Verde Oliva

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Verde Oliva. Xavier Alcalá. Ediciones Nowtilus. 384 pp. 22, 95 €.

 

Introducción

El fin de la historia

 

Mi historia acaba el 1 de enero de 1959 en el único café de una población humilde de la costa de Lugo, cerca de Asturias. Ese día supimos que Batista había huido. Lo anunció la radio y lo confirmaron llamadas de La Habana a Ribadeo. «El Hombre se fue», decían. El señor Serafín, mi padre, contrastó informaciones. Doña Minguita la cubana, mi madre, se afligió muchísimo porque nuestra familia de allá estaba dividida entre batistianos y revolucionarios y las represalias enseguida iban a sentirse: la sangre no había corrido en balde durante siete años de tiranía.

Bien entrada la tarde, ya noche, los jóvenes del pueblo nos fuimos juntando a tomar los cafés que acabasen de serenar las cabezas, alegradas en el baile de fin de año. Hicimos piña los repatriados, escapados por suerte y con astucia cuando nuestras vidas nada valían en La Habana. Apenas hablábamos porque no teníamos sitio en el cuerpo para tanta felicidad. Habíamos vivido para ver el triunfo. Yo me puse a llorar sin sollozar, lágrimas que se me caían mientras la radio del señor Servando, entre botellas de Fundador y Anís del Mono, confirmaba a este lado del Atlántico lo que había pasado en la Jerusalén del Caribe.

A los que éramos miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-J) en la guerra contra Batista se nos unieron los amigos que habían estado con nosotros un día antes en la fiesta de las uvas y la sidra. De vez en cuando se abría la puerta y, con el frío húmedo del invierno en la Mariña lucense, entraba alguien dispuesto a saber por «los rebeldes» qué significaba el triunfo de la Revolución.

Uno de los que abrió la puerta fue el que me había pronosticado la santera de La Víbora. Lo conocí de cerca la noche anterior, en el baile. Pero ya sabía de su existencia; lo había visto en foto en casa de sus padres, jurando bandera: buen porte con su uniforme y los guantes blancos, fusil levantado a pulso, bayoneta calada, gorra en la otra mano. Tenía un perfil como el de Rudolf Müller, nuestro ídolo de la Academia Baldor, de La Habana. Comparado con los soldados harapientos de mi prisión al pie de Sierra Maestra, aquel recluta español parecía un dios de la guerra.

Venía a saber noticias frescas y nos miramos, pupila contra pupila. En un momento se paró el mundo, dejé de oír hablas cubanas y recordé lo sucedido la Nochevieja.

Él esperó a que yo descansase de las varias piezas que me habían solicitado amigos suyos. Espaldas contra la pared, no sacaba a bailar a ninguna de las chicas que lo miraban en su traje oscuro, la corbata azul algo descolocada y el cuello de la camisa desabrochado.

Cuando creyó que se me habría pasado el cansancio, se acercó con una sonrisa segura y modesta al tiempo, me miró con ojos claros, verdosos, deseosos. No tuvo tiempo a solicitarme porque le tendí la mano. La orquesta se ponía a estropear un bolero que ensalzaba unos ojos negros, como los míos.

A la segunda pieza me dijo que habíamos salido juntos en una foto poco antes de marcharme a Cuba. Fue en la boda de su hermana y siempre que veía aquel retrato se preguntaba por mí.

—¿Cuántos años tenías cuando te fuiste? —preguntó sin perder el paso.

—Catorce. —Pues entonces ya eras una mulleriña —y, al decirlo, se le subieron los colores a las mejillas…

Era él, el que veía la negra maga de La Víbora. Hasta él me había traído San Lázaro, Babalú-Ayé, el Muertero de la medalla pendiente de mi cuello.

Por eso no volví a Cuba para saborear el triunfo. Me fui quedando, cogida de su mano recia y tierna que acariciaba la cicatriz de bala en mi brazo. El nuevo gobierno me pidió que volviese, me ofrecía el puesto que había dejado…

Un día nos juramos fidelidad a la vista del Cantábrico azul pálido, tranquilo, rocas horadadas y hendidas por testigos. Entonces, sin mediar palabra, avancé hasta las olitas que se retiraban con la marea y lancé una pistola al agua. Después le entregué la medalla de san Lázaro con una promesa.

La cumplí. Le relaté los avatares de mi ilusión, de la ilusión de incontables muchachos que luchamos sobre la tierra caliente de Cuba contra el tirano. Pasaba el tiempo y yo sentía que mi nombre secreto, Mariana, se perdía para siempre en las bocas de los que lo pronunciaban, tantos de ellos ignorando a propósito mi verdadero nombre para que la tortura nunca se lo pudiera arrancar.

Soy Mariana como Alejandro era Fidel o como Lucas era su amigo Luis, mi jefe en el M-26J. Siendo Mariana, voy a contar mi vida en la Isla Hechicera, que a todos se nos posa en el fondo del alma, y lo haré usando nombres de guerra, de servicio a la causa, junto con nombres reales de los que nos acompañaron en un batallar a hierro, plomo, sangre, lágrimas, mucho sigilo y mucho miedo.

 

1. Golpe y contraataque

 

Curso 1951-1952. Último trimestre, que voló. Volvimos al colegio con la ilusión de reencontrarnos a los colegas y un interés pícaro de conocer nuevos compañeros, quizá merecedores de apodos. Éramos quinceañeros uniformados, bromistas; pero el ambiente nos obligaba a conversaciones de adultos. En el recreo y en las guaguas hablábamos de la protesta general contra Prío Socarrás.

La muerte de Eduardo, Eddy, Chibás nos había impresionado a todos. Aquel político que llevaba una escobita en la solapa, que prometía barrer la corrupción en Cuba, se disparó con un revólver porque no había conseguido justificar una acusación. Fue hablando en una emisora, ante el micrófono. El disparo no se oyó por la radio porque el suicida se había pasado de tiempo en su discurso y le cortaron la conexión, pero resonaba en todas las conciencias. Nuestro compañero Muruyami nos explicó el haraquiri, el suicidio por dignidad. Chibás había sido un hombre digno, al estilo japonés.

A esa altura fue cuando destacó por su manera de discursear el tal Fidel Castro. Era cuñado de Waldo Díaz-Balart, el guapo que andaba con mis primas mayores en Tarará. Mi padre decía que Fidel aparentaba ser muy chibasista pero que Eddy no era «castrista».

—A ese muchacho hay que dejarlo hablar, gallego —le confidenció Chibás a Serafín—. Que hable, a ver a dónde nos quiere llevar. A lo mejor hay que cortarle las alas.

 

(…)

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