‘Los Cenci’: Tragedia con efectos especiales

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Por Eva Llergo

En 1935 Antonin Artaud estrenó en París Les Cenci. Una tragedia que él mismo había compuesto, dirigido e interpretado. La obra había nacido a inspiración de un suceso real acontecido en la Italia del siglo XVI que, a su vez, ya había servido de inspiración a dos grandes de la literatura: Shelley y Stendhal. La importancia de la puesta en escena de Les Cenci radicaba, sin embargo, en una gran expectativa de su autor: materializar sus postulados teóricos sobre las tablas; su llamado Teatro de la Crueldad. Artaud llevaba años definiendo su nueva fórmula teatral, desde que en 1931 asistiera a un espectáculo de danzas balinesas, donde experimentó el poder catártico de un espectáculo donde todo, absolutamente todo, estaba ritualizado y codificado al servicio de lenguaje teatral.

Así pues, el autor pasó años ideando un teatro que sacudiera al espectador; un teatro alejado de los dramas condescendientes al servicio del texto que inundaban las salas por aquellos años. Artaud articuló todos los elementos paratextuales (iluminación, sonido, vestuario, escenografía, interpretación, etc.) codificándolos como símbolos de tal manera que sumergieran al espectador en una atmósfera onírica pero inteligible. Todo con el fin de sacudirle: “El teatro no debe precisar pensamientos, debe hacer pensar”. De este modo la crueldad de su teatro no nacía tanto de la violencia de la puesta en escena, sino de la intención última que perseguía: regenerar al ser humano mediante la exteriorización de su crueldad en la escena.

Cenci

Pero, ¿cómo llevar esto a la práctica?, se estarán preguntando. Les Cenci intentó ser la respuesta. Un tema escabroso e inhumano (un padre que abusa en todos los sentidos de su familia) y todos los elementos de la escena dispuestos para alterar la percepción del espectador: iluminación que llegaba a producir ceguera transitoria en el público, sonidos grabados distorsionados, provenientes de los cuatro costados del teatro con el fin de envolver e involucrar a los espectadores, distorsión de la escala en la escenografía, contraste entre humanos y maniquíes, interpretación antinaturalista… Ya estarán imaginando que la obra fue un rotundo fracaso que apartó a Artaud definitivamente de los escenarios.

Con este contexto, llega por primera vez a los escenarios españoles la obra del dramaturgo francés. Podemos decir que es un justo y valiente homenaje a las revelaciones de un visionario que se atrevió a mostrar ante el público unos sueños que se adelantaban, con mucho, a su tiempo. Artaud, como le ha pasado a muchos otros genios, se adelantó a su época y fue rechazado, pero inmediatamente revalorizado por sus sucesores, hasta ser elevado a la categoría de “padre del teatro moderno”.          

El montaje y la versión de Sonia Sebastián trabajan con pulcritud sobre los postulados de Artaud: iluminación antinaturalista (no nos cegó, como hubiera querido Artaud, pero estuvo bien jugada la luz estroboscópica en el momento álgido de la tragedia); música con sintetizador (tal y como la ideó el autor); percusión en directo; sonidos pregrabados envolventes; vestuario no realista con matices (de lo sensual a lo violento, pasando por lo siniestro cuando lo requería la situación); maniquíes que dan réplica al subconsciente de los personajes; escenografía simbólica que enjaula a los protagonistas; interpretaciones desgarradas y antinaturalistas que cosifican y animalizan a algunos personajes; apelaciones directas al espectador para involucrarle en la tragedia (“¡Ayúdenme!”, nos grita, casi tocándonos, Beatriz, antes de ser violada), etc. En fin, un derroche de técnica y profesionalidad.

Los Cenci, Artaud. Teatro Español.

Con todo, el espectador tiene más la impresión de estar contemplando un hallazgo arqueológico. Una especie de matrimonio imposible entre una de las tragedias sangrientas del jacobeo John Webster y los efectos especiales de La Guerra de las Galaxias.

Suponemos que las expectativas con las que abordamos la obra (ver, por fin, estrenado a Artaud en España) nos desenfocan un tanto la visión objetiva, y la caída, luego, es desde más alto. Los postulados que rodean el montaje de Los Cenci fueron una revolución para su época. Sin embargo, nos parece que, en el presente, el montaje tiene validez como documento histórico, como homenaje a un genio incomprendido. Pero su vigencia y sus pretensiones, hoy por hoy, se han equiparado a las que tendría una tragedia shakesperiana revestida con un montaje de lectura actual.

No obstante, como decimos, no es culpa del montaje, impecable, ni de la propia obra de Artaud, sino de nuestras expectativas; hay que abordar el visionado de Los Cenci sabiendo lo que es: no una revolución sino un reestreno revolucionario de 1935.

 

Los Cenci

Autor: Antonin Artaud

Versión y dirección: Sonia Sebastián

Reparto: Celia Freijeiro, Luis Zahera, Celso Bugallo, Maru Valdivieso, Daniel Holguín, Rolando San Martín, Marta Belmonte, Eduardo Mayo, Aarón Lobato.

Fecha: Del 17 de enero al 3 de marzo de 2013

Sala: Teatro Español – Sala Principal

Horario: De martes a sábado, a las 20.00h; domingos, a las 19.00h.

Precio: De 5 a 22€. Martes, miércoles y jueves 25% de dto.

Duración: 1h. 30 min. 

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