«La escritura poética tiene la virtud de exacerbarlo todo»

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 Entrevista a Recaredo Veredas

«La escritura poética tiene la virtud de exacerbarlo todo»

 

Por Cristina Consuegra

 

Uno de los signos de nuestro tiempo es la imprecisión, en todo. Incluso podría escribir que existe un exceso de pasión por lo abstracto. En las diversas parcelas que dan vida al entramado literario actual ocurre algo parecido; en narrativa, la ficción experimental hace años que obligó a reconfigurar parámetros y variables, mientras que en la poesía esa tendencia hacia lo inasible viene de lejos. En Nadar en agua helada, pretexto para charlar con Recaredo Veredas, su autor, hay mucho de basculación entre territorios y aún más de originalidad formal. En este poemario –o no-, publicado con gran acierto por Bartleby Editores, el simulacro se alza como epicentro absoluto en torno al cual elaborar la maraña de ideas e imágenes que cada poema –un total de 47- ofrece al lector; lector que se incorpora a Nadar en agua helada gracias a un argumento que queda suspendido en el hielo a la espera de que quien sostiene el libro decida qué hacer con él. Con un uso de la palabra preciso, sin artificios, este título destaca por la belleza, la misma que surge de la sublimación, pero también de esa belleza inherente al desasosiego, al cuestionamiento de uno mismo y de una realidad. La belleza que surge cuando se busca la luz. Cuando se busca el asombro.

  

Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) es un título que se debate entre el impulso poético y la precisión del relato. Quizá el caminar entre estos dos territorios sostiene parte de la esencia de la obra. ¿Cuánto hay de poesía y cuánto de prosa en este título?

No sé decirte cuál de las dos vertientes prima. Desde mi punto de vista -un punto de vista muy sesgado por mi condición de creador de la obra- vence lo poético pero entendería a quien opinara lo contrario. La decisión depende de la mirada y de la trayectoria lectora de cada visitante. Por un lado, existe una historia, aunque fragmentada, existe también un periodo histórico, impreciso y preciso al mismo tiempo, y cierta progresión. Por otro existe un protagonismo importante del lenguaje y un intento de indagación y de experimentación más propio de lo poético que de lo narrativo.

 

Comenzaste la escritura de Nadar en agua helada hace quince años, ¿cómo ha sido el proceso de (re)interpretación de lo escrito,  de lo dejado atrás o sacrificado?

Las causas de la “limpieza” han sido muy distintas: por un lado la lógica evolución de todo escritor a lo largo de los años, que incluye un incremento de la lucidez, una disminución del fervor y, por lo tanto, cierto distanciamiento, por otro la necesidad de coherencia, de unidad (poco a poco supe que el libro no podía ser un recipiente de poemas sueltos -lo que, por otro lado, me parece muy respetable- sino una obra compacta). Estos motivos han provocado que deje atrás imágenes, subtramas, incluso poemas que me gustaban pero o resultaban reiterativos o no casaban, aunque fuera desde una perspectiva puramente formal, con la evolución o con el propósito de unidad. He tardado mucho tiempo en terminar el poemario, cierto, pero también lo he trabajado durante periodos aislados, tan cortos como intensos.

 

Y ese espacio de tiempo, con su natural orden de circunstancias, ¿hay más de ti o más de Otro?

Creo que siempre somos otro, que vivimos en perpetua evolución. Suena a aforismo vacío y posiblemente lo sea. Intento explicarme: cuando escribí este poemario era más otro que ahora, creía más, mi mirada era más “desesperada”, más “rabiosa”. Ahora intento contemplar con mayor desapego, incluso con ironía. Sin embargo, dependiendo del día, dependiendo de las circunstancias externas, incluso de las lecturas, suelo regresar al estado de ánimo que provocó este libro. Que tampoco era tan borderline como expresan las palabras: la escritura y más la escritura poética tiene la virtud de exacerbarlo todo.

 

Uno de los grandes logros de este título es la estructura que define el conjunto de piezas que da vida a Nadar en agua helada, ¿cómo decides el orden de los poemas?

