‘Superzelda’, la vida ilustrada de Zelda Fitzgerald

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superzelda2Por Helena Psijalis Ruiz.

Auge y caída del matrimonio más famoso de la “Generación Perdida”

Patti Smith dijo de ella que admiraba su espíritu rebelde y que ojalá todos pudiéramos liarnos a patadas con los escaparates cada vez que queríamos algo que hubiera dentro de los mismos (Zelda lo hacía). Hemingway la detestaba, sus médicos la declararon “psicópata” y “emocionalmente desequilibrada”; y su marido, el escritor Francis Scott Fitzgerald basaba prácticamente el 99% de sus personajes femeninos en su ególatra, difícil y excéntrica persona. Porque como ella misma apuntaba, el plagio empieza en casa, y este plagio incluía párrafos completos, “robados” de sus diarios de soltera.

Pero ¿qué es Superzelda? No, no se trata del nuevo título del héroe verde de Nintendo, aunque Shigeru Miyamoto tomara el nombre para su princesa Zelda. Superzelda es una original novela gráfica creada por los italianos Daniele Margotta y Tiziana Lo Porto: nada menos que su proyecto más ambicioso. Esta obra gira alrededor de la figura de Zelda Fitzgerald (de soltera, Zelda Sayre). Ya el título nos augura que estamos hablando de una especie de super-mujer, una figura destacada dentro de la llamada “generación perdida”, ya que teóricamente también era escritora aunque su obra “Resérvame el vals” (recientemente publicada en España por Román y Bueno Editores) no alcanzó la enorme popularidad de las novelas de su marido. También fue autora de varios cuentos.

La peculiar personalidad de Zelda es también la piedra angular de las creaciones literarias de Scott. Sus protagonistas y –más o menos- heroínas son auténticas mujeres (adineradas) de su tiempo: egocéntricas, caprichosas, osadas y extremadamente liberadas. Lo que viene a ser la figura o arquetipo de la “flapper”, traducida extrañamente en esta cómic al español como “la desenfadada”.

Quizás se escape de este esquema la trágica y pasiva figura de Daisy Buchanan de El Gran Gatsby, pero todas las demás si pertenecen a este tipo, que se repite como una maldición incansable, reflejo de la fascinación de Scott Fitzgerald por esta clase de mujeres que parecen poder resbalársete de las manos en cualquier momento. 

Unas mujeres que pueden parecernos más o menos superficiales o más o menos antipáticas, pero que en el fondo son la sal de sus libros y contrastan con un protagonista masculino -¿reflejo del propio Scott?- pusilánime en el mejor de los casos, y arrastrado hacia la fatalidad en los peores (Jay Gatsby, por cierto, el más carismático de todos).

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Gloria Gilbert, Daisy Buchanan, Rosalind Connage, la neurótica Nicole Driver, e incluso la ambigua Jordan Baker. Todas ellas son Zelda, sus luces y sombras. El cómic resulta así un muy bien armado collage de todos sus personajes femeninos, todas sus “Zeldas”, sus mejores frases (prácticamente de casi todas sus novelas más importantes), y salpicado de pequeños detalles de su vida privada, curiosidades datos en general bastante interesantes tanto para los fans de los Fitzgerald como para los que van a empezar a descubrirlos a partir de esta lectura.

Zelda Fitzgerald es ese tipo de chica que elige jugar al tenis antes que quedarse entre fogones, que prefiere ser una estrella de cine o bailarina clásica (incluso intenta esto último) antes que una virtuosa mojigata, y que en vez de doblegarse ante el hombre tiene un despreocupado dominio sobre él. Las dulces y devotas Lillian Gish de la década anterior quieren ser ahora como Clara Bow.

Y es que, como menciona la propia Zelda dentro del cómic: “a mi me tienes que conquistar desde el principio todas las veces que me veas” o también “Antes existían dos tipos de besos: cuando a las chicas se las besaba y se las abandonaba, segundo: cuando se prometían. Ahora hay un tercer tipo: en el que es el hombre al que se besa y al que se abandona. Si el señor Jones de 1890 alardeaba de haber besado a una chica, todos entendían que la había plantado. Si el señor Jones de 1919 alardea de lo mismo, todos entienden que ella ya no se deja besar” entre otras perlas.
Lo que nos puede resultar algo meramente frívolo a día de hoy, en una época como aquella suponía toda una declaración de intenciones. O como dijo Terenci Moix: “En aquel momento, incluso lo que hoy puede parecernos frivolidad podía ser un poderoso revulsivo contra la retórica victoriana”.

