Entrevista a Cristina Fallarás por “Últimos días en el Puesto del Este”.

 

Por Benito Garrido.

 

A propósito de su actual novela Últimos días en el Puesto del Este (DVD Ediciones, 2011), último premio Ciudad de Barbastro de novela corta, hemos entrevistado a la escritora Cristina Fallarás.

 

Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968) ha sido periodista a distintas alturas en El Mundo, El Periódico, ADN, Cadena Ser, RNE, Antena 3 o Cuatro. Ahora es editora y asesora en temas digitales para medios de comunicación, escribe novelas y dirige la revista online Sigueleyendo. Ha publicado los libros Rupturas (Urano, 2003), No acaba la noche (Planeta, 2006), Así murió el poeta Guadalupe (Alianza, 2009, finalista del Premio Internacional Dashiel Hammett de novela negra), y Las niñas perdidas (Roca Editorial, 2011, Premio L’H Confidencial de Novela Negra 2011 y premio del director de la Semana Negra de Gijón 2011). Además se pueden encontrar relatos suyos sembrados en una decena de antologías.

 

Últimos días en el Puesto del Este.  Cristina Fallarás.  DVD Ediciones, 2011.  144 páginas.  14,00 €

 

Arrecia el frío y aquí, en el Puesto del Este, empiezan a escasear las vituallas. Nueve meses de sitio son mucho tiempo. Ellos siguen ahí afuera, ya casi nunca se les oye, pero podemos sentir su tensión y oímos también las patas de sus perros, las uñas contra la piedra. Su silencio es casi peor que lo otro. El capitán partió a buscar algo, sólo eso, algo. Salió sin despedirse para no romper esto que llamamos equilibrio y que sólo es una representación a punto de romperse. Su ausencia resta ánimos a la tropa. Afortunadamente, están los niños y eso nos obliga a mantener el ánimo.

Anoche volví a soñar que hablaba contigo. Es importante. Descolgaba el cable de la radio y respondías desde aquellas tierras, no sé, desde quién sabe dónde. ¿Dónde estás? ¿Sigues vivo? ¿Conseguiste escapar y tienes una vida que se parece en algo a la vida? Es importante sentir que puedo amar aún. No sé por cuánto tiempo. (…)

 

(…)Cuando alguien te agarra del pelo y estira con tanta fuerza que parece que va a sangrarte el cuero cabelludo a chorros, lo descubrí entonces, un mecanismo nubla la vista y resulta imposible ver la velocidad de rayo con la que se acerca el muro contra el que te van a reventar la cara. Luego el estómago, las patadas, el suelo, los mordiscos, y la orina pasan a formar parte de la insólita normalidad en el dolor que se te instala inmediatamente. (…)

 

(…)Hay hombres que te empujan al placer, contra el placer, y otros que como tú se instalan a mirarlo y con ese gesto lo encienden hasta que deciden participar, hasta que intervienen. Entonces la lava lo cubre todo. Hay hombres que estallan en volcán y otros que son la lava, una lengua ardiente que devasta sin piedad ni intención, absolutamente, que llega para cubrirlo todo, absolutamente, y ser ya la piedra misma.

–         No pienso salir de aquí querido.

–         No salgas. Yo te alimento. (…)

 

Entrevista:

 

P.- ¿Qué ideas rondaban tu cabeza cuando decidiste escribir esta pesadilla post apocalíptica?

Cuando me siento a escribir una novela no me propongo nada más que escribirla. En este caso fue un poco más urgente, y podríamos decir que me propuse sólo vaciarme. Mi precariedad económica y lo difícil que me resultaba vivir me dispararon.

 

P.- Historia de desengaños y soledades, incluso de radical intolerancia.

Soledad, diría yo. La soledad radical aparece cuando no puedes hacerte cargo de tu vida y de la vida de los tuyos. Nadie puede participar en eso contigo. Ves el cerco, el aislamiento y la amenaza, y dentro del sitio sólo estás tú.

 

P.- La Polaca vive una pasión adúltera de las que alimentan los días. Y sin embargo, desatendida, sigue adelante con su marido. Es valiente y temerosa a un tiempo. ¿Son los contrastes lo que hacen este personaje tan atractivo?

La Polaca es atractiva, creo, porque no es solidaria. Porque entiende que encerrándose en su intimidad puede salvar lo poco que queda de su mundo. Estoy harta del mensaje de una solidaridad que exige renuncias íntimas.

 

P.- Solamente la protagonista y sus hijos consiguen transmitir humanidad. Es la historia de una mujer sola, una Bovary de otro siglo, quizás. ¿Por qué este personaje resulta tan atractivo para el lector?

Creo que para que un personaje resulte eficaz es imprescindible que su voz sea genuina, que en su retrato no haya trampas, que muestre un desnudo difícil de tragar, un manojo de incoherencias que la hagan todo lo desagradable que es cualquier ser humano cuando se muestra desnudo, y no me refiero al cuerpo.

 

C. Fallarás. Foto © Mireya de Sagarra

P.- La religión como causa final del enfrentamiento entre los hombres. ¿Es la violencia el único camino final para asentar las ideas, los ideales…?

La vida es violencia. Todo el rato. Quizás uno de los errores que más me incomodan en el discurso imperante (no sabría decirte cuánto hace, pero mucho) es la fantasía de la no-violencia. Vivimos violentados a diario, últimamente más.

