El pequeño Saint Exupéry se despide del Principito en Madrid

Por Meritxell Álvarez Mongay

31 de diciembre de 1935 a las 02.45h. Antoine de Saint Exupéry (que escribiré deliberadamente sin guion porque es así como firmaba en sus manuscritos el autor) debería estar acurrucado junto a su rosa en casa; pero, en su lugar, está con su mecánico en el cielo intentando batir un record: volar de Paris a Saigón en el menor tiempo. De haberlo conseguido, se hubieran embolsado 150.000 francos; sin embargo, después de pilotar durante 19 horas y 38 minutos, su Cuadron Simoun se desvaneció y les dejó tirados cuatro días en el desierto de Libia. Un puñado de uvas, dos naranjas y una pequeña ración de vino es todo lo que tenían; estaban a punto de morir por deshidratación cuando un beduino en camello los rescató. Años después, esta hazaña –que el escritor no se cansaba de contar en cuanto tenía oportunidad– le sirvió de inspiración cuando, estando los nazis en Francia y él en Nueva York, su editor le encargó escribir un cuento que le sacara de su depresión.

“El teatro tiene la misión de mostrar lo que normalmente no se ve, y creo que El Principito es una metáfora que Saint Exupéry utilizó para hablar de su vida, de su situación”, explicaba el director Roberto Ciulli, que llega al Teatro de la Abadía con una versión de Der Kleine Prinz  que lleva más de diez años en la cartelera del Theatre an der Ruhr. En ella, el muchachito rubio y encantador que Saint Exupéry dibujaba en servilletas o entre ecuaciones matemáticas, ha envejecido, lleva siempre una botella de anís en el bolsillo y está triste, deprimido. En Alemania, es el propio director de la pieza quien lo interpreta; mientras que aquí, en Madrid, son los 72 años de José Luis Gómez los que han encanecido al Principito.

José Luis Gómez e Inma Nieto en una escena de El Principito. Teatro de La Abadía.

Ros Ribas. Teatro de La Abadía.

“Roberto Ciulli ha puesto en escena lo que está detrás del relato que conocemos –interviene el actor–, y lo que está detrás no es una invención: está lo suficientemente abalado por las cartas y declaraciones de Saint Exupéry, de la esposa de Saint Exupéry y de las personas con las que tuvo contactos íntimos antes de alistarse.” Antes de alistarse con las Fuerzas Aéreas Francesas Libres (FALF) para luchar junto a los Aliados en la base del Mediterráneo, a pesar de que apenas podía girar la cabeza para comprobar si había avionetas enemigas cerca.

Accidentes de aviación previos habían acribillado su cuerpo, que ya no podía, sin socorro, enfundarse en un traje de piloto. Ya no estaba en condiciones para cazar alemanes en un Lockheed Lightning. Tampoco para volar sobre la bicicleta alada en la que, junto a sus cuatro hermanos, Tonio jugaba dando vueltas alrededor de la casa de su infancia. La misma bici-aeroplano con la que hace malabares Inma Nieto, la actriz que, además de interpretar al aviador, encarna al resto de personajes del cuento.

“Todos le proponen un camino al Principito –comenta la artista, ya sin la cazadora y las gafas de aviadora–; pero, en el momento actual de crisis y de conmoción, el banquero dice unas cosas muy bonitas: ¡pretende meter todas las estrellas en un banco y anotarlas en un trozo de papel! Se siente así muy poderoso él…”

—    ¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?, quiso saber el Principito.

—    Me sirve para ser rico.

—    ¿Y de qué te sirve ser rico?

—    Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre, respondió el Emilio Botín de Saint Exupéry.

Hay algunos personajes que no aparecen en los 60 minutos que dura la pieza, como el guardavía, el geógrafo, el comerciante de píldoras o el crucigramista, aquel personaje nuevo que a principios de año descubrieron en unos manuscritos inéditos. Pero no faltan ni el borracho, ni el rey vanidoso, ni el farolero, ni la serpiente, ni el eco, ni el zorro de cuyas enormes orejas Saint Exupéry se enamoró cuando, como explica el escritor en Terre d’Homes, en el desierto se lo encontró.

Inma Nieto en el papel de rosa. El Principito. Teatro de La Abadía

Ros Ribas. Teatro de La Abadía

Con todo, es el de rosa el disfraz que mejor le sienta a Inma Nieto. Una rosa presumida y engreída por la que José Luis Gómez daría hasta los pantalones. Por ella se quedaría en calzones. Por ella, por Consuelo. Antoine la conoció en 1931, cuando era director de la Compañía Aeropostal argentina y, a los pocos meses, se casaron en el ayuntamiento de Niza. Sólo su trabajo de piloto y sus líos amorosos (“ses vacances de mari”, como su esposa decía), de tanto en tanto, les separarían. Pero Consuelo sabía que Saint Exupéry la quería, que ella era la protagonista de su libro y que no permitiría que cordero alguno la incluyera en su desayuno, porque ella era su rosa. Su rosa seductora. Su rosa petulante y orgullosa, pero su rosa:

“¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

Roberto Ciulli recupera la juventud y la inocencia del Principito septuagenario transformando, a ratos y con sumo cuidado, la sala Jose Luis Alonso en un circo. “El clown siempre ha ido al encuentro del niño que uno tiene dentro, y yo creo que he recuperado algo de eso”, comentaba Gómez, la cara todavía empolvada con los afeites de la infancia.

Por eso el payaso llora, llora como un crío. ¡Hasta en siete de sus capítulos llora triste el Principito! Hombrecito con bufanda al que los lápices y las acuarelas de Saint Exupéry nunca le permitieron sonreír. Como a su amo, le faltaban ganas de vivir. Hasta el punto que hay quien diría que la insistencia del comandante condecorado por volver a volar con los Aliados era una suerte de suicidio velado, de despedida.

El Principito ya nunca más podría proteger a su rosa bajo una campana de cristal. Eran las 8.30h de un 31 de julio de 1944 cuando caía en las fauces venenosas de la Luftwafe. 

 

 

El Principito

Autor: Antoine de Saint Exupéry

Versión y dirección: Roberto Ciulli

Reparto: José Luis Gómez, Inma Nieto

Lugar: Teatro de La Abadía, Madrid

Fechas: Del 24 de octubre al 18 de noviembre

Horario: De miércoles a sábado, a las 21h; sábados 10 y 17 de noviemebre, a las 18h y a las 21h; domingo 18 de noviembre, a las 18h

Precio: De 17 a 24 euros

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