Tuvo cierta importancia el orden de escritura, la simple cronología, también la lógica de la historia, una lógica puramente narrativa, centrada en la evolución del protagonista y de su historia. Y por supuesto factores formales: la yuxtaposición de poemas más nítidos con otros más oscuros, más abstractos y más concretos. Es decir, la creación de un ritmo. Todos esos factores dan lugar a una lógica que pudo ser otra pero no otra radicalmente distinta.

 

Hablemos ahora de la poética del título, una poética hábilmente falaz que depende de la realidad del que sostiene el libro. Hay identidad y reflexión en torno al paso del tiempo, melancolía e introspección en torno a una existencia que juega a ser múltiple. Este conjunto de elementos requiere de la complicidad de un lector activo. ¿Aspiras a configurar la realidad individual, a edificar la realidad a la medida de uno mismo?

Cuando más minucioso sea el acercamiento a la historia que un escritor realice menor es el margen que se deja al lector. Sé que lo afirmado no es una regla de tres y que puede contradecirse con cientos de ejemplos. Me refiero a la precisión en los hechos, en el tiempo, en los personajes. Sin embargo una obra como esta, aunque sea minuciosa en ciertos detalles, mantiene el núcleo en penumbra y, por lo tanto, delega en el lector la decisión del sentido. Puedo tener mi propia opinión sobre lo que he escrito pero no es ni puede ser una opinión canónica. Son palabras, inamovibles, y cada uno las puede interpretar como quiera. De hecho en las reseñas y en las presentaciones me han comparado con autores que no conozco y a quienes, obviamente, nunca he leído. Y, sin embargo, no han mencionado las influencias de las que sí soy consciente, lo que no va en demérito de los reseñistas, más bien implica que lo que yo veo en mi obra lo veo solo yo.

 

Uno de los asuntos que me ha fascinado es el empleo del lenguaje desde un punto de vista anatómico. Las piezas perfilan escenarios, estados de ánimo, situaciones, pero es labor del lector profundizar en ellas, decidir qué hacer con el texto. ¿Cuándo decides emplear el lenguaje como un elemento discursivo más de la obra? ¿No piensas que es un riesgo quizá elevado?

El mayor riesgo que presenta el lenguaje es que tome las riendas del asunto. Que tenga un protagonismo absoluto y devore el sentido, devore la narración. Es lo que le ocurre, por ejemplo, a Benet, a quien considero un gran escritor pero permite que el lenguaje se haga con el mando de su literatura. Dominar el lenguaje, dejar que fluya es importante pero hay que domarlo, adaptarlo a los registros –a veces más austeros, a veces más lujuriosos- que requiera la obra. Sí, sin duda, quien concede fuerza al lenguaje corre el riesgo de que distorsione la obra.

 

El tiempo irrumpe como factor determinante, pero, curiosamente, como elemento desprovisto de temporalidad. Este asunto, ¿lo tuviste claro desde el principio o surge como consecuencia de la producción de la obra?

Es una combinación de las dos variables: por un lado, a veces la carga poética distorsiona el tiempo, lo hace menos discernible. Por otro la zona narrativa lo clarifica, muestra varios estratos y enseña la evolución del protagonista, que marcha en consonancia con el mundo distópico en el que habita. En cuanto a si lo tuve claro desde el principio: la respuesta es negativa, surgió conforme escribía la obra y no terminé de definirlo hasta la zona final. Pero no es fruto del azar, ni de factores puramente estéticos. En el tiempo influye, sobre todo, la lógica narrativa.

 

¿Es Nadar en agua helada la obra que mejor te define?

Es la obra que mejor define al autor que la escribió, que ya no soy yo aunque pueda volver a serlo en cualquier momento. Lo que, por otro lado, no sé si es recomendable. Sí define aspectos de mi escritura que se mantienen, como es la fijación por el lenguaje –sin que tome el dominio absoluto de la narración- y el interés por una libertad formal que no se deje arrastrar por la autocomplacencia. En cualquier caso, creo que los relatos tal vez definan mejor mi mirada,  aunque solo sea porque permiten mucho mayor desarrollo y muchos más matices.  

 

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