Los sótanos de los que están hechas las patrias: Albatros, de José Luis Torres Vitolas

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Por Layla Martínez.

Sea cual sea el régimen que adoptan, todos los Estados del mundo tienen algo en común: poseen sótanos que no dejan escapar los gritos de miedo de los que son torturados. No importa si los que pasan por ellos son muchos o pocos, si las torturas se ocultan o se utilizan para dar ejemplo, si están dentro de la legalidad o permanecen en los márgenes de indefinición que poseen todos los códigos penales. Ni siquiera importa qué han hecho los que son encerrados ni a qué cuerpo u organización pertenecen los que torturan: las víctimas gritan igual y los verdugos actúan de la misma manera. Cuando estás en uno de esos sótanos, no importa si el que te tortura lo hace en nombre de la democracia, del caudillo, del pueblo, de la raza. La sensación de asfixia bajo la bolsa de plástico es la misma, el dolor de los golpes bajo las toallas húmedas es el mismo, el sabor metálico de la pistola en la boca es el mismo.

De hecho, la imposibilidad de distinguir entre unos regímenes y otros hace que a veces cambien sin que nadie se dé cuenta de ello, sin que ni las víctimas ni los verdugos lo noten. A veces las dictaduras comienzan antes de los golpes de Estado y nadie nota la ruptura, porque la violencia desplegada después de ellos no es diferente de la violencia cotidiana, porque los torturadores y los torturados siguen siendo los mismos. Albatros habla de eso, de los golpes de Estado que no cambian nada porque la dictadura había comenzado mucho antes, mientras los votantes introducían las papeletas en las urnas, mientras los candidatos mentían en los debates televisados, mientras en los despachos de los que tienen el poder se decidía el futuro de los que no lo tienen. El gobierno de Alberto Fujimori en Perú fue una dictadura mucho antes de que se alterase el orden constitucional, mucho antes de que el telediario diese la noticia del golpe de Estado que el Presidente se dio a si mismo. Quizá empezó cuando el Gobierno decidió practicar el terrorismo de Estado contra los guerrilleros de Sendero Luminoso, quizá cuando secuestró y torturó al primer inocente para arrancarle confesiones de hechos que no había cometido, quizá cuando se pusieron en marcha los Comandos de Ejecución del Ejército. Seguramente el momento exacto no importe, porque nada de lo que pasó en ese momento fue diferente de lo que sucedió después.

La radiografía del poder que es Albatros está hecha de esos momentos que apenas pueden distinguirse entre sí pero que, cuando se unen, cuentan historias que describen la degradación colectiva que vivió un pueblo obligado a vivir bajo un régimen de terror. Construida a partir de las voces de distintos personajes cuyos recuerdos se van entrelazando, la novela despliega poco a poco una estructura fragmentaria pero sólida, hecha a partir de géneros y estilos diferentes. Probablemente este es uno de los mayores aciertos del autor, que consigue mantener la tensión narrativa y evitar que el lector se pierda en medio de una novela en la que los recuerdos del pasado se mezclan con los sucesos del presente y en la que los personajes van apareciendo en distintos momentos de su biografía. Torres Vitolas asumía un reto al optar por una estructura narrativa más compleja de lo que suele ser habitual, sobre todo teniendo en cuenta que buena parte de los lectores pueden no estar familiarizados con lo sucedido durante el gobierno de Fujimori en Perú. Sin embargo, lo supera con éxito, y eso le permite conseguir una estructura mucho más rica y capaz de mantener la tensión narrativa en todo momento.

Otro gran acierto del autor es la construcción de los personajes, que son complejos y evitan caer en el maniqueísmo fácil, independientemente de que sean víctimas o verdugos. Seguramente en estos últimos es donde mejor se aprecia esa complejidad, que nos hace llegar a sentir casi cercanía por los antiguos miembros del Comando de Ejecución, obligados a vivir en la violencia del exilio, donde los recuerdos solo se adormecen con el alcohol. Inmigrantes que añoran su patria y beben y cantan y recuerdan, aunque no quieran, los cuerpos que tiraban al río envueltos en bolsas de plástico, los gemidos de los que suplicaban por su vida, los huesos que se fracturaban y la sangre que se coagulaba debajo de la piel. Quizás las patrias están hechas de eso, de huesos rotos y hematomas y charcos de sangre. Quizás las patrias están hechas de sótanos. 

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Albatros

José Luis Torres Vitolas

Lengua de Trapo, 2013

194 pp. 17,98 €

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