en cierta confusión que estimula el eje principal de este título: representar literariamente el proceso de la Transición Española y la identidad nacional que surge de tal cambio político. Una novela que, desde la audacia narrativa, ayuda a entender ese estado permanente de suspensión en el que parece haberse quedado anclado el país.

Javier Calvo. Fotografía de Lisbeth Salas.

A pesar de que todavía es pronto para ver lo que supondrá este premio en tu carrera –más allá del cambio de sello editorial-, ¿te presentaste con la idea de querer llegar a un público mayoritario?

No, sería muy ingenuo por mi parte intentar aspirar a un público mayoritario. No me parece que mi obra pueda nunca alcanzar cotas muy altas de popularidad, ni por los temas que trato ni por el tratamiento que hago de ellos. En general, sospecho que la novela literaria está destinada a ocupar un gueto de unos pocos miles de lectores. El gran público busca, y es buscado por, las operaciones transnacionales de marketing, los Crepúsculos, Zafones, Millenium, Sombras de Grey y similares. Dicho esto, sí que decidí cambiar de editorial para ampliar mi público y darle a la novela una vida distinta de la que habría tenido si no lo hubiera hecho. Pero vamos, que tampoco hay una diferencia espectacular. Y respecto al premio en sí, más allá de la satisfacción personal que me supuso, no creo sinceramente que vaya a cambiar la percepción que tiene nadie de mi obra.

Descifrar la realidad desde la ficción debería ser uno de los principales objetivos de todo autor. En El Jardín colgante intentas tal acción recurriendo al pasado, poniendo en duda la veracidad de la Transición española. ¿Qué esperas del lector, mejor dicho, qué esperas de la relación El Jardín colgante – lector?

Ante todo, quiero precisar que el libro no intenta tanto poner en duda la veracidad de la Transición española como representar literariamente el proceso abstracto del cambio político. La visión de dicho cambio en El jardín colgante sería martirológica: la novela habla de lo que se sacrifica en las transiciones políticas -vidas humanas, memoria histórica, elementos de identidad-. El proceso puede ser trágico, y en el libro está narrado con un final claramente trágico y una concepción vagamente romántica del revolucionario como víctima sacrificial. Sin embargo, no creo que el proceso en sí pueda ser tan criticado como simplemente constatado, y eso es lo que hago: no tanto analizar o profundizar como dramatizar, en el sentido griego de la palabra.

Qué espero del lector me parece una pregunta muy difícil. Desde Corona de flores tengo una concepción de la literatura como algo que trasciende el acto literario en sí, casi como una escritura de grimorios o un acto ritualístico. Corona era en gran medida mi libro contra la modernidad y el capitalismo y mi vindicación del pensamiento mágico; El jardín es una diatriba contra la mentira institucional y un alegato nostálgico de la lucha armada. En ambos casos, el libro funciona como tal para mí. En general, los lectores lo leen de la misma manera, aunque por supuesto, para ellos la lectura no tiene el poder transformador que tiene para mí su escritura. Pese a todo, me encuentro con discrepancias sorprendentes. Hace poco presencié una conversación entre Peio Riaño y Manuel Vilas en la que uno decía que mi libro era una novela política y el otro decía que era una novela surrealista. En general, la gente se queda mucho más con el elemento político.

A lo largo de los diversos capítulos que componen esta novela se va entretejiendo una especie de bruma que acompaña al lector durante toda la obra. Esta bruma, que nace de la forma con la que decides relatar, sumerge al lector en una especie de estado confuso, de cierto corte abstracto, ¿es algo que planificaste a priori, para reforzar el argumento, o que surge conforme El Jardín colgante va adquiriendo forma?

No, de hecho todo lo que uno encuentra en mis libros ya está siempre completamente planeado de antemano. En el caso de El jardín colgante, yo quería crear un espacio de indeterminación durante la mayor parte de la experiencia lectora. En pocas palabras, que el lector no supiera hasta el final quién estaba en cada bando, con quién estaba el protagonista o quién estaba traicionando a quién. Por un lado, esta estrategia alude a esa confusión de identidades y entramado de mentiras que reina en los momentos de cambio político, muy propicios para las conspiraciones. Por otro lado, va muy asociada al género policial, que se basa siempre en la postergación de las explicaciones y en la construcción de un misterio que impulsa la lectura.

Uno de los grandes asuntos de la novela gira en torno a la identidad –individual y colectiva, elemento que articulas a través del ramillete de personajes que conforman la historia. Sin ser una novela de recreación histórica, ¿por qué te inclinas por escribir sobre este periodo de la historia reciente de España?