No se me ocurre una mujer más moderna que Zelda dentro de su tiempo, exceptuando quizás a la actriz (y también escritora hacia el final de su vida) Louise Brooks.

Aunque probablemente, después de la Gran Depresión y de la segunda Gran Guerra, poco quedó de estas flappers, en su gran mayoría niñas ricas, actrices en ciernes y alguna mujercita emprendedora que hacía un curso de taquimeca o se empleaba como modista para vivir su vida. La mayoría se convirtieron en madres coraje y exiliadas durante la Segunda Guerra Mundial, o bien retrocedieron enormemente de clase social tras el Crack del 29.

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En cualquier caso, se da un enorme choque generacional con la anterior cosecha femenina: las madres victorianas, que también se plasman con bastante sátira dentro del cómic quedan como un objeto anticuado y casi inmóvil frente a sus modernas hijas. Y el contraste es aún mayor ante una personalidad tan arrolladora como la de Zelda.

Quizás la poropuesta que supone Superzelda pueda redimir un poco a la Zelda Fitzgerald de Midnight in Paris, que aparecía como un personaje desdibujado y algo bobalicón. Sin embargo y a pesar de todo, la película de Woody Allen ha contribuído enormemente a alimentar la Fitzgerald-manía, y seguramente muchos buscarán en esta lectura algo de esa esencia mágica y añorada de los años 20, una década sobre la que prácticamente nadie vivo puede contar a estas alturas nada sobre la misma. Al menos contamos con el testimonio del cine, la música y la literatura. Y a la vez estamos viviendo una época de “revival” de décadas pasadas que puede suponer una necesidad de evasión y una inquieta nostalgia sobre un tiempo que no hemos vivido pero que sentimos un poco nuestro. ¿Será cosa de la memoria colectiva?

Esta novela gráfica sigue (y persigue) a la hiperactiva Zelda a lo largo de la su vida de manera perfectamente cronológica y dividida en etapas: abarca desde su inquieta niñez (en la que oscilaba entre escaparse del colegio y leerse todos los libros que encontraba por su casa), pasando por su precoz adolescencia, el primer encuentro con Scott, su boda con el mismo…y a partir de ahí, el resto es historia.

El ritmo narrativo es muy correcto y en general resulta una obra adictiva; el dibujo es sencillo y moderadamente detallado: no es tan simplificado como el de Guy Delisle ni tan preciosista como el de Guido Crepax, pero todos los personajes están bien definidos, son expresivos y perfectamente reconocibles, incluso contamos con algunas apariciones estelares (Louise Brooks, Hemingway o Kiki de Montparnasse entre otros), aunque se echa de menos alguna que otra figura, como la de Colleen Moore, a quien Fitzgerald nombró la “quintaessential flapper” y abanderada de su tiempo (me pregunto si la extremadamente celosa Zelda tuvo algo que decir al respecto).

El tópico tan sobado de que “los años 20 fueron alegres y despreocupados” muestra su verdadera cara: la cara oscura, decadente; del nuevo rico que se precipita hacia su ruina y dilapida su dinero, la inminente crisis de 1929 y el imparable declive de la pareja Fitzgerald. Una novela gráfica de encuentros y desencuentros, retiros europeos, codeo con las personalidades de la época y muchos “mint juleps” que acaban derivando en alcoholismo y en olvido. Una pequeña joya narrada en lenguaje de cómic que no hay que perder de vista.

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SUPERZELDA (LA VIDA ILUSTRADA DE ZELDA FITZGERALD)
Edición: Noviembre 2012 
Guión: Tiziana lo Porto
Dibujo: Daniele Marotta 
Elaboración: Cartoné, b/n, 174 páginas
Editorial: 451 editores.

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