Tras la barbarie

 

Por ANNA MARIA IGLESIA

@AnnaMIglesia

Tras la barbarie, programas como Salvados, 21 días, La nube, Al rojo vivo, Gent de paraula, Las mañanas de cuatro, Pedra, paper, tisores, Soy cámara o Conexión Samanta, representan una alternativa. Distintos, todos ellos demuestran que tras la barbarie televisiva, hay alternativas.

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Más allá del tópico acerca de los documentales, es un acto de hipocresía negar que son muchos aquellos que han dejado de consumir televisión o que consume puntualmente productos concretos al no encontrar en la parrilla nada por lo cual valga la pena desperdiciar horas frente a una pantalla. El auge de las series de televisión, en especial, de las series norteamericanas –muy recomendable al respecto Teleshakespeare de Jordi Carrión- no debe entenderse como un fenómeno asociado a la televisión: el interés por dichas ficciones solamente encuentra en el televisor un eventual soporte para su visionado. Las series, algunas de ellas –el caso de Los soprano es un claro ejemplo- auténticos referentes culturales, son ajenas al descrédito que sufre la televisión, un descrédito que no es nuevo, como tampoco es nueva la actitud altiva de quien a priorísticamente niega a la televisión todo posible contenido de interés. No es necesario recurrir siempre al concepto de “telebasura”, concepto tan despreciativo como vacío de contenido, para poder desacreditar sin indulgencia los numerosos programas fundamentados en un periodismo falaz, un falso periodismo que hace de la vida privada  -de las miserias de la vida privada- un espectáculo en el que predominan la mentira y la difamación. No es necesario señalar con el dedo a ningún programa en concreto, basta con un rápido zápping para observar cómo la pequeña pantalla se ha alimentado de personajes, ya no de profesionales, personajes creados y fabricados por y para el medio; la profesionalidad y la formación han dejado de ser un requisito en muchos de los programas, vendidos a un mercado subyugado a las cifras de share y a la competencia entre cadenas o holdings mediáticos. Negar la gran audiencia de estos programas es negar una evidencia, sin embargo, afirmar que estos productos responden a una demanda concreta cuando hay escasez de oferta alternativa, significa pasar por alto formatos de calidad y de éxito indiscutido e indiscutible como Salvados.

El programa de Jordi Évole no sólo acalla a quienes sostienen que hay una única demanda, sino también a quienes desacreditan la televisión en todo su conjunto, pues el rechazo a un medio como el televisivo es una postura tan críticamente vacía e inconsistente como la aceptación pasiva de los productos mediáticamente de éxito y, sin embargo, temática y, demasiadas veces, éticamente discutibles, al considerarlos la única opción posible. No se mostraba indulgente el director de cine Jean Luc Godard cuando en 1962 sostenía que la televisión no era un medio de expresión, sino un medio de trasmisión y la prueba, afirmaba el propio Godard, “es que cuanto más tonto sea más fascinante resulta y más hipnotizadas quedan las personas en sus sillitas”. Sin embargo, el cinismo no impregnaba sus palabras: aunque aconsejaba no mirar la televisión, estaba convencido de que se podía “esperar que cambie”, se podía pensar en un modelo alternativo, en una televisión de la cual el propio Godard quería formar parte. “Me gustaría hacer emisiones de tipo ensayo, entrevista, relato de viajes: hablar de un pintor o de un escritor que guste”, confesaba el director francés 25 años más tarde de la primera emisión de la TF1; la alternativa que vislumbraba Godard en 1962 está ausente de la mirada de Pier Paolo Pasolini, quien, en 1972, en un debate moderado por el gran periodista italiano Enzo Biagi, define la televisión como un medio de comunicación de masa, y no de información, un medio “alienante”. El espectador, afirmaba el director de Accattone, establece de inmediato “una relación de inferior a superior” con respecto a aquellos que aparecen en la pequeña pantalla, una relación “terriblemente anti-democrática”.  Si años antes, Godard había definido la televisión pública como la representación del Estado, Pasolini considera la televisión como un medio de control por parte del poder, un medio a través del cual el poder filtra los mensajes, los discursos, que son consumidos ingenuamente por unos telespectadores desconocedores de la manipulación de la cual son objeto.