Bueno, como he dicho antes, yo quería representar el cambio histórico, como momento en que se genera la ficción de una identidad nacional. Todo momento de cambio o transición política pasa necesariamente por un falseamiento, por una adulteración de la propia historia, a menudo un borrado selectivo de esa historia. Eso pasó sin duda en la Transición Democrática Española, en la cual para impulsar un país supuestamente moderno y cohesionado se tuvo que llevar a cabo operaciones como por ejemplo la ocultación de la Segunda República, del Golpe de Estado del 36 o de la Dictadura Fascista de Franco. Estos tres episodios, y otros muchos, fueron desdibujados o simplemente escondidos en un cajón. El país nuevo sería supuestamente democrático, carente de escisiones ideológicas, libre de secesionismos y rabiosamente monárquico. Por supuesto, en el nuevo país cuestiones como la ideología no tendrían sentido, porque la lucha ideológica sería reemplazada por la alternancia bipartidista de los grandes partidos institucionales. Mi libro se centra en ciertos elementos de este proceso, concretamente la guerra que libra el servicio de inteligencia para desarticular y en última instancia aniquilar los restos de la lucha armada. Esto alude a la propia transición de los servicios secretos y su reconversión en instrumentos antiterroristas, por supuesto.  El eje argumental, de hecho, va desde la deslegitimación de la llamada “extrema izquierda”, cuando es excluida del proceso de la transición, hasta su desaparición física. Y la razón última para escribir sobre esto supongo que tiene que ver con la frustración –y casi la desesperación que genera vivir en un país donde no existe absolutamente ninguna posibilidad de rebelión ni de contestación. Donde las formas pacíficas de contestación han quedado ridiculizadas y desautorizadas y las formas violentas se han convertido en “terrorismo”, esa palabra con que el sistema descalifica a todo el mundo a quien previamente ha marginado y sometido.

Hablemos ahora de los personajes, elemento narrativo contundente e implacable. ¿Cuál ha sido el que más te ha costado perfilar? ¿Cómo trabajaste el asunto de las descripciones físicas?

No hay ninguno que me haya costado más que otro. Arístides Lao y Teo Barbosa funcionan bastante bien, en mi opinión, como personajes alegóricos. El primero como representación de la inhumanidad del sistema, su incapacidad para empatizar y su conclusión resultante de que el fin justifica los medios. Barbosa es una representación igualmente alegórica del aventurero moral, del ser que se pierde en el fragor de la lucha, el “desaparecido”, en cierta manera, en el sentido de ser cuya identidad se diluye en un momento de lucha histórica. Un tipo de personaje muy de novela de espías, creo yo. Sara Arta y Melitón Muria están ahí básicamente para humanizar la historia, y son realmente los dos únicos personajes de la trama que tienen respuestas humanas. Sin ellos, El jardín colgante sería algo mucho más parecido a una novela de Ballard.

En cuanto a las descripciones físicas, intento darles a los personajes rasgos físicos que sean una especie de traslación física de ese contenido alegórico del personaje. Esto es evidente en el caso de Lao, que tiene un aspecto repulsivo acorde con su personalidad, o de Barbosa, cuyo físico es su instrumento para generar cierta fascinación que le abra puertas. Todos los personajes están basados más o menos físicamente en alguien, pero tampoco me gusta hablar mucho de eso, porque a veces están basados en gente a quien conozco personalmente y se me hace raro contarlo.

Eres un maestro a la hora de crear ambientes inquietantes. En esta novela todo aquello que guarda relación con lo anatómico se presenta como fundamental. En El Jardín colgante haces algo similar a lo que hiciera Dickens en Tiempos difíciles convertir un lugar –en tu caso, real- en un protagonista más de la historia. ¿Homenaje o casualidad?

