Un martes experimental de Ryoko Akama

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Por Eloy V. Palazón.

 

La velada del 4 de diciembre prometía un viaje singular, un acercamiento a aquello que no oímos pero a través de los sonidos, aquello que sentimos, lo que nos toca por debajo de la piel, lo que nos recorre el interior del cuerpo… pero traspasado a sonido, transformado en algo que viene del exterior. Una forma de introspección que llega desde fuera.

 

Lo prometió y lo consiguió.

 

La artista sonora Ryoko Akama, acompañada del músico Daniel del Río y los bailarines Inês de Almeida y Allan Falieri participaron en una sesión más de los Martes Experimentales, organizados por el colectivo Piovra, que según la web “quieren apoyar e impulsar aquellos artistas independientes que trabajan en el campo audiovisual o que experimentan mezclando sus creaciones con otras formas de arte”.

 

Ryoko Akama nació en Japón pero actualmente está afincada en Londres, donde ha desarrollado su obra, como la ópera visual The Lapetites, un trabajo conjunto con las artistas Kaffe Mathiews, AGF, Blanca Regina y Eliane Radiques, que recibió excelentes críticas.

 

En esta ocasión la danza y el sonido se entremezclan en la obra Empathy. Una pieza que comienza con la sutileza del silencio, con la ausencia del movimiento, y continúa con el paso inaprensible que va desde la nada al todo, crece desde la discreción, como la planta que vemos un día a punto de germinar y la siguiente vez ya ha germinado, como ese estado al que no se sabe cómo se ha llegado porque el camino es sutil, vergonzoso en su manifestación, deseoso de llegar al final recorriendo la senda de forma rápida y autónoma, sin exhibición, para arribar a ese estado donde todo funciona de forma suave, sin esfuerzo, como si fuese el movimiento natural, de algo repetitivo que se hace sin razón alguna.

 

Todo esto lo transmite el sonido al cuerpo del bailarín, que actúa de receptor, de recipiente de los dardos que expulsa la música, al que es extremadamente sensible. Los cuerpos de los bailarines se entrelazan con el público, que envuelve la mesa de mezclas, donde destaca, entre tanta electrónica, el instrumento tradicional japonés Shamisen. El público no sólo es afectado por la música sino también por la interacción de los dos cuerpos que ocupan el espacio de la galería. El sonido, normalmente en el plano temporal, se hace espacial a partir de su interacción con el movimiento, el cuerpo, la danza y el espectador.

 

La lingüística japonesa juega un papel preponderante en la construcción de esa relación. Hay varios conceptos detrás de esta interacción entre el sonido y aquello que carece de él: fenomimia representa un sentido al margen de los sonidos o la psicomimia que es la mimesis de un estado psicológico, de un sentimiento. Ambas son onomatopeyas pero de algo que carece de sonido. De la ausencia a la plenitud, del no-ser al ser.

 

El tándem formado por Akama y del Río sonó completamente unido y la actuación de los bailarines fue sobrecogedora.

 

Si no acudieron a verlo, se perdieron una buena, muy buena. Tal vez un poco corta, una velada emotiva pero que dejó con ganas de más.

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