A mí el que me molaba era Salieri

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Por VÍCTOR FERNÁNDEZ CORREAS. De Amadeus, digo. Ese magnífica obra de arte que Milos Forman llevó a la gran pantalla en 1984. Espléndida. Tanto, que se llevó 8 Oscars, incluyendo mejor película, director y actor principal. Lo máximo.

amadeusPara el que aún no la haya visto, la cosa va de la relación entre Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri, eximios compositores del siglo XVIII, de sus cuitas, rencillas, odios personales y profesionales, y demás. Si bien es cierto que la supuesta rivalidad que maneja el guión nunca llegó a ocurrir –el primero murió en 1791 y para entonces Salieri frisaba los 20 años, luego poco tiempo tuvieron de zurrarse la batuta, si es que lo tuvieron, tal y como nos lo presenta el film-, la película es para verla. Motivos hay muchos y variados. Música, ambientación y recreación de la Viena de José II de Habsburgo-Lorena aparte –otro que también la endiñó por aquellas fechas, y que en el film aparece bien talludito-, merece la pena la relación tan peculiar que mantienen ambos. Apasionante.

Porque eso es la película: el choque de dos genios, de dos egos. Uno, poseedor de un don especial, capaz de componer la más maravillosa música que nunca se haya escuchado. Genio por sí mismo, necesita poco para demostrar quién es y porqué; el otro, perseverante, tenaz, trabajador nato. El reconocimiento como compositor le llega, aunque tarde. En cuanto se encontraran ocurriría lo lógico. Lo que desarrolla el argumento de la película.

Sucede que después de verla infinidad de veces, me reafirmo en lo dicho al comienzo de estas líneas. Sí, mucho Mozart, el genio eterno, apellido hecho música y tal, pero el que me seduce y me gusta es Salieri. De origen italiano, para más señas. Aunque sea del norte, del Véneto, es sangre mediterránea en todo su esplendor. Pasional, arrogante, mentiroso, cizañero, envidioso… Lo tiene todo, la joya. Mozart es todo lo contrario: consigue el éxito desde muy corta edad, su prodigiosa música es admirada por emperadores y papas y legiones de seguidores allá por donde va, bien parecido de cara al sexo opuesto… Demasiado perfecto. Centroeuropeo, para qué nos vamos a engañar. Salieri, no; es auténtico.

Porque cuando a Salieri se le mete en la cabeza convertir la vida de Mozart en un infierno, pone todo su empeño en que así sea. Y lo consigue. Espíritu del sur. Italiano, español o griego. Uno de los nuestros. La envidia devora sus entrañas y se las ingenia para vilipendiar, ultrajar y desacreditar a aquel que es mejor que él; recurre a influencias para hundir en la miseria a su oponente si es preciso; y no duda en contemplar a hurtadillas su trabajo, su éxito, del que es rendido y secreto admirador. Eso tan nuestro, en definitiva. Incluso hasta yo mismo le hubiera ayudado a cargárselo el mismo día que lo conoce en la residencia del arzobispo de Salzburgo. Con tal de no escuchar más su estúpida risa. Con razón de más para entenderle.

Salieri. Genial hasta para reconocerle a su rival, a la cara, tirando de sinceridad, lo bueno que es. Ese Mozart. Eso sí, después de destrozarle la vida, de conducirle pasito a pasito en su proceso de autodestrucción. Que no te vayas de este mundo sin saber, al menos, lo que pienso de ti. Lo bueno que eres y lo pequeño e insignificante que me siento a tu lado. Ahora que la vas a palmar y yo me quedó aquí. Saboreando ese instante. Y riéndome de ti y de todos. Hasta de Dios, que ya es decir.

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