Es exactamente como dices, por lo menos a un nivel de intenciones, otra cosa es que los resultados sean satisfactorios. Prácticamente toda la narrativa que me fascina tiene una conexión muy intensa con el lugar, tanto espiritual como histórica o psicogeográfica, Dickens es un caso clarísimo. En realidad esa “localidad” o “localismo” me parece una fuente de inspiración brutal para la escritura. En el caso de Barcelona, la tradición “local” de novelas sobre Barcelona se remonta en mi opinión a Vida privada y pasa por toda una serie de gigantes literarios: Oller, Rodoreda, Marsé, Mendoza o Casavella. En todas ellas Barcelona es protagonista en lugar de simple escenario, y lo fascinante del caso es que se trata de novelas que en muchos casos han contribuido a moldear la ciudad misma que retratan, prestándole ideas, tipos sociales, arquetipos o elementos de lenguaje. Esa es la tradición que me interesa ahora mismo. Con la Trilogía de la Muerte busco principalmente situarme en esa tradición, y también construir una reflexión sobre el presente, a partir de tres momentos históricos de crisis o transformaciones que den cuenta de distintas enfermedades de la ciudad que conocemos hoy en día. Es una especie de proyecto “diagnóstico”.

¿Qué sería de Javier Calvo sin la ciudad de Barcelona?

Bueno, la trilogía que estoy escribiendo está muy centrada en Barcelona, quizás un poco más Corona que El jardín, pero aun así se trata de un proyecto en gran medida sobre Barcelona, su historia y su identidad profunda. Después no tengo ningún plan ni tampoco ninguna idea de lo que haré, aunque tengo a medio escribir desde hace siete años un ensayo también sobre Barcelona titulado Ríos perdidos. De manera que parece que seguiré dando la vara sobre lo mismo durante una temporada. En el terreno vital, la verdad es que no me importaría emigrar unos años de esta ciudad, pero tampoco veo muy claro cómo hacerlo ahora mismo.

En El Jardín colgante ofreces, gracias al entramado narrativo, la imagen de un país a la deriva, casi abandonado a su suerte, suspendido en el vacío. Dejando al margen el contexto, tu novela bien podría servir para reflexionar sobre lo que acontece. ¿Tienes la sensación de que España sigue suspendida en ese vacío?

Por supuesto, esa es la tesis del libro, que la Historia propiamente dicha murió a finales de los 70, y que llevamos desde entonces en ese vacío. Por lo que yo veo, absolutamente todas las coordenadas del sistema político y de la sociedad española son las que se conformaron en la Transición, exactamente iguales e inmutables. Todo está bien atado. Incluso ahora mismo, cuando mucha gente empieza a cuestionar ciertos elementos del sistema político que les están reventando en la cara, quienes los cuestionan son básicamente un 1% de la población frente al 99% insondable. Por otra parte, hay algo que me indigna un poco del actual descontento, que es que solamente ha surgido en un contexto de recesión económica brutal. Mientras las cosas iban bien y había dinero, a todo el mundo le parecía bien mirar para otro lado.

La novela tiene una banda sonora propia. Las canciones y artistas que desfilan por entre las páginas de El Jardín colgante, ¿hasta qué punto han condicionado este título?

Uno de los elementos que más me interesaban del periodo era la música, por supuesto. Evidentemente, el punk no es la música que mayor influencia tenía en la Barcelona de aquellos años, y sospecho que era un tipo de música bastante marginal. Sin embargo, había llegado ya por entonces, y solamente tuve que leerme un par de libros que se habían publicado recientemente sobre punk en Barcelona para documentarme un poco. Lo primero que hice fue montar un playlist con temas punk publicados en los dos años en que transcurre la trama, y temáticamente centrados en las mentiras, que son un gran tema tanto del punk como de El jardín colgante. Son básicamente los mismos temas que se mencionan en el libro (Patti Smith, Magazine, Richard Hell, Blondie, los Pistols, etc.). Esa lista me la estuve poniendo sin parar mientras escribía, y acabó integrándose literalmente en la trama: todos los temas aparecen en algún lugar u otro, y al final incluso los personajes reciben una cinta de casete cuyo track listing coincide con mi lista de reproducción. Pero también acaba siendo capital en el libro la misma progresión de la playlist y la deriva del punk que en ella se refleja: desde un punk rock más romántico y sexual (Iggy Pop, Patti Smith) hasta un momento final nihilista (Liar de los Pistols) que se burla de esos mismos comienzos. Esa deriva es replicada en cierta manera por el argumento del libro. Además, considero que el ritmo acelerado del punk también se reflejó un poco en el ritmo de mi escritura y del texto en sí.

Corona de flores (Mondadori, 2010), El Jardín colgante,… ¿cuándo completarás la trilogía?

Si todo va bien, tengo planeado publicar la tercera parte en 2015. Se trata de una intriga ambientada en la Barcelona actual, que narra la relación entre un psiquiatra de la policía y una asesina en serie. Será, si me sale bien, bastante más violenta y mística que las dos anteriores, aunque retomará muchos temas y elementos.

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