Luces entre las sombras (Sitges on my mind)

Por Miquel Escudero

Uno de los secretos más maravillosos que puede darnos el cine se encuentra en el momento en el que las imágenes que hemos visto vuelven a pasear por los senderos de nuestra memoria. Hace una semana que concluyó el Festival de Sitges de este año y algunas de sus películas vuelven, ahora, con aires renovados. Mientras escribo estas líneas dejo de ser aquel que se encontraba en el cine, me dispongo a afrontarlas de nuevo.

‘Motorway’ (Pou-Soi Cheang, 2012)

‘Che sau’, ‘Motorway’ (Pou-Soi Cheang, 2012), es una de las joyas que pasaron por Sitges. Estructura dramática aparentemente simple: policía a punto de jubilarse, aquejado de una enorme frustración tras más de media vida luchando contra el crimen, adiestra a joven inexperto aficionado a conducir, dispuesto a comerse el mundo antes que le haya sido dada la oportunidad de hacerlo. Todo cambia en el momento en que alguien huye de la cárcel. Se trata de un conductor, el mejor de todo Hong-Kong. El joven, decepcionado ante la actitud de su preceptor, decide perseguir al delincuente por su cuenta. Más tarde, se dará cuenta de que su agotado maestro también corrió en su busca, años atrás. Y con este telón de fondo da comienzo una película sobre persecuciones en la que Pou-Soi Cheang se inmiscuye a fondo, buscando dar relieve a cada detalle en el movimiento de los personajes. Así, estos personajes que podrían haber sido planos en su concepción cobran vida de la manera más maravillosa: a partir de sus gestos. Un preciosismo que se extiende a las persecuciones con los coches, podemos ver incluso cómo reacciona el motor del coche perseguidor (el de la policía) ante un acelerón del otro coche. Así, ‘Che sau’ adquiere una dimensión entrañable, la de ver cómo una estructura aparentemente desfasada cobra vida a través del gesto, del simple movimiento. Aquello que, en definitiva, hace que el cine sea cine.

‘Room 237’ (Rodney Ascher, 2012)

‘Room 237’ (Rodney Ascher, 2012)

Por otro lado, ‘Room 237’ (Rodney Ascher, 2012) plantea un interesantísimo ejercicio dentro del campo documental. Diversos personajes discurren a próposito de ‘The Shining’ (‘El resplandor’, Stanley Kubrick, 1980). Obsesionados con los temas planteados por la película, buscan ir más allá a partir de observaciones sobre detalles concretos. Se llega incluso a afirmar que el film trata el genocidio de los indígenas americanos a partir de la base de una familia típica en los Estados Unidos de los años 70. Se levantan varias voces que dan paso a un diálogo acerca de la película como si estuvieran en la calle, a la salida del cine. El interés de la propuesta de Rodney Ascher radica, precisamente, en dar rienda suelta a toda clase de cábalas sobre las intenciones de Kubrick mientras preparaba su película, siempre bajo el amparo de una premisa: “como es bien sabido por todos, Kubrick preparaba todas y cada una de sus películas con precisión milimétrica, hasta el último detalle”. De alguna manera, asumir este tótem es lo que permitiría llegar a este tipo de (falso) documental, siempre en la frontera de discernir lo verdadero, lo verídico y lo verosímil: el gran reto del periodismo. A partir de aquí, la ausencia de toda duda ante cualquier clase de afirmación nos arrastraría hacia una vorágine de especulación enorme. Éste es el verdadero juego al que nos somete Ascher: el de poner a prueba la credulidad del espectador, así como su capacidad de escepticismo. ¿En qué podemos creer en el momento en el que la frontera entre lo falso y lo verdadero es cada vez más imperceptible? ¿Hasta qué punto un documental puede siquiera plantearse llegar a ser “objetivo”? ¿A quién creer en un mundo lleno de voces dispares, todas con el mismo criterio de autoridad?

Dos películas tan aparentemente diferentes como ‘Che sau’ y ‘Room 237’ se cruzan de manera clara en el momento en que ambas llevan hasta el límite las convenciones del género en que se ven envueltas (aún si tenemos en cuenta que el documental no sería un género). La estructura del guión de ‘Che sau’ podría llegar a ser considerada como tópica y desfasada pero en el punto en que la puesta en escena adquiere semejante esplendor, pasa a ser un film lleno de vitalidad y demuestra que todo aquello que creemos haber superado ya puede llegar a sorprendernos hasta un punto que ni siquiera sospechamos. Al mismo tiempo, los testimonios de ‘Room 237’ dan una vuelta de tuerca más a la cuestión documental en el cine. Ya no podemos contentarnos con tan solo preguntarnos si lo que acabamos de ver es real o no, sino que nos adentramos en una nueva dimensión. ¿Y lo que acabamos de ver? ¿Es verosímil?

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