Un final de paradojas temporales

 

Por ALICIA MEDINA

Tras cinco años enganchados a las idas y venidas de los miembros de la división Fringe, el pasado 18 de enero, la serie de ciencia ficción creada por J. J. Abrams se despidió con un doble capitulo, lleno de momentos emotivos y de paradojas temporales. 

Fringe

La quinta temporada de Fringe comenzó dando un giro radical a la serie, situando la trama en el futuro distópico que ya pudimos atisbar en el capitulo Letters of transit de la cuarta temporada. Un mundo orwelliano donde los Observadores se han convertido en el Gran Hermano y gobiernan vigilando los pensamientos de los humanos.

Con este planteamiento, los trece capítulos que darían el broche final a la serie prometían. Sin embargo, esta última temporada ha tenido un ritmo irregular, con tramas totalmente innecesarias, como la transformación de Peter en Observador o la de Walter  buscando su plan en cintas VHS que no se ven, con el tiempo que se habría ahorrado utilizando un Pendrive.

Aunque esto no quita mérito a una temporada que ha dejado grandes momentos (ese homenaje a los Monty Python) ni a una serie que ha sabido reinventarse, desde esos primeros capítulos en los que parecía una copia moderna de Expediente X, pasando por su complicada y apasionante trama de mundos paralelos y líneas temporales, hasta llegar a una temporada final dominada por la ciencia ficción en su más pura esencia.

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Pero centrémonos en lo importante: el doble capitulo que ha dado punto final a cinco años, donde los eventos Fringe, el humor entrañable de Walter, y el amor de Olivia y Peter, nos han tenido pegados a la pantalla.

Después de que la sombra de la cancelación haya perseguido a Fringe durante toda su andadura, es de agradecer que haya podido tener un final, que si no perfecto, ha sido todo un homenaje a los fans, con guiños a los mejores momentos de la serie, como ese subidón de cortexiphan que permite a Olivia teletransportarse al otro universo, o la utilización de míticos eventos Fringe para destruir a los Observadores.

Aunque si algo ha resaltado en este final, han sido las emotivas despedidas, de las que destacan la protagonizada por Walter y Astrid (con la vaca Gene ambarizada de fondo), en la que el doctor Bishop, por fin, se aprende el nombre de la agente Farnsworth. Seguro que a más de uno se le saltó alguna lagrimilla con esta escena.

Estos detalles han hecho que el final guste, pero ha sido a la hora de dar explicación a lo ocurrido donde ha surgido más controversia. Y es que, después del esfuerzo realizado para no perdernos entre tantas líneas temporales, es inevitable que surjan algunas preguntas. La más evidente, ¿qué pinta Peter en esa línea temporal, si los Observadores nunca existieron?

Al fin y al cabo, recordemos que si Peter está donde está, es porque le ha hecho aparecer el amor de Olivia. Pero si nunca hay Observadores, Septiembre no interrumpe a Walternativo cuando va a descubrir la cura para Peter, Walter no cruza al otro universo, y Peter no conoce a nuestra Olivia. Claro que hay varias justificaciones para explicar esto:

  • El amor entre Olivia y Peter es más fuerte que cualquier otra cosa y nada puede separarlos.
  • Ya que Peter no existe en esta línea temporal y es una paradoja en sí mismo, no se le pueden aplicar las leyes de la lógica.
  •  Lo ocurrido en todas las otras líneas temporales ha tenido que pasar, para poder dar lugar a una nueva línea en la que los Observadores no invaden la Tierra. 

Fringe 2

 

Y así, podríamos hacernos más preguntas, como: ¿por qué Walter dice que es una paradoja y por eso tiene que irse? Pero, tal vez, sea mejor no darle muchas vueltas, sobre todo, para no acabar con un dolor de cabeza descomunal. El final es el que es y todo está como debería estar. O al menos, eso es lo que parecen querer decirnos los guionistas con esa escena final en la que Peter recibe el Tulipán, y pone cara de estar teniendo un déjà vu. Ya que, tal y como nos explicó el propio Peter en White Tulip, un déjà vu es la manera que tiene el destino de decirte que estás exactamente donde se supone que debes estar, que estás en la línea correcta con respecto a tu propio destino. Y con eso está todo dicho.

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