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Los medios de comunicación, en especial la televisión, terminan por homologarse, incluso aquellos que nacieron con un espíritu contestatario, de rebelión y subversión se condenan a la homologación: éste es el escenario que retrata Pasolini, para quien la televisión, el objeto en sí mismo, convierte al ciudadano en mero espectador, en una simple cifra de audiencia. Parece no haber alternativa para el director italiano, cuyas palabras corroboran aquello que diversos años más tarde, en los noventa, el sociólogo francés Pierre Bourdieu escribirá en su libro Sobre la televisión: “observamos en la actualidad, por ejemplo, que las sanciones internas tienden a perder parte de su fuerza simbólica y que los periodistas y los periódicos «serios» pierden parte de su prestigio y se encuentran a su vez obligados a hacer concesiones a la lógica del mercado y del marketing”. Las concesiones a las que se refiere Bourdieu no son exclusivas de la prensa “seria”, no sólo la prensa escrita, sino la televisión también es víctima de esta lógica de mercado y de marketing, una lógica que persigue al periodismo pero también al espectáculo y/o entretenimiento porque la televisión no es sólo periodismo, la televisión es también entretenimiento.

El espectador busca información, pero también productos que lo distraigan de la cotidianidad, de los problemas –y en los días actuales se hace más que comprensible- que golpean de manera despiadada a una gran parte de la ciudadanía; sin embargo, no debe entenderse el entretenimiento como alienación: el entretenimiento no está reñido con la formación, de la misma manera que la cultura o los análisis políticos no están irrevocablemente asociados con el tedio o la densidad intelectual. Salvados representa un ejemplo de cómo la información –y no solo y exclusivamente la actualidad más inmediata- puede ofrecerse a través de un producto de entretenimiento, a través de un lenguaje que no sólo es accesible a la mayoría, sino que responde a las exigencias, las altas exigencias, de un público que un domingo por la noche busca en la televisión productos que lo distraigan a la vez que no subestiman sus capacidades e intereses.

La autonomía de los medios de comunicación es escasa, la revista argentina Orsai es un caso admirable de completa independencia como también El diario, dirigido por Ignacio Escolar; los dos son medios periodísticos que tratan de mantenerse ajenos de las presiones políticas y de los poderes fácticos que, de forma directa o indirecta, intervienen en la programación televisiva. “El grado de autonomía de un medio se mide”, escribe Bourdieu en su libro, “por parte de sus ingresos que provienen de la publicidad o de la ayuda del Estado”, pero también “por el grado de concentración de los anunciantes”. Algunos medios –Orsai, El diario.es – han conseguido escapar de la dependencia de estos ingresos, sin embargo los grandes holdings mediáticos dependen  en gran parte de ellos –el caso de La noria es un perfecto ejemplo de ello-. Pensar en una completa independencia es, aunque puede que el cinismo corroa a quien escribe, una utopía, un lugar y un espacio de por sí inexistente. Sin embargo, aun estando los márgenes férreamente circunscritos, el marco actual ofrece posibilidades distintas, formatos capaces de ofrecer a las cadenas el share necesario y, a la vez, capaces de ofrecer contenidos que respondan –siempre está bien recordar las palabras de Joseph Pulitzer- a “su anhelo de proporcionar un servicio público”. Salvados es un ejemplo, pero no es el único; Los Desayunos de la Primera, antes de que el gobierno decidiera intervenir en el canal estatal –aquí las palabras de Godard no sólo son proféticas, sino que describen perfectamente cuanto acontece en los medios políticamente manipulados- y eliminar de su plantilla, empezando por el director de informativos Fran Llorente, todos las voces incómodas, tenía una audiencia que ponía en evidencia el interés por la información rigurosa y discrepante con el poder. Los Desayunos de la Primera, presentados entonces por Ana Pastor, demostraban el interés por unas entrevistas, no sólo a figuras políticas, sino a figuras de actualidad, es decir, a personas cuyo testimonio ofrecía a los espectadores una mirada entorno a diferentes temas, políticos, sociales, culturales, deportivos o de cooperación.

