Las pibas quieren cha cha

Por Nicolás Correa.

 Es verdad, como dicen por ahí, hay violencia. Aclaremos: la violencia no es crítica, la violencia es, no tiene una manera de ser: es acción pura. La violencia por sí misma no conlleva una actitud crítica, ni hablar de que eso que parece marginal conlleve una actitud crítica solo por el hecho de mencionarlo. Al margen hay que escucharlo y después hacerlo hablar, y es sólo después de que el escritor da posibilidad a esa dialéctica, que lo entiende y puede comprender el estado de organicidad que exige la producción textual, y no una mera reproducción o mostración de un evento político social, al mejor modo Trapero, o en su defecto, a un interesante pasatiempo literario, del mismo valor que un crucigrama, solo en ese momento se vuelve productivo y crítico.

La violencia del margen, si es encausada, incomoda, como incomodan las mujeres de Vanoli.

Esas mujeres raspan, muerden, salen del texto, quizá algunas elecciones en el lenguaje las vuelve demasiado artificiales, pero se ve minimizado en el espacio textual. El mundo posible se vuelve un mundo real. Aquí el efecto y su mayor logro. No hay un esfuerzo por querer ser, el artificio es dejar ser, escuchar, digerir, y en esa procesión interna, la utilidad de la literatura. Sólo encausar la violencia. Que Las mellizas del bardo sean barrabravas o putas no habla de un margen, pensar la literatura en adentro y afuera, centro y periferia, ciudad y campo, in y out, es poner una etiqueta que hoy resulta atractiva. Todos quieren ver como se manifiesta ese otro, mientras podemos vivir un mundo feliz a nuestro alcance, todos queremos ver como es ese lugar del otro, esa marginalidad. Pensar en esa dicotomía seria anacrónico. Darle un sentido que tanto ha dirigido la crítica desde el pensamiento más canónico sería seguir tomando agua de la misma canilla. Sabemos cuáles son los márgenes, los de nuestra propia mirada.

 

Y los pibes le vamos a dar

De alguna manera, Las mellizas del bardo escapa a lo que Agustín Montenegro llama: el ala del pajarraco institucional. Su método es incendiario. El gesto, folletinesco. Dentro de la literatura Pulp, inscribe una fuerte presencia de sus personajes, que de ninguna manera se dejan imponer la historia y su peso narrativo.

Vanoli escapa.

Logra fugarse.

El mundo es de ellas, Vanoli vuelve al origen. Las mujeres detentan violencia, asedian al lector. Y dando vuelta la premisa del Pulp que priorizaba la historia, porque Las mellizas del bardo se posiciona dentro de la colección Saqueos en Greiscol, junto a El tucumanazo, Tony y El cañón de Vladivostok, como literatura Pulp, se hace potente en la producción de los personajes femeninos.

Entonces, bien lejos de una tradición latente que los ampare, la inscripción y pretensión de una marca generacional ya no pasa por la violencia del texto, la violencia es algo inherente a la literatura Argentina, más aún, al hombre, la violencia es un hecho fundacional[1], sino por la organicidad que tiene la escritura a la hora de ser trabajada.

Anticipando la conclusión sobre Las mellizas del bardo, puedo pensar que su intención crítica se aproxima a la idea de Mariana Cinat: Emitir un discurso siempre revela una intención, un querer-decir-algo. Y ese querer-decir-algo nunca es tan simple como decir-ese-algo[2]. La narrativa de Vanoli se vuelva orgánica, sin forzar ni traicionar a sus personajes, y es ahí donde gana su peso crítico, más allá de la violencia.



[1] Violencia y Viñas van con la misma v.

[2] Mariana Cinat, “Sobre historias silenciosas y silenciadas” en Las lecturas. http://www.culturamas.es/blog/2012/08/24/sobre-historias-silenciosas-y-silenciadas/

 

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Ficha técnica:

Las mellizas del bardo

Editorial Clase turista

Colección Saqueos en Greiscol

79 pág.

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