Una fábula a lo Chejov

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Por Nabor Raposo

 

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‘Kashtanka’, Anton P. Chejov. Trad. José Laín Entralgo.

Ilustraciones de Raquel Marín. Gadir, 2009. 83 págs.

En una de sus innumerables correspondencias, Anton Chejov (1860-1904), buen conocedor de las tribulaciones que afligen a todo joven escritor que se presta a serlo, ofrecía un sorprendente consejo para convertir ese desconsuelo inicial en algo útil. “Cuando uno comprende lo intolerablemente difícil que es escribir bien sentirá deseos de ahorcarse. Entonces alguien debería rescatarlo sin compasión para que él mismo se vea obligado a escribir tan bien como pueda durante el resto de su vida. La historia de su propio suicidio sería un buen punto de partida para comenzar”. Maestro indiscutible de las letras universales y máximo exponente del género breve de todos los tiempos, no deja de resultar irónico que fuese él, médico de profesión, uno de los pioneros en vislumbrar la esencia del oficio literario con semejante lucidez, con esa descreída autenticidad que sólo destilan los genios.

Nadie ha ejercido tanta influencia en las generaciones postreras: desde Hemingway a Bolaño –con parada obligatoria en John Cheever, Richard Ford y, sobre todo, Raymond Carver–, existe una infinita nómina de escritores que en algún u otro momento de su carrera han reconocido el influjo del maestro ruso en el arte del relato corto; y la mayoría lo ha hecho, además, con la determinación y el orgullo propios de todos aquellos que se saben en posesión de un tesoro intangible pero de incalculable valor, al haber establecido un contacto íntimo con unas páginas capaces de cambiarle a cualquiera su forma de ver el mundo y de ver la Literatura, si acaso no es lo mismo.

Puede decirse que fue el propio Chejov quien instauró, a finales del Siglo XIX, el planteamiento narrativo que aún continúa vigente en la escritura moderna. Fue uno de los primeros artistas en comprender que la conducta humana era del todo inexplicable, y como tal, rechazó consagrar su producción a la búsqueda de una verdad axiomática que la explicara. “Es perjudicial para un escritor asumir lo que no es capaz de comprender”, dijo en alguna ocasión; así que se limitó “a las descripciones de cómo mis personajes aman, se casan, tienen hijos, hablan y se mueren”. Chejov no interpreta la realidad; únicamente la señala (la escritura de ‘La dama del perrito’, por ejemplo, surge como reacción a la moralidad condenatoria de ‘Anna Karénina’), sin ni siquiera concederle un pequeño porcentaje de sus relatos a la finalidad estética del arte, porque en sus relatos sólo hay margen para la exploración del alma humana y sus contradicciones.

La habilidad e inteligencia que mostró Chejov a la hora de escarbar en las pasiones de los hombres y mujeres es incomparable. El día de Navidad de 1887, la revista Nóvoye vremia publicaba un relato bajo su firma, una especie de cuentecito que tenía como protagonista a un perro de raza indefinida, un chucho de color canela que cualquiera hubiera podido confundir con un zorro y que vivió, sin que el tiempo apenas le pasara por encima, una de las más inexplicables y conmovedoras aventuras que jamás se hayan escrito. Por supuesto, a Kashtanka, que así se llamaba el perro, todo este tiempo le había parecido una eternidad.

Urdida bajo una engañosa apariencia de fábula –engañosa, precisamente, porque no lo es, ni pretende serlo: la pieza transgrede incluso a una hipotética transgresión del género–, ‘Kashtanka’, incluido en la ya célebre antología de Richard Ford (‘The Essential Tales of Chekhov’, The Ecco Press, 1998) y publicado en España por Gadir (Colección ‘El bosque viejo’) es, sin lugar a dudas, una auténtica obra maestra. Uno de sus principales y más reconocibles méritos es la suspicacia que demuestra el autor a la hora de hacerle olvidar al lector la personalidad animal del protagonista: en efecto, el impulso de éste último obedece simplemente a una secuencia lógica de sus emociones más primarias, las cuales constituyen, ni más, ni menos, que el auténtico leitmotiv de la Historia de los hombres y el material de trabajo de Chejov a lo largo de toda su producción. Y no es nada sencillo, contra todo lo que cabría esperar: los instintos primitivos son al fin y al cabo demasiado complejos y casi siempre escapan al entendimiento de la razón.

Apoyando el punto de vista de la narración en la conciencia del perro, el lector deja de cuestionarse la validez de esa voz y queda prendado de su proceso mental, que funciona prácticamente como el de  un narrador insuficiente; esto es, aquel narrador que conoce los hechos, pero que carece de una interpretación de los mismos y de los elementos que le faciliten la comprensión de su alcance. La verosimilitud del texto, lejos de verse trastocada, cobra aún más fuerza en el momento en que el lector, a diferencia de Kashtanka, puede comprender los hechos, pero tampoco explicarlos; de la misma forma en que el propio autor tampoco habría podido hacerlo. Esta es la esencia del arte de Chejov, de su escritura; alguien cuya preocupación era poco más que limitarse a señalar, y que dedicó gran parte de su existencia a captar retazos de vidas ajenas; no para explicar, ni mucho menos para aleccionar a nadie, sino para mostrarnos de un solo golpe la realidad en que vivimos, del todo inexplicable.

Cuando uno ama y sigue a un autor, no es improbable que su obsesión le lleve a buscar contradicciones que se conjuren para desmitificarlo. “Un perro hambriento solo tiene fe en la carne”, aseguró Chejov en una ocasión, mientras que antes o después escribió ‘Kashtanka’ para desmentirse a sí mismo. ¿No es precisamente esto, contradecirse, lo que hacen continuamente los hombres sobre quienes escribía? Su talento fue el que alumbró el de todos aquellos escritores de relatos que siguieron y, superando aquel impulso inicial de suicidarse, llegaron; hambrientos de historias que hablen sobre lo que de verdad importa, los buenos sólo tienen fe en él.

 

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