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Por MIGUEL BARRERO. Ésta es la librería Paradiso:

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La foto la sacó Kike Llamas a primeros de la década de los ochenta, pero apenas ha cambiado nada desde entonces. Está en Gijón, en el número 28 de la calle de La Merced, en pleno centro pero, al mismo tiempo, sabiamente aislada del bullicio. Lo digo porque no es fácil encontrarla si uno está de paso en la ciudad y no tiene referencias. Yo mismo la conocí de casualidad. Una tarde de noviembre de 1998, en un fin de semana que había aprovechado para escaparme a Gijón desde Salamanca, quedé con una amiga de la Facultad que tuvo la buena idea de enseñármela. Desde entonces, empecé a pasar por allí en cada una de mis episódicas estancias gijonesas. Cuando me avecindé definitivamente en la ciudad, una de las primeras cosas que hice fue visitarla.

Con el tiempo supe que Paradiso había abierto sus puertas en 1976, y no en el lugar en el que yo la conocí. Su primera sede estuvo en el barrio de pescadores de Cimadevilla, al lado del cine Brisamar -el único de arte y ensayo que había en toda la ciudad-, en un local ínfimo que hoy ocupa un kiosco de prensa. El nombre escondía un doble homenaje: por un lado, a la inconmensurable novela homónima de Lezama Lima; por otro, a un conspicuo local de Ámsterdam que, según creo, todavía existe. Eran tiempos en los que leer (bien) estaba de moda y había una demanda que allí satisfacían con ediciones sudamericanas de títulos que aún no habían llegado a editarse en España. En sólo dos años, aquel espacio diminuto de Cimadevilla se hizo pequeño y los bártulos se acabaron trasladando a la calle de La Merced, a un bajo que hasta aquel momento había ocupado (la historieta tiene tintes novelescos) un armenio que vendía tintes. Entonces Paradiso aún era una meca del underground, pero ya estaba empezando a convertirse en una librería de referencia.

Éstos son José Luis y Chema. El primero es el propietario del invento. El segundo, el librero que lleva allí desde que el negocio reabrió en La Merced. Es de justicia que aparezcan porque ellos son los responsables de que Paradiso sea Paradiso. Chema se ocupa de los libros y es imposible pillarle en un renuncio: si uno se desespera porque no localiza en las estanterías el título que anda buscando, él acaba dando con él o, en su defecto, encuentra la forma de tenerlo allí en unos pocos días. José Luis ha aprovechado su pasión por la música para organizar un surtido completísimo de vinilos y cedés que ha acabado convirtiendo Paradiso, también, en un templo para los amantes del rock, el blues y el indie. Fue escenario del movimiento contracultural de los primeros ochenta y lugar de encuentro de los componentes del Xixón Sound y de todos los que, más o menos, han pintado algo en las distintas corrientes urbanitas a lo largo de estas últimas décadas. Sobrevivió a las sucesivas crisis que hemos tenido que padecer todos, y se ha forjado una identidad propia con la literatura, la música y la inteligencia como única bandera. Muchos me han dicho que es la única librería que merece recibir tal nombre en Asturias. Nacho Vegas me contó una noche que había veces en las que no sabía cómo explicar a la gente de fuera que la mejor tienda de discos de Gijón no era exactamente una tienda de discos. Yo alguna vez he bromeado con los protagonistas de la foto diciendo que sólo faltaba añadir un pequeño bar para que la cosa fuese perfecta. No pierdo la esperanza de que me hagan caso algún día.

Alguien me dijo hace poco que Paradiso era uno de los pilares indiscutibles de la cultura gijonesa. Estoy de acuerdo. Al menos, yo no sé imaginarme Gijón sin ella. O sí, pero el Gijón que acabo imaginando me gusta más bien poco. No sabría decir cuántos de los libros que tengo en mi biblioteca han salido de allí, pero estoy seguro de que son mayoría. Tampoco cuántas veces he entrado sólo porque me pillaba de paso y me apetecía echar un cigarro (hubo un tiempo en el que se podía fumar dentro y se acababan montando tertulias interesantísimas) mientras charlaba con José Luis y Chema de cualquier cosa, o porque necesitaba dar la tabarra (unas cuantas páginas de mi penúltima novela se fraguaron allí), o porque veía dentro a algún amigo, o porque tenía que recoger algo que alguien había dejado a mi nombre en el mostrador. Xuan Bello escribió en cierta ocasión que Paradiso es una embajada del alma humana. Yo sólo puedo decir que existen muy pocos sitios en los que me encuentre tan a gusto. Y que entrar en ella de vez en cuando es uno de mis placeres cotidianos preferidos.

Paradiso ha cumplido hace poco siete lustros de existencia. Y yo, que le debo muchas cosas como lector, he querido escribir estas líneas para felicitarle el aniversario. Y para decir que ojalá no acabe nunca.

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