Buenas noches y buena suerte

 

Por ANNA MARÍA IGLESIA

@AnnaMIglesia

ENTREVISTA DEL REY JUAN CARLOS

 

“¿Cómo reconocemos una buena entrevista periodística?”, se preguntaba hace algunos años Jorge Halperín; “de muchas formas”, contestaba antes de realizar un breve recorrido a través de los diferentes géneros de la entrevista, del ámbito cultural, deportivo y político. Sin embargo, más allá de toda posible clasificación genérica, “sabemos que una entrevista es buena porque ha conseguido un inteligente equilibrio entre información, testimonios y opiniones”. Las palabras de Halperín bastan para invalidar la entrevista que Jesús Hermida realizó al monarca, una entrevista que, más allá de la brevedad -22 minutos son exageradamente escasos para recorrer más de tres décadas de reinado y para profundizar sobre cualquier tema de actualidad-, no ofreció aquellos tres elementos mencionados por el escritor y periodista argentino. A lo largo de la entrevista, no sólo no se consiguió el equilibrio al que debía aspirarse, sino que en ningún momento se ofreció al espectador algún tipo de información de interés, las opiniones y, por tanto, el testimonio que se ofreció se limitó a una serie de afirmaciones generalistas y vacuas, grandilocuentes palabras carentes de toda concreción, enunciados perfectamente construidos y perfectamente repetidos en más de una respuesta tras los cuales no se escondía más que un vacío discursivo.

Puede que sea a causa de un exceso de cinismo de parte de quien les escribe, pero poco se podía esperar por parte del monarca; más allá de ideología personal –en este caso el ser republicano o monárquico no interfiere en la más que merecida crítica a la entrevista del pasado viernes-, hubiera sido de ilusos esperar por parte del Jefe del Estado unas palabras de auto-crítica, unas palabras que mostraran, aunque sólo sea como ilusión, la cercanía a una sociedad dramáticamente golpeada, palabras que no se redujeran a eslóganes y que molestaran a las diferentes instituciones estatales, comenzando por la propia Casa Real, manchadas todas y cada una,  por sus propios miembros, por la corrupción, los privilegios, los abusos de poder, la falta de transparencia, los amiguismos y conductas tan poco éticas así como al margen de toda legalidad. Sin embargo, si bien la carencia de toda confianza en aquello que hubiera podido decir el monarca a lo largo de esos minutos es una evidencia más del descrédito conseguido por la institución, la responsabilidad última no está en manos del entrevistado, sino del entrevistador y de todos aquellos que organizaron y propusieron ese laudatorio cuestionario.

“En los géneros de la entrevista política”, afirmaba Jorge Halperín, “una entrevista es buena cuando el periodista tiene una actitud de sospecha informada”, una sospecha completamente ausente el pasado viernes. Algunos dirán que la entrevista al monarca no es de carácter político, pues la institución que representa está por encima de los partidos, funciona como árbitro imparcial dentro del debate político. Sin embargo, la política no equivale a los partidos –cuyo ejercicio de la política entendida en tanto que debate enriquecedor es del todo deficiente-, pues como la propia Real Académica indica, se define como política sea el “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados” sea “la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos”. La definición de la RAE no deja dudas al respecto, la entrevista del pasado viernes era de por sí política, aunque no hubo rastro de aquella sospecha informada a la que apela Halperín y que debe configurar el carácter de toda pregunta periodística, pues es precisamente a través de la sospecha que el espectador, el ciudadano, puede ejercer el derecho de control hacia sus representantes, es decir, hacia aquellas instituciones y los miembros que las conforman que son mantenidos –en todos los sentidos que la palabra pueda abarcar- por la ciudadanía. El periodista se convierte en un intermediario privilegiado, en aquel que puede cuestionar –otra vez apelando al amplio valor semántico del término- al entrevistado y a la institución que representa.

Si bien los analistas subrayan que la casa real perdió una ocasión única para reconquistar la confianza perdida a lo largo de este último año, el fracaso de la limpieza de imagen es lo menos relevante, pues lo que se vivió fue el entierro del periodismo así como el definitivo aniquilamiento de la televisión pública entendida como servicio social de información. El concepto de monarca, a pesar del sistema democrático-parlamentario en el que se instaura, niega el principio de igualdad; la desigualdad quedó patente a lo largo de los 22 minutos, no sólo en la oposición entre el “vos” y el “tu”, sino en el hecho de que no hubo en ningún momento contra-preguntas por parte del entrevistador, quien asumía las respuestas del monarca como verdades indiscutibles a las cuales no se podía contestar. Oscar Raúl Cardoso sostenía, y no le faltaba razón, que el periodista político debía ser siempre desconfiado, de allí la necesidad de todo periodista de poseer la información necesaria para contradecir las posibles imprecisiones del entrevistado. ¿No hubo acaso imprecisiones en las respuestas del monarca? ¿No hubo acaso elipsis en sus respuestas?

Tras los muros de palacio, las colas a las puertas del INEM continúan, los exilios forzados aumentan junto a la desesperación, a la ausencia de expectativas, a la lucha por una supervivencia cada vez más ardua; frente a este trágico retrato, ¿nada podía re-preguntarse a palabras tan vacuas referidas a la necesidad de confianza y de unión? No se pidió explicación al monarca sobre a qué se refería con su constante apelación a la confianza, no se pidió explicación sobre las cosas que todavía eran necesarias hacer para “salir todos juntos adelante” y, sobre todo, no se preguntó por qué continuaba afirmando todos juntos cuando se apela a la unidad sólo y cuando interesa, pero nunca cuando las necesidades apremiantes la requieren.

Con esta entrevista, la televisión pública dejó de ser pública para convertirse en una televisión de Estado, una televisión utilizada por las instituciones para difundir mensajes sin derecho a réplica. Las instituciones y sus miembros olvidan el servicio que deben a la sociedad, pero también lo olvidan todos aquellos que desde los medios de comunicación –desde el periodista hasta el director de cadena- bajan la cabeza y su silencio permite el resonar de un discurso único y acrítico.

En las pasadas elecciones griegas, tras su victoria, Amanecer dorado obligó a los periodistas a recibir de pie al presidente del partido; sólo una periodista permaneció sentada en aquella sala de prensa de la cual fue inmediatamente expulsada. Dentro permanecieron sus compañeros, todos de pie, todos en silencio, en el más trágico de los funerales, el funeral de la libertad de expresión y, sobre todo, en el funeral del periodismo contestatario, aquel que dice “no”, aquel que no agacha la cabeza ante el poder, el mismo que no teme repreguntar una vez y otra vez hasta que su desconfianza sea vencida por la seguridad de haber obtenido aquella verdad que se trataba de esconder o eludir. El pasado viernes, como en aquella sala de prensa de Atenas, el periodista permaneció a los pies del entrevistado, dando una vez más razón al refranero castellano, cuando nos recuerda -¡cuán poca es la memoria!- que “quien calla otorga”.

Al finalizar la entrevista, decía ayer Ignacio Escolar en su artículo, “el elefante todavía estaba allí”, pero junto al elefante ya no estaba la televisión pública de la información y del periodismo; el elefante sobrevivió, pero el periodismo fue abatido sin la menor de las indulgencias. ●

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