Conducta proactiva en “Liquidación por derribo”

 
 
Por Alfredo Llopico.
 
Vivimos tiempos de pesimismo. El inconveniente, como nos recuerda Lucía Etxebarría en Liquidación por derribo, el libro recientemente publicado por la editorial Planeta, es que el pesimismo se contagia más rápido que un virus. Es fundamental pues que no nos dejemos llevar por el desánimo, porque si no, lo iremos contagiando hasta crear pánico colectivo. 
 
Curiosamente el optimismo funciona. Así, nos recuerda que las personas que disfrutan de un razonable sentido de control sobre sus circunstancias no solo atenúan más fácilmente sus emociones negativas, incluso en situaciones de intensa ansiedad, sino que se enfrentan mucho mejor a los problemas que los que piensan que no controlan sus decisiones o que éstas no cuentan. Para los pesimistas el sentimiento persistente de indefensión en situaciones de adversidad anula cualquier esperanza o posibilidad de mostrarse optimista, porque sienten que nada pueden hacer para cambiar lo que inevitablemente les va a venir dado o que no les queda otra que resignarse a su suerte. Y para el que no siente esperanza no es posible ver las oportunidades y posibilidades de cambio, aunque las tenga enfrente. 
 
Que la felicidad nos salga al paso tiene más que ver con sentimientos como la calma, la autoaceptación y la serenidad, en aceptar y querer ser lo que uno es. No depende de lo que nos falta, sino del esmerado cