Bond, cincuenta años de franquicia

Por José Luis Muñoz

 

Daniel Craig

 

No podía imaginar cuando vi el primer Bond, 007 contra el dr. No, que la serie se iba a perpetuar hasta el punto de llegar al medio siglo. Cincuenta años sacando jugo a un personaje no es algo que se pueda desdeñar y es un fenómeno a estudiar aunque confieso que nunca fui muy bondiano, que en aquella época de espías que surgían del frío, aprovechando el filón que proporcionaba al cine el telón de acero, me decanté por otro personaje cinematográfico con escasa suerte, Harry Palmer, que protagonizaba un incipiente Michael Caine con gafas de intelectual, lo que le impedía repartir estopa, mucho menos sexoman que Connery, el primer y genuino Bond. Harry Palmer, el espía británico salido de las páginas de Len Deighton, protagonizó IPCRES, Funeral en Berlín, Un cerebro de un millón de dólares, El expreso de Pekín y Medianoche en San Petersburgo, y allí se acabó su historia, no la de Caine, uno de los mejores actores del cine actual. El personaje ideado por Len Deighton y adaptado por directores de modesto perfil como Sidney J. Furie, Guy Hamilton, George Mihalka y Douglas Jackson, o no tan modestos como Ken Russell (Un cerebro de un millón de dólares), siempre fue interpretado por Caine mientras Bond, de mucha más dilatada vida, era encarnado por una serie de actores que nunca consiguieron eclipsar al escocés Connery cuando se hartó de su personaje. Curiosamente la carga erótica de los Bond interpretados por él era muy superior a los posteriores, quizá por la espectacularidad de las chicas Bond de aquellos tiempos que le daban la réplica: la Ursula Andress que emergía con su espectacular anatomía y su legendario bikini blanco en 007 contra el dr. No; la Diana Bianchi de Desde Rusia con amor; la espectacular Honor Blackman de Goldfinger que, a sus 74 años hoy, lo sigue siendo; o la estilizada Claudine Auger de Operación Trueno.

 

Sean Connery

 

Bond degeneró, a continuación, pareció a punto de extinguirse cuando se encarnó en los rasgos de un actor australiano llamado George Lazenby o del británico Timothy Dalton. En las numerosas películas que interpretó Roger Moore, a quien todo el mundo asociaba con el televisivo El Santo, el personaje perdió su condición de macho man que le había otorgado Connery para hacerse mucho más blando, y Pierce Brosnan se limitó a convertir al agente de los dos ceros y licencia para matar en una elegante percha. Las películas Bond ganaban en efectos especiales y perdían en historia y malvados. Hasta que llegó un Bond canalla, duro y rubio, por más señas, Daniel Craig, que recuperó la dureza y el cinismo inicial del primer Bond y se desprendió de las señas de identidad más blandas que tenía el personaje cuando lo encarnaba Roger Moore y Pierce Brosnan. Este nuevo Bond, que se toma más en serio sus historias, puede seguir dando mucho juego, así es que tendremos que celebrar, quizá, setenta y cinco años de Bond, o hasta cien. Pero, para espías, me quedo con los de carne y hueso, los que pueblan las novelas de John Le Carré, más que el sofisticado e irreal personaje ideado por Ian Fleming; el Eric Leamas, que interpretaba Richard Burton en esa película gris de Martin Ritt titulada El espía que surgió del frío; el George Smiley interpretado por James Mason  en Llamada para el muerto de Sidney Lumet o por Gary Oldman en la más reciente El Topo de Tomas Alfredson. La distancia entre el sofisticado, glamuroso, machista y mujeriego Bond, completamente irreal y paródico, y los siniestros, grises y apagados agentes de John Le Carré es abismal.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Su última novela es Patpong Road (La Página Ediciones, 2012)

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