Bodegones Flamencos y Holandeses del siglo XVII

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Por Mario S. Arsenal

 

De la vida doméstica. Bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII

Fundación Juan March (Calle Castelló, 77 – 28006 Madrid)

Hasta el 3 de marzo. Entrada gratuita.

 

  

Cuando en pintura hablamos de géneros menores, no nos referimos a ellos como en el siglo XVII, es decir, no como un género denostado ni inferior, sino como tal, como un género menor. No obstante, esta particularidad histórica no le resta hoy ni un ápice de emoción, antes bien, el bodegón puede transmitir sensaciones novedosas que en la pintura figurativa tradicional se nos escapan entre complejos símbolos y laberínticas alegorías. La magia de contemplar ciertos alimentos dispuestos en una mesa de manera aparentemente aleatoria puede acercarnos a uno de los paradigmas más elevados del arte, por no hablar de lo bien que dichas composiciones hablan del presente de su tiempo.

PEETERS, Clara. Bodegón con dulces, granada y copa sobredorada 1612

 

La Fundación Juan March presenta de nuevo en Madrid De la vida doméstica. Bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII, la segunda muestra de gabinete después de la dedicada a Giandomenico Tiepolo y sus retratos alegóricos el año pasado. Siguiendo el carácter de este tipo de exposiciones, se compone de once magníficos bodegones que nos ayudan a trazar una línea interpretativa clara y concisa. El objetivo de estas muestras, si algo tiene de positivo, es precisamente su rasgo abarcable. Se puede abrazar la idea sin mucha dificultad, siendo asequible para cualquier público. Al exigente le parecerá un caramelo delicioso; al iniciado le situará en mitad del debate artístico flamenco y holandés; para el sibarita será una delicia casi comestible; y al académico se le agotarán los argumentos para aborrecerla.

 

Encontramos obras de Osias Beert, Floris van Dijck, Jan Davids de Heem o una increíble Clara Peeters, única representación femenina, que ciertamente no es poco. Pero la muestra nos empuja a indagar en la denominación tan controvertida del género.

 
BEERT, Osias. Bodegón con nautilus y frutas en un plato Wan-lo, c 1610-15

El término primigenio de stilleven (literalmente “vida quieta”, “vida inmóvil”) fue usado por primera vez en un inventario de Delft en 1650 y se refería a lo que hoy se denomina “bodegón monocromo”, género iniciado en Haarlem veinte años antes por Pieter Claesz y Willem Heda, representados asimismo en esta exposición. El término anglosajón es el único que respeta la denominación genuina (still life), mientras que el resto de denominaciones son fruto de la mala traducción del francés. Culpables de este error fueron André Félibien, Gérard de Lairesse o Jean-Baptiste Descamps, desde mediados del XVII hasta bien entrado el siglo XVIII. Ahora bien, explica Teresa Posada Kubissa, comisaria de la exposición y autora del ilustrativo artículo del catálogo, que sería más correcto referirse a estas composiciones como “mesas” en vista de la confusión que supone el uso del término.

 

En cuanto género menor, el fenómeno del paisaje y el bodegón paradójicamente fue tan importante, que justamente ha pasado a la historia del arte indiscutiblemente como las mayores contribuciones de la escuela holandesa. Pero hay más cosas desde la firma del Tratado de Utrecht (1581), hecho decisivo que explicará la disparidad en los géneros pictóricos entre los Países Bajos del sur (católicos) y los Países Bajos del norte (protestantes). A pesar de esto, que no se produjo de manera inmediata, las ferias de Flandes seguían siendo los focos fundamentales para el tráfico de la pintura holandesa. Tanto el catolicismo en Flandes, unido éste a la política de los Austrias y al ambiente cultural de la Roma contrarreformista, como el protestantismo de las Provincias Unidas (después constituirían Holanda), ligado a una incipiente y poderosa burguesía mercantil adscrita al calvinismo, se dejaron notar en una profunda disputa artística que enriqueció el panorama europeo de manera extraordinaria, llegando a existir una demanda escandalosa de bodegones o mesas.

 

HEDA, Willem. Bodegón con copa Römer, panecillo y limón, c 1640-43

 

Quedaría subrayar, una vez más, que el privilegio que supone la exposición para el visitante se erige en reclamo fundamental de una de las instituciones que más empeño lleva poniendo en mostrar y acercar el arte clásico (y digo clásico porque no es actual, aunque todo arte sea indefectiblemente contemporáneo) al público. Un ejemplo de cómo con esfuerzo se pueden capear (verbo de rabiosa actualidad) las dificultades económicas, pero no sólo. Los que no la han visitado aún, tienen ahora la infinita suerte de volver a maravillarse con el arte.

 

 

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