¿Hay que destrozar a los clásicos?

Categoría: Club Culturamas |

Por FERNANDO J. LÓPEZ. Los clásicos no se quejan. Una suerte para quienes se deciden a destrozarlos con la excusa de que requieren una actualización, una personalización o, por algún extraño motivo, un punto de vista que los enriquezca.

Y no es que esté en contra de la adaptación de las obras teatrales, pero al igual que no consideraríamos que una versión adaptada y simplificada de Madame Bovary es equiparable al texto de Flaubert, no acabo de entender por qué sí admitimos la amputación y la alteración -por incoherentes que sean- dentro del género dramático.

Por supuesto que el director ha de aportar su visión. Claro que la dirección es un lenguaje. Desde luego que hay grandísimos adaptadores capaces de trasladar en tiempo y espacio un clásico. Ahí tienen las magníficas versiones que el año pasado hiciera Miguel del Arco de El inspector (de Gogol) o De ratones y hombres (de Steinbeck). O el estupendo Ricardo III de Shakespeare que dirigió Sam Mendes con Kevin Spacey a la cabeza. O el gran montaje de la Doña Perfecta galdosiana que ha estrenado Ernesto Caballero esta temporada. En todas ellas había propuestas más o menos alejadas del texto original y en todas se respeta profundamente la esencia y el sentido de la obra que se está representando.

Sin embargo, en el mundo de la ópera las versiones -llamémoslas- personalizadas son muy frecuentes, de modo que nos podemos enfrentar a auténticos hallazgos o a verdaderas catástrofes. Y no se trata de que la propuesta sea más o menos rompedora, sino de que esa transgresión nazca -con honestidad- del clásico que se llevan a escena. Por eso, quizá, no acabo de entender por qué motivo el director escénico del actual montaje de Macbeth en el Teatro Real de Madrid -un diez en lo musical, un despropósito en lo teatral- ha decidido despojar a su pareja protagonista de todas sus cualidades y los ha convertido en un pobre hombre y una pobre mujer sin un ápice de la perversidad, la ambición, la locura y la sed de poder del texto original.

¿Humanizar a Lady Macbeth? Solo alguien que se crea por encima de Shakespeare y de Verdi podría creer que algo así es necesario. Porque no hay mayor humanización que su monólogo de culpa y locura -esa mancha que jamás abandonará sus manos-, texto al que Verdi dotó de una música tan poderosa y tan extraordinaria que no hay quien no sienta, a pesar de toda la maldad y la ambición que simboliza el personaje, un intenso dolor ante la tragedia que sucede frente a nosotros.

Por eso, supongo, no entiendo que Lady Macbeth aparezca en pijama y con una chistera, o que ponga y quite compulsivamente un mantel, o que su brindis se convierta en una sucesión de juegos de magia Borrás que nos impiden llegar al personaje. Y por eso, además, me molesta que el mundo sobrenatural de Shakespeare -en este caso, las brujas y sus pronósticos- sean barridos de escena y convertidos en una metáfora innecesaria, anodina y, peor aún, muy obvia.

Ante los clásicos, el director siempre tiene la opción de elegir otro. De pensar si, realmente, el mundo de su autor encaja con el suyo. Personalmente, tengo claro qué tipo de obras jamás trataré de versionar -ni como autor teatral ni como director-, pero también sé en cuáles me puedo llegar a sentir realmente cómodo. Porque su mundo me llena, me aporta y, sobre todo, lo respeto con una profunda admiración. A fin de cuentas, solo podemos transgredir aquello que admiramos tanto como para pensar en cómo romperlo y hacerlo nuestro.

En definitiva, convendría no olvidar que los clásicos son, además de universales, una fuente de eterna actualidad. Porque el tema del poder y de la ambición de Macbeth es tan inmortal como sus personajes. Igual que lo es la duda de Hamlet. O los celos de Otelo. Podemos ambientar sus escenas donde nos plazca. Cortar el texto donde queramos. Meter cuantas nuevas palabras nos apetezca. Pero que nadie se engañe: la modernidad de la función no nacerá de nuestras aportaciones, sino de su propia naturaleza. Del talento genial de un creador que supo adelantarse a su tiempo y hacer -en cada palabra, escena y personaje- un texto inmortal.

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