Wallace, el imperio continúa

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Por Mauricio López Osorio

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1.

 El rey pálido es un ejemplo indiscutible de ese otro lado de la lectura, de las distintas clases de lector, de la lectura conectada a cada órgano, de la sangre que fluye y necesitas para leer, de la lectura como acto sexual, criminal, providencial, racial, étnico, distorsionado, ético, nómada, adictivo y gesto narrativo. En poco más de quinientas páginas, hay un hombre detrás de un texto que insinúa todo el tiempo que no estaría de más un lector visceral, que no titubee al momento de andar y desandar el camino propuesto por la novela. En ella: Pasas páginas, descodificas textos enteros, te enteras de los secretos de las hermandades universitarias y religiosas, observas la mezquindad enconchada en ámbitos insospechados, contemplas los distintos compartimentos de los cerebros que se forman en centros académicos y los ves pasar como un carruaje con sus correspondientes cajones atiborrados de archivos marcados en los bordes, deslizas anotaciones que son tuyas y las haces pasar como suyas sin que ellos se enteren, repasas la inutilidad de los formularios exhaustivos con los que la gente malgasta el tiempo, resaltas que, en cualquier caso, hay distintas clases de lectores, solo que casi todos los habitantes de un trozo de tierra hacen todo lo posible para desdecir esto, miras entre risas cómo un tipo detalla todos los pliegues del papel moneda y termina por convertirse en un adicto y en un fiel creyente del futuro providencial que tendrán esos papeles teñidos de verde y que no se cansa de tocar.

 

2.

Maneras de asaltar una institución, hay por doquier. No obstante, ninguna tan discreta como la lectura. David Foster Wallace conocía, mejor que nadie, el material explosivo contenido en un libro, y que era precisamente este objeto, aparentemente inofensivo, el más subversivo. El silencio y distanciamiento obtenido con el libro y al mismo tiempo, la animadversión creada hacia la persona que sostiene este objeto e ignora-o percibe de otra manera- lo que sucede alrededor, no se adquiere fácil con ninguna otra pieza. No hace falta decir (pero no está de más recordar) que, de haber vivido unos años más, podría haber escrito la gran novela americana sobre la venganza o mejor, la novela más reflexiva sobre la lectura como venganza -y no me refiero aquí a un desprecio infundado contra el lector de parte del escritor norteamericano, como se ha insinuado por ahí, en alguna reseña sobre él-. Desde luego, al igual que La broma infinita, sería una obra con un sinnúmero de notas al pie, muchas de ellas, más que simples comentarios complementarios, reflexiones filosóficas y arquetípicas de los posibles giros en la trama aún por editar.  De hecho, no deberían ser escatimados los aportes de Foster Wallace a la filosofía de aquí & ahora, pues sus notas, su estilo narrativo y sus reflexiones en torno a la escritura y el lenguaje suelen ser infinitamente más interesantes que lo que se puede leer en las revistas académicas y culturales que marcan la vanguardia del pensamiento filosófico del siglo XXI, hoy por hoy.

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3.

Pero Wallace no quería estar adscrito a ningún grupo ni a ningún programa que lo defendiera de los ataques y las rivalidades gratuitas y en algunos casos inventadas. Los registros vanguardistas le parecían repulsivos, y no cejaba en decir que, mírese por donde se mire, ser un escritor de ficción era vergonzoso, en el mejor de los casos una desgracia, quizás un triste deseo. Sí, el hombre de frondosa cabellera y de grandes gafas, que no hallaba una clara línea divisoria entre lo personal y lo público, que con poco más de veinte años encontraba una profesión interesante en la escritura creativa, no tardaría mucho tiempo en contemplar la contracara de una vida artística, de los juegos editoriales y de la escritura a sueldo. Dice Wallace en algunas acotaciones sobre estos temas: “Una paradoja de la escritura profesional es que los libros que se escriben únicamente para ganar dinero y/o elogios casi nunca serán lo bastante buenos como para cosechar ninguna de ambas cosas”, “No se me ocurre nadie que hoy día crea realmente que la supuesta <sociedad de la información> actual sea una cuestión de información. Todo el mundo sabe que en el fondo hay algo más”, “Hay maneras correctas y fructíferas de intentar establecer una <empatía> con el lector, pero tener que imaginarte a ti mismo como el lector no es una de ellas; en realidad está peligrosamente cerca de la trampa temible de intentar anticipar si al lector le va a <gustar> algo en lo que estás trabajando, y tanto tú como los pocos escritores de ficción con los que tienes amistad sabéis que no existe manera más rápida de meterte en atolladeros y matar cualquier perentoriedad en tu trabajo que intentar calcular por anticipado si lo que estás haciendo va a <gustar>. Es algo letal.”

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4.

Volver a Wallace. Deberíamos volver a esas alocuciones salidas de ultratumba en las que David Foster Wallace hace un paréntesis, da un grito por la chimenea y nos da un saludo amigable sobre cómo va todo. Los acertijos Pop de Entrevistas breves con hombres repulsivos, contienen uno de esos pequeños saltos en su narrativa. El lector no haría mal al copiar un poco de ese guiño de Wallace, y tomar aire por un momento, mientras se digieren los paisajes y el relieve que va presentado cada pieza que se nos va mostrando en forma de relato. Roberto Bolaño decía en alguna reseña que uno de sus autores favoritos le causaba un sensación extraña y no podía avanzar más de seis u ocho páginas sin hacer una pausa. Lo que se narraba allí era tan pesado y visceral que había que ir por un vaso de agua a la nevera, mirar por la ventana, meterse entre las cobijas y seguir. Algo similar ocurre con Wallace. Él es generoso y tiene excelente olfato al momento de dar un respiro, especialmente después de un relato que nos va a remover las entrañas, o cuando se avecina uno de esos, (aquí se me vienen a la cabeza: La persona deprimida, Sin ningún significado, Mundo adulto I, En el lecho de muerte cogiéndole la mano el padre del aclamado nuevo dramaturgo joven y alternativo pide un favor, Octeto, y Animalitos inexpresivos) y hace una pausa y nos habla sobre distintos temas, incluido el tiempo y las dificultades que le está tomando escribir el libro que tenemos en las manos. Ir a la literatura de David Foster Wallace es sobre todo volver. Volver las páginas, detenerte en una nota al pie, volver a iniciarte en el relato que dejaste a un lado por seguir la otra trama que nos cuentan las anotaciones.

 

5.

 En uno de los artículos más emocionantes que he leído de parte de un gran escritor hacia otro titán, Rodrigo Fresán precisaba que la escritura de Wallace podía ser considerada como una suerte de epidemia. Y probablemente así lo sea. Una vez el último día programado para el fin del mundo con el número 21 ya ha pasado, una de los cosas más gratas es que el aumento de lectores contagiados por el virus Wallace parece ir en aumento. Cada vez son más los que mutan emocionalmente, se contagian, se pierden durante intervalos de tiempo amplísimos y vuelven la mirada hacia los ojos de un hombre con un poder catártico extraordinario que dice: “Diles que se detengan un instante y miren la cara de un hombre. La cara de un hombre está totalmente vacía. Mírala de cerca. Diles que miren ellos también. No lo que hacen las caras, porque las caras de los hombres nunca dejan de moverse, son como antenas. Pero lo único que hacen sus caras es moverse e ir adoptando diferentes configuraciones del vacío.”

 

Identificación

Colombia, Bucaramanga, 1988. Mauricio López Osorio es filósofo de la Universidad Industrial de Santander. Actualmente se encuentra aplicando a una beca para cursar estudios de postgrado en Estados Unidos. Sus artículos han aparecido en la revista literaria Letralia, tierra de letras –edición 215 y 227, y en el periódico argentino Nuevo diario Santiago del Estero.

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