Viaje al sueño americano

 

Por Juan Gómez Bárcena

 

Norteamérica

 

Norteamérica profunda, Juan Carlos Márquez.

Editorial Salto de Página, noviembre de 2012, 104 páginas.

Norteamérica profunda no es una novedad editorial. Hace diez años el libro de Juan Carlos Márquez ya gozaba de buena salud e incluso ganaba varios galardones, como el Premio Unión Latina (2003) y más tarde el Premio Rafael González Castell (2005). Gracias a este último premio se publicó una primera edición del libro, que vio la luz en 2008. Su historia, como la de tantas buenas obras, parecía morir ahí: con una modesta publicación, de esas que raramente trascienden el discreto circuito de ediciones de premios. La primera sorpresa nos la daría la labor callada de cientos de lectores anónimos, que a partir de entonces iban a reconocer Norteamérica profunda como una obra de culto en la sombra. Por no hablar de la editorial Salto de Página, que acaba de atreverse a reeditarla y obrar así uno de los milagros de esta temporada: retroceder hasta 2003 para descubrirnos uno de los mejores libros de 2013.

La colección consta de cinco relatos, desperdigados por la geografía –y la historia- de Estados Unidos. Desde los últimos indios que mueren ante el empuje de los colonos blancos en la Costa Este –“Delaware”- hasta el bateador profesional que acompaña a su esposa enferma al círculo polar ártico para ver la aurora boreal –“Churchill”-, la pluma de Juan Carlos Márquez cubre dos siglos de mitos y tópicos de la cultura norteamericana. Uso esta palabra, “tópico”, como un cumplido, pues lo que se logra en último término es un reto fascinante: examinar los ingredientes del sueño americano, en un viaje que para el lector español tiene mucho de familiar y al mismo tiempo de ajeno. Estamos acostumbrados a narradores que se dejan contagiar por la sensibilidad o la estética norteamericana para ambientar en nuestro país historias que bien podrían suceder en los barrios suburbiales de Nueva York o en las llanuras de Kansas. Más insólitos son los autores como Juan Carlos Márquez, que tienen la audacia de dar un paso más allá: de alumbrar narraciones donde todo –personajes, sensibilidad, escenarios- se mimetiza con la literatura del otro lado del Atlántico.

El lector puede preguntarse tal vez por el sentido de este singular viaje. ¿Qué esperamos encontrar en este exilio de nuestra propia cultura para arribar a otra, la norteamericana, que conocemos a través del turismo, el cine, la literatura? ¿Qué sucede con nuestros referentes como lectores cuando las distancias se miden en yardas y no en metros; cuando en nuestra memoria el horror de la Guerra Civil Española es sustituido por el horror de Vietnam y nuestros hijos crecen jugando al baloncesto en las granjas de Bloomington o diseccionando ranas en las clases de la señorita Brenda? Algunos de los críticos han entendido esta propuesta de Norteamérica profunda recurriendo a palabras como “guiño”, “parodia”,  o peor aún, el temido “homenaje”. Son palabras que me incomodan y que me resisto a suscribir, pues parecen querer implicar un cierto carácter menor, secundario, de este viaje al que Juan Carlos nos invita. Y Norteamérica profunda no constituye en mi opinión ninguna clase de homenaje, o si lo hace, no es otro que un homenaje a nuestra propia cultura. Porque tras este experimento de transformación en ciudadanos americanos, rodeados de caravanas coloniales, de pasteles de carne y mecedoras bamboleándose en los porches, lo que descubrimos es que en esencia nada ha cambiado. Que también nosotros formamos parte sin saberlo de esa América profunda. Que la conocemos mejor de lo que suponíamos, y que tal vez haya un conocimiento verdadero en ese acercarse al sueño americano a través de sus signos más superficiales; en ese imaginario que ha sido soldado en nuestras conciencias con las herramientas de la publicidad y el cine, y a día de hoy es tan real como el país que un día lo inspiró.

Márquez nos prepara, por tanto, para el viaje antropológico por antonomasia: aquel que nos lleva al lugar más lejano para acceder al reducto más íntimo y verdadero de nuestra propia cultura. Y lo hace con las armas del que sin duda es uno de los mejores exponentes del cuento español: con un lenguaje sencillo y vívido, sembrado de imágenes poderosas que no lograremos apartar de nuestro recuerdo –una pareja que contempla las luces cambiantes de la aurora boreal para pedir un deseo que no puede realizarse; una adolescente que besa con pasión a todo aquel que prometa llevarla consigo a las Vegas-. Y sobre todo, con personajes llenos de humanidad, a quienes acompañaremos en cinco viajes de cuyo destino sabemos tan poco como ellos mismos.

 

 

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