De la mano de Jordi Évole y de Ana Pastor, la televisión se convierte en una ventana hacia realidades inalcanzables para la mayoría de sus espectadores, realidades a las que se puede acceder no sólo a través de los documentales clásicos, sino a través distintos formatos: Pedra, paper, tisora se propone como un programa de denuncia y a la vez como plataforma de periodismo ciudadano. A diferencia de las entrevistas o de modelos más clásicos como el de Salvados, Pedra, paper tisora reúne distintas perspectivas, los vídeos son enviados por los internautas interesados en colaborar en este proyecto que busca ser una plataforma de información alternativa, es decir, un programa que denuncia cuánto acontece en la Comunidad Valenciana sin filtros y mediaciones de las grandes agencias de noticias. El programa se inserta en ese espacio, todavía reducido, ofrecido por los canales, la mayoría de ellos públicos, para la programación de formatos aparentemente con menos resonancia mediática. En estos espacios, se insertan también los programas dedicados a las entrevistas, cada vez menos frecuentes y que, sin embargo, siguen despertando el interés de la gente En el mes de diciembre del 2011, a lo largo de una entrevista, Julia Otero afirmaba que en la televisión ya no había espacio para determinados formatos: programas como La ronda, presentado por la propia Otero, o La clave son hoy improponibles. La periodista reflexionaba sobre este nuevo escenario en un programa como Gent de paraula un espacio de entrevistas presentado por Cristina Puig,  que, contra la tendencia actual, no se somete a la dictadura de la velocidad, a una dictadura que, como indica Bourdieu, es uno de los grandes problemas de la televisión actual: “¿Se puede pensar atenazado por la velocidad?”. Gent de paraula o Singulars recuperan ese otro modelo televisivo; los dos son programas de canales públicos, es decir, de canales que todavía pueden, aunque cada vez con menos frecuencia, escapar de la dictadura del share, al cual están sometidas las privadas. Gent de paraula, como también La nube de Toni Garrido, ofrecen espacios de diálogo, espacios en los que el espectador puede acercarse a los testimonios de personas cuya labor y recorrido profesional son de interés en tanto que, a través de su testimonio, dan a conocer realidades, mundos y profesiones alejadas de la cotidianidad de los espectadores. Son formatos que buscan el interés en el entretenimiento, formatos que no se regodean en la seriedad ni en el elitismo intelectual, sino programas donde la reflexión que gravita a lo largo de las entrevistas no está sujeta a la velocidad, no depende que aquellos “fast thinkers” a los que se refiere Bourdieu. La reflexión, así como la exposición y el debate requiere de un tempo que permita desplegar el tema sin caer en “ideas preconcebidas” o “tópicos”. De forma distinta, estos programas de entrevistas y Salvados se alejan de un modelo televisivo, actualmente imperante, en el que se “privilegia”, en palabras de Bourdieu, “a cierto número de fast thinkers que proponen fast food cultural, alimento cultural predigerido, prepensado”.

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Los debates políticos son el escenario privilegiado para estos fast thinkers, para tertulianos capacitados para comentar sobre cualquier tipo de tema, tertulianos convertidos en analistas políticos, en sociólogos o, incluso, en auténticos expertos de economía. Los platós de televisión se llenan de expertos tertulianos habilitados por capacidades extra-ordinarias que les permiten comentar y opinar sobre cualquiera de los temas impuestos por el guión. En su libro, Bourdieu no muestra condescendencia alguna hacia esta clase de profesionales; si bien, afirmar que los acérrimos debates escenificados en los platós son, en la mayoría de las ocasiones, la representación ficticia de rivalidades inexistentes no desacredita de por sí la tertulia, pues la discrepancia ideológica no debe conllevar una necesaria discrepancia personal; resulta innegable que “el mundo de los contertulios” no es sólo un mundo cerrado –en términos de Bourdieu-, sino un mundo petrificado en posiciones preestablecidas y tan invariables como la colocación, a derecha o izquierda, de los asientos que ocupan. La posición a la izquierda o a la derecha del presentador, así como los otros tertulianos que los acompañan en ese mismo lado, son suficientes para saber con antelación la opinión que será expresada en torno a un determinado tema; como afirmaba hace algunas noches Jordi González en El gran debate, en un sano ejercicio metacrítico y metadiscursivo, todo parece reducirse, al menos en el contexto español, a PP y PSOE. Esta reducción empobrece un género como el debate, es decir, un género en el que la confrontación de opiniones y perspectivas debería abarcar un amplio espectro y, sobre todo, no concluir, como en la mayoría de las ocasiones, en el apoyo acrítico a un determinado partido y la crítica hacia el otro. Si la condición de tertuliano parece estar condenada a bipolaridad, reflejo del bipartidismo parlamentario, también cabe preguntarse ¿cómo un político puede formar parte de dichas tertulias, cómo puede ser invitado a participar en un debate político y esperar de él una objetividad que el propio carné de partido le niega? No es momento ni lugar para abrir nuevos frentes, sin embargo esta pregunta resulta esencial para poder plantear no sólo un debate objetivo, sino un debate basado en un periodismo con mayúsculas, un periodismo completamente independiente del poder político.

