A Casa José Saramago. La sencillez de un Premio Nobel.

Categoría: Más cultura |

 

Por Andrés Expósito

 

            Y a lo mejor para comprender tengamos que rencontrarnos nuevamente con lo sencillo, y hacer de ello un ejercicio de introspección habitual, reaprender conductas que en el camino se van desprendiendo, involuntariamente o conscientemente, pero en ambos casos ignorantes del valor y la percepción que nos ofrece la sencillez, pues desde ahí, desde esa postura, su cualidad y calidad nos muestra ilimitadas puertas que se abren a la única posibilidad que es la vida.  Desde esa enriquecedora sensatez, desde ese pensamiento de la absoluta reflexión y magnánima condición humana parece gritarnos A Casa José Saramago, donde vivió el Premio Nobel.  No digo Premio Nobel de Literatura, porque en este caso, su humanidad nos demuestra que la cobertura del premio tuvo que haber sido más extensa, y no sólo por eminente literato.

            El café portugués supo a gloria a esas horas, medía mañana de un lunes.  En la terraza observamos el jardín, varios olivos pululaban por allí, portugueses y andaluces, y atrás la cocina, normal, sencilla, sin alardes, sin excesos, juegos de café, platos, tenedores, cucharas, y otros utensilios empleados en cualquier cocina, de igual comunión que las que albergan nuestras padres, incluso pareciera que nos halláramos cómodamente de visita en casa de La Abuela después de años en la lejanía, ocupado en el trasiego de un trabajo que nos empujó fuera de nuestra Madre Tierra.  Todo pareciera en esa manera, sino fuera por el leve hecho de que en esa sosegada cocina, en esa irregular terraza mientras el azote agradable de la brisa golpea ininterrumpidamente, estuvieron sentados y tomando café o té, imbuidos en el instructivo y afable diálogo, o en la revolucionaría palabra, El Premio Nobel con muchos otros como Borges o Ernesto Sábato, o José Luis Sampedro, o Susan Sontag, o Eduardo Galeano.   A Casa José Saramago, como una de sus novelas, nos deleita y sumerge en el relato de la condición humana, de la vida, de la introspección y el pensamiento, de la sencillez con la que debemos ocupar el inquieto y desarraigado camino, de la muestra una vez más que lo normal en la especie humana debiera ser desvivirse por los otros miembros de la misma especie.  Una especie, por otro lado, a la que pertenecemos, pero que de lo único que no parece aburrirse es de hacer la guerra.  Que culpa y pena nos da a veces, en ciertos sollozos,  pertenecer a ella.

           

 

 

Nos dice él, el Premio Nobel, que si aspiramos el olor de los libros añejos y descoloridos por el paso del tiempo, sentiremos la esencia de su escritura y la sapiencia que han de mostrarnos.  Lamento contradecirle, pues algunos necesitamos leerlos, y en algunos casos varias veces, por eso él fue quién fue, y nosotros somos quienes somos, lo difícil o imposible para otros, fue tan sencillo para él como aspirar.  En esa terraza, mientras sorbía el café portugués y a mis desconcertados oídos llegaba el murmullo continuo de un arrollo de palabras que golpeaba incesante y fresco en la caída contra el pensamiento, el cual se hallaba embelesado en la introspección bajo la tenue brisa embriagadora, me azoró la sencillez con la que vivió un Premio Nobel, y me mostró la enriquecedora naturalidad con la que debiéramos acogernos a la vida.  El ejercicio de intentar comprender lo es todo, y en ese preciso instante, bajo esa particular y fugaz introspección, descubrí como si estuviera fisgando tras una nimia rendija que me llevara a través del tiempo, a ciudadano portugués, nacido en Azinhaga, quién dijo en una ocasión que era el único caso en la historia en que un hijo le da nombre al padre, y lo aprecié mientras paladeaba té o café oriundo de su amado país, al tiempo que su floreciente pensamiento se ocupaba del sentido de la vida y la condición humana.

            A cualquier viajero, literato o no, le aconsejo que si pasa por Lanzarote, se acerque a Tías, visite A Casa José Saramago, se olvide de todo, se deje azorar por el viento, lea y disfrute de las múltiples palabras que hay en uno u otro lado, no intente interpretarlas, sólo leerlas y escucharlas, y a lo mejor descubran, desconcertados, que la armoniosa y lúcida sencillez es un buen lugar para habitar, pero sin olvidarnos como nos hubiera aconsejado El Premio Nobel, que no debemos de dejar de gritar para demostrar que seguimos vivos cuando el inmortal yugo de la opresión intente condicionarnos.

 

 

                                                                                              Escritor Andrés Expósito

                                                                                               

 

             

 

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