La lentitud de Richard Ford

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Por Rebeca García Nieto

 

© Robert Yager

 

Richard Ford tiene fama de ser un escritor lento. Tal vez su lentitud tenga que ver con la dislexia que padece. Ford dice que fue ésta la que hizo que apenas leyera nada hasta que tuvo 18 años, y que por su culpa va a llegar al final de su vida sin haber leído los libros que debería. Paradójicamente, es probable que, en parte, también le deba a ella su estilo característico. Si la lectura del disléxico es una batalla que se libra letra a letra, el tempo de la narrativa de Ford es producto de una contienda que tiene lugar frase a frase. Sin duda, el escritor ha salido vencedor en esta pelea, y somos muchos los que pensamos que nos encontramos ante uno de los mejores escritores norteamericanos vivos. El mismísimo Raymond Carver dijo de él: “Frase por frase, Richard es actualmente el mejor escritor en activo del país”.

Su ritmo de trabajo es también parsimonioso. Como ejemplo valga su última novela, Canada, que empezó a escribir hace veinte años. Como entonces no le acababa de convencer, decidió guardar las notas en el congelador durante décadas. Aunque la novela comienza en Great Falls, Montana, donde transcurren algunas de sus obras, Canada es diferente a sus anteriores novelas. Poco queda en ella de las digresiones y frases sinuosas características del introspectivo Frank Bascombe, protagonista de la trilogía que le dio la fama. En esta ocasión, el narrador es un muchacho de 16 años, Dell Parsons, que se ve obligado a cruzar la frontera canadiense cuando sus padres, las personas menos parecidas a un atracador de banco que uno se pueda imaginar, hicieron justamente eso.

 

Como ocurre en la mayor parte de novelas de Ford, el argumento es secundario al estilo. De hecho, la frase con que abre la novela desvela toda la trama: “Primero hablaré del robo que nuestros padres cometieron. Luego sobre los asesinatos, que ocurrieron más tarde”. El peso de la novela recae casi en exclusiva sobre el lenguaje. Ford se recrea en la descripción meticulosa de la vida en una ciudad pequeña durante páginas, de manera que la mecha de la primera frase de la novela tarda tiempo en comenzar a arder. Como viene siendo habitual en él, destacan las descripciones de los paisajes (en este caso, Montana y Canadá). No en vano, por boca de uno de los personajes de Acción de gracias decía que “el ser humano adaptándose a un paisaje es la materia de la literatura”. En una de las escenas de Canada, nos encontramos con una pintora que está plasmando en un lienzo la panorámica que tiene frente a ella. No hay nada señalado en el paisaje, sólo un par de casas y una oficina de correos vacía. El narrador no entiende por qué la escena habría de ser plasmada en un cuadro, “estaba allí, a la vista de todos, y no tenía nada de bonito”. “¿Por qué lo está pintando”, preguntó; “Sólo pinto cosas que me gustan”, respondió la pintora, “cosas que, de lo contrario, no serían bonitas”. Ante estas palabras, el narrador se muestra sorprendido, como si “lo que ella estuviera pintando fuese exactamente lo que yo veía… Parecía un milagro, pero peculiar”. Como señala el escritor Philip Hensher, este diálogo podría leerse como una especie de manifiesto artístico del autor. Al leer a Ford, uno tiene la sensación de estar frente a un Hopper. Eso de que “leemos con los ojos” deja de ser una obviedad y cobra todo su sentido ante las páginas del norteamericano.

Canada es también atractiva desde el punto de vista de la estructura. La novela consta de tres partes. Al final de la primera, el libro se transforma abruptamente. De hecho, a partir de ahí parece que comienza una novela distinta. El lector tendrá que esperar a la última parte para atar todos los cabos. Philip Hensher ha comparado la estructura de la novela con la de Chance, de Joseph Conrad. En Chance diferentes narradores toman y retoman la historia desde diferentes puntos. Coincido con John Banville cuando dice que esta forma de estructurar la novela es una proeza técnica por parte de Ford.

 

La ausencia de sus padres es omnipresente en la obra de Richard Ford. En Mi madre, in memoriam, Ford ahondaba en la relación con su madre, si es que tal cosa existe: “¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No, pienso que no. Lo típico sólo existe en la mente de personas poco reflexivas. Nosotros -mi madre y yo- nunca estuvimos unidos por la culpa o la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que fuera fiable y lo fue”. En esta ocasión, aunque de un modo más tangencial, Ford vuelve a abordar la relación con sus progenitores. Estos no robaron un banco (que sepamos), pero algunos aspectos de Canada, como los  múltiples cambios de domicilio del protagonista o la ausencia paterna, fueron tomados de la biografía del autor.

Hablando de aspectos autobiográficos… Hace poco se publicó en España Flores en las grietas (Anagrama, 2012), subtitulado Autobiografía y literatura. En esta colección de ensayos, únicamente editada en español, Ford habla, entre otras muchas cosas, de la lentitud con la que abríamos el artículo: “Si hubiera escrito más y hubiera hecho menos pausas, no sólo me habría vuelto completamente loco, sino que, casi con toda seguridad, habría demostrado ser peor narrador de lo que soy. La mayor parte de los escritores escribe demasiado”. Richard Ford dixit.

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