Lorenzo Silva y la palanca del Planeta

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Recuerda que esto, como todas las cosas que la suerte te pone (o no) en las manos, no es más que una palanca. No lo olvides, ahora que el premio está en tus manos y te apuntan los fotógrafos. No olvides que una palanca, sola, no es nada.

Con una palanca puede levantarse algo, en primer lugar, si uno tiene ese algo para levantarlo. Y aun si lo tiene, tampoco basta la palanca. Todavía queda otra cosa, un pequeño detalle que lo decide todo. Para que una palanca funcione, necesita un punto de apoyo. Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo. Intenta hacer algo sin él y no levantarás una pluma.

En momentos así, como el que vives ahora, es fácil confundirse. Lo harán otros, entre los que te miran, y a nada que un día te distraigas y dejes de recordar lo que ahora estás poniendo por escrito, puedes llegar a confundirte tú mismo. Es fácil, por ejemplo, pensar que lo crucial es esto que la fortuna y el favor o la generosidad de otros te otorgaron, o lo que puedan llegar a otorgarte en el futuro. Pero recuerda a Epicteto y a los estoicos: lo que importa es lo que está en tu mano, lo que de ti depende. Lo que podías hacer e hiciste, y lo que puedas hacer y hagas. Eso es lo que dirá si la palanca funciona o no presta servicio alguno. Peor aún: si trabaja para ti o lo hace en tu contra.

Te han dado la palanca, pero sólo cuenta lo que trabajaste para tener algo que levantar con ella. Eso que no verá nunca nadie, que nadie imaginará, y acaso a nadie le importa. Los años aprendiendo el oficio, sin ninguna recompensa externa, sin otra respuesta que la zozobra y el miedo de no servir para aquello a lo que aspirabas. Las horas enfrascado en la tarea, las noches sin dormir para dar forma a una frase, los días pensando en qué le falla a ese personaje, sin acertar a descubrirlo, los pasos gastados recorriendo lugares, oliéndolos, apropiándotelos, fijándolos en tu retina, de día y de noche, bajo la luz del verano y en la soledad del invierno, para poder llegar a escribirlos un día como son, o como sientes que tu corazón necesita que sean.

Todo ese esfuerzo es tu punto de apoyo, el que permitirá, si lo haces, que la palanca funcione, y la convertirá, si falta, en una barra inútil, incluso un alarde pernicioso. De él, y de la mirada que hayas aprendido a ejercitar desde el día en que tus ojos se abrieron, depende lo que queda y decide: el cuento que no siendo más clarividente que tus semejantes te atreves a levantar ante ellos, y que determinará si se te juzga como alguien que reclamaba la atención por algo o como un charlatán más.

Mientras la fiesta te rodea, mientras oyes los parabienes (y las insidias: acéptalas sin irritarte más de la cuenta, que vienen en el paquete), piensa en todo esto que es la verdad y que llegará el momento en que haya de ser pesado y medido. Aprovecha el fugaz instante de atención que se te da, di si quieres tus palabritas, y al decirlas se tú y por ti: no te pongas al servicio de nadie, aunque no puedas evitar que alguno se las apropie u otro se las endose a quien tú no sirves. Tú no eres abanderado ni seguidor de estandarte alguno. Como dice Robe Iniesta (el poeta siempre alumbra) tu ejército no tiene bandera, sólo un corazón.

Y tanto si la apuesta sale bien, y quienes tienen la potestad de decidirlo establecen que merecías que se te prestara la palanca, como si sale mal, y acaban considerándote un torpe usurpador, recuerda lo que aprendiste del viejo Rilke: a tu nombre podrán darle, eso escapa a tu poder, el sentido que se les antoje, pero tú guarda siempre un nombre que usar a solas, uno por el que puedas seguir llamándote a ti mismo y que nadie más sepa. Y con ése, sigue exigiéndote lo que sabes que debes hacer.

Fuente:  La palanca | Cultura | elmundo.es.

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