La crítica a los programas de actualidad, a los debates que, en los últimos tiempos, han adquirido un espacio predominante en la parrilla no debe entenderse como una condena, todo lo contrario, pues si bien pueden ser objeto de críticas -¿y qué producto no lo es?- también son dignos de elogio en tanto que representan una alternativa con respecto a los informativos. A través de estos programas, la información, sobre todo la información política, deja de ser tema exclusivo de los telediarios para ofrecerse bajo otro formato, a través de un diálogo entre distintos participantes y con un tempo mayor, dando la posibilidad –no siempre alcanzada- de profundizar sobre determinados temas de actualidad. La sana rivalidad de dos programas como Al rojo vivo de Antonio García Ferreras y Las mañanas de Cuatro de Marta Fernández, demuestran la incesante demanda de información por parte de una audiencia que, lejos de buscar banalidades acerca de solteros desesperados, reclama conocer y entender cuánto sucede en el tiempo presente. Desde perspectivas distintas –el corte económico de Al rojo vivo es su clara seña de distinción- los programas de García Ferreras y Marta Fernández son programas que se dirigen, desde el rigor periodístico, a un público amplio, un público exigente, sin olvidar la agilidad que el medio televisivo requiere. Con todos sus handicaps, algunos de ellos ya mencionados, estos programas, a los cuales también se suma Espejo Público, vehiculan discursos y temáticas que de otra manera no llegarían a un gran sector de la audiencia. Aceptada y aplaudida las palabras de Pulitzer, para quien el periodismo tiene siempre una función social, estos tipos de programas ejercen aquella función social de tal manera que la información –punto esencial en toda democracia-, sea a través de la televisión sea a través de la prensa escrita, llegue a cada uno de los ciudadanos, cuya libertad reside precisamente en el saber, en el conocer cuánto acontece.

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Un recorrido a través de la parrilla televisiva permite observar que, a pesar de los nada injustificado y, en demasiadas ocasiones, merecidos apelativos dirigidos hacia la televisión, en ella todavía hay una oferta alternativa, formatos que escapan de los malos augurios que condenan a la televisión y la definen única y exclusivamente “la caja tonta”. La búsqueda de nuevos formatos se hace esencial para restituir a la televisión el valor que le es intrínseco, el ser, como aquel gran periodismo al que se refería Pulitzer, un servicio público, un medio de comunicación y de información en el que el entretenimiento no esté reñido con la información y la formación, un medio realizado por profesionales del sector, un medio en el que la audiencia vea reflejado sus intereses, sus preocupaciones y sus anhelos de entretenimiento. El escarnio, el morbo, el escándalo por el escándalo nunca ha formado parte del periodismo como tampoco debe formar parte de una televisión que se defina de calidad. Como afirma Bourdieu, no se trata de aplaudir la televisión pedagógica y paternalista, pues “es tan contraria como el recurso a la espontaneidad populista y la sumisión pedagógica a los gustos populares a una utilización realmente democrática de los medios de comunicación de masas”.

El Miniput de este año fue un escaparate de nuevos y alternativos formatos, la mayoría de ellos vinculados a la información y, sin embargo, creados a partir de una mezcla de géneros; los docutaiments se presentaron como una alternativa interesante, una alternativa que mezcla la información y el entretenimiento. Salvados responde a esta nueva lógica, como los diferentes formatos presentados a lo largo de la mostra, el programa de Évole se revela como una alternativa real. Junto a Salvados, 21 días representó también una interesante alternativa, un formato estrenado en el 2008 y que de la mano de Samanta Villar se ha consolidado como un formato capaz de mostrar de forma distinta, alejado de los reportajes más clásicos o de los documentales, realidades –21 un día entre cartones, con discapacitados– tan próximas como ajenas, pues escapan de los grandes titulares y de las noticias de crónicas. Samanta Villar y, posteriormente, Adela Ucar –21 días en el vertedero o de desahucio son un claro ejemplo-, pero también programas tan merecedores de elogio como Soy Cámara o Pedra, Paper, Tisora, rescatan las palabras de Pulitzer, haciendo del periodismo y de la televisión un medio de denuncia, un medio comprometido que busca iluminar aquellas realidades condenadas al ostracismo.

Una televisión diferente es posible, algunos programas, como los aquí citados, lo demuestran; todavía hay mucho camino por recorrer, pero la condena al medio televisivo no conducirá a ninguna alternativa si juntamente a la crítica no se suma la inventiva, la búsqueda de nuevos formatos. No puede hablarse de una oferta que responda a una determinada demanda, la oferta es limitada, la oferta responde meramente a los índices de audiencia, sin ofrecer en la mayoría de los casos opciones alternativas. La confianza y la osadía llevaron a Silvia Beach a publicar una novela como el Ulisses, rechazada por distintos editores; Beach no se asustó frente a la novedad que implicaba una obra, actualmente indiscutible dentro del canon, como el Ulisses de Joyce. Los programadores deberán seguir los pasos de Silvia Beach, deberán apostar por nuevos formatos, creer y confiar en esa otra televisión porque, de la misma manera que no fue hasta su publicación que el Ulisses tuvo sus lectores, solamente con la emisión de otro tipo de formato se encontrarán los espectadores. ●

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