 

P.- ¿Por qué elegiste Puesto del Este como la casa asediada que sirve de escenario a tu novela?

El Puesto del Este es una torre de cuando las familias acomodadas, como su nombre indica, veraneaban infinitamente en Villa Estefanía o en La Torre del Mirador (Gil de Biedma,aquí). Ha pasado algo, no sabemos qué, y está en ruinas y sirve de refugio a los últimos resistentes. Quizás era nostalgia de aquellos tiempos que apenas hemos vivido, que llegamos a oler y están tan lejos de esto que somos ahora.

 

P.- Tu libro tiene algo de historia de amor y mucho de historia de abandono, de supervivencia.

Es un retrato amargo del amor. El amor como una ilusión que siempre tiene un solo sentido, aunque nos guste imaginarlo como una película en technicolor. ¿Existe el amor? Es un retrato del amor como una construcción en la que encerrarnos cuando sentimos la necesidad de mirarnos mejor. Se desmorona en cuanto desviamos la mirada.

 

P.- Irradias un punto de angustia a lo largo de todo el texto, que no consigues liberar con las otras tramas. Un enemigo terrible ante el que el lector no sabe posicionarse pero que le produce pavor. ¿No hay mayor miedo que el que cada uno monte en su cabeza?

Exacto. La cuestión es quién juega con el miedo, es decir, quién está a los mandos de ese juego perverso. Crear terror, provocar miedo, desplegar la angustia es la mejor arma de dominio. Pero, ojo, porque el miedo no es una ilusión, el miedo existe y puede solidificarse hasta hundirte en una sima.

 

P.- Novela inquietante, apasionada y terrible a partes iguales.  ¿Tu crítica se convierte más en una denuncia ciega de los extremismos?

No lo creo. Más bien me parece (pero este punto de vista no vale, el que vale es el del lector) me parece que es una reivindicación del interior de una misma como fuerza de choque. Precisamente como arma que oponer a ese miedo del que hablaba hace un momento.

 

P.- Tras Las niñas perdidas, afrontas aquí un texto a veces realmente poético, ¿crees que este libro supone un giro radical en tu escritura?

No, qué va. En la novela Así murió el poeta Guadalupe ya aparece esa especie de lirismo que en esta está tan presente. Cada historia exige su lenguaje, su ritmo y su tono. No se puede escribir una novela urbana de asesinatos como un salmo. Pero sí una historia sobre el final de lo que conocemos o somos.

 

P.- Me encantan aquellas partes en las que el desenfreno sexual, o la pasión callada de la protagonista ocupan cada línea en mi mente de lector avieso. ¿No te has planteado escribir algo para el premio Sonrisa Vertical?

No me había atrevido hasta este libro a enfrentar la narración sexual, y no es algo que me haya resultado fácil. El encuentro sexual puede que sea una de las escenas más difíciles de narrar. Creo que no podría mantenerla durante un libro entero. Pensar en escribir una historia completa de carácter erótico me pone los pelos de punta.

 

P.- ¿Qué es lo más duro a la hora de escribir un libro tan descarnado como este?

Publicarlo. Este libro lo escribí en pelotas. Mostrarme en pelotas hasta el punto que lo hago me creó una especie de pudor que estuvo a punto de dejar el libro en un cajón.

 

P.- He leído que te presentaste al premio Ciudad de Barbastro porque necesitabas la pasta. ¿Se escribe mejor bajo presión?

Bajo ese tipo de presión, sencillamente se escribe. Cuando llegas a un punto en el que necesitas encontrar trabajo y lo único que sabes hacer sin que nadie tenga que contratarte es escribir, te puedo asegurar que escribes como cavan los mineros.

 

P.- ¿Qué piensas cuando oyes hablar de crisis editorial?

Crisis significa cambio. Siempre duele, claro, pero da a luz a otro modelo. Cierran periódicos y revistas, cambian las editoriales, el modelo agoniza… La industria se ha roto, la industria editorial y la de la comunicación, tal y como las conocíamos se han roto, y eso no tiene remedio. ¿Muertas? En absoluto. La comunicación y la edición solo pueden ir a más, estamos inmersos en un mundo que no hace más que multiplicar las comunicaciones, los textos y los mensajes. Habrá que ver cómo se gestiona eso y, sobre todo, quién lo hace. Más difícil veo el papel del escritor en todo el entramado. Creo que ese es el punto más débil.

 

P.- ¿Cómo te sientes más cómoda, escribiendo ficción o haciendo periodismo?

Me resulta más satisfactorio el periodismo, cultural o no, si nos referimos como satisfactorio al resultado. Me satisface más el resultado de cualquier crónica periodística que el trabajo de ficción. Tengo la sensación de que, en mi caso, la novela deja de satisfacerme en el momento exacto en el que tengo que darla por acabada. Ya no es lo que quería contar ni cómo quería contarlo. Es otra cosa. ¿Válida? Por supuesto, pero otra cosa.

 

P.-  ¿Podrías hablarnos de tus intenciones literarias a corto plazo?

Tengo a medias una nueva entrega de la detective Victoria González, protagonista de Las niñas perdidas. Y alguna otra cosa que va más despacio. Ahora estoy más centrada en mi editorial digital de Sigueleyendo. Estoy fascinada por las posibilidades que se han abierto con la edición digital.

 

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