Pre-elegía de Tokio

 

Por José A. Cartán

 

 

Outrage (2010), el estreno de la última película de Kitano en cines españoles, ha hecho corroborarme todavía más en mis propias convicciones cinematográficas. Llega un momento en la vida donde uno no necesita conocer nada sobre el próximo proyecto de aquel querido director de cine, aquel escritor o aquel músico idolatrado, sino que el amante se dirige hacia su última obra de manera autómata, cegado ya o conquistado tal vez. Como si fuera el beso o el abrazo que se extraña y que fortuitamente se personifica un buen día, cuando menos lo esperamos, en la persona amada.

Y poco puedo yo decir de Kitano o Beat Takeshi o aquel gracioso de “Humor Amarillo” que no sean palabras halagadoras. Ya no recuerdo el año, ni mucho menos el día, que vi en la programación de la prensa la emisión de una película titulada Brother, cuya trama ocurría únicamente en Estados Unidos, y dirigida por un director de nacionalidad nipona. Es curioso ver cómo una película que no era cien por cien japonesa hizo que me entusiasmara al instante por el cine oriental. Se podría afirmar con rotundidad que Kitano no solo me abrió las puertas a la herencia fílmica de Oriente, sino que me dibujó con ideogramas un pensamiento, una mirada, un reposo diferente al mostrado por Occidente. ¿Cómo no se puede amar a un ser que ha logrado que conociera a Ozu, Mizoguchi, Kurosawa, Kobayashi, Naruse, Suzuki y un infinito número de miradas rasgadas y absolutamente cautivadoras?

Dejando a un lado las buenas palabras para Kitano, he de confesar que el recuerdo que tengo de Outrage, como se presuponía ya desde el primer párrafo, está repleto de una densa y nebulosa niebla. La razón estriba en que vi la película poco después de que se estrenara internacionalmente (me gustaría apuntar que la segunda parte, Outrage 2, se estrenó hace un tiempo en Japón). Como extremista cinéfilo, soy de los que no permito que las salas españolas me digan qué films y cuándo debo verlos, faltaría más.

 

El cineasta japonés vuelve al terreno donde se hizo adulto: la yakuza, resucitando y modernizando las tramas y los personajes tipos que aparecían en las pretéritas cintas de sus maestros Seijun Suzuki o Kenji Fukasaku. Gracias a la imposibilidad de éste último consiguió Kitano dirigir su ópera prima allá por 1989, Violent Cop. Y fue a partir de entonces cuando vino todo ese incesante raudal de historias de corte nihilista, cuyo desenlace siempre se encontraba al lado del tranquilo y azul mar.

Sería injusto encasillar a Kitano dentro del género yakuza, a pesar de que éste sea el género que más le conviene al polifacético japonés. El pesimismo trascendental de sus películas no está únicamente ligado a la mafia, a los estallidos de violencia, a los suicidios de sus personajes, sino que es una constante en toda su filmografía. Una filia y una fobia. Una herida mortal que ha de ser portada como una gigantesca cruz. En sus películas más melodramáticas encontramos estas credenciales; cómo no recordar el sangrante y suicida paisaje de Dolls, la mudez de la protagonista frente al ancho y silencioso mar de A scene at the sea o el punto muerto en el que se encuentran las vidas de los dos chavales de Kids Return, como si la silueta de Antoine Doinel se hubiera alargado indefinidamente a lo largo de la historia del cine, ensombreciendo y mutilando las esperanzas de la juventud.

Kitano necesitó de una trilogía sobre la problemática del artista para volver al género que le vio nacer. Y sí, no es sonrojante afirmar que Outrage no tiene la calidad, ni la estética, ni la portentosa dirección de sus obras mayores, ¿y? La verdadera cuestión no radica en comparar al actual Takeshi con el pasado, no tiene ninguna importancia. Lo verdaderamente importante es ir al cine, sentarte en la butaca y verle en pantalla actuando o bajo unos títulos que recen al principio de la película: “Directed by Takeshi Kitano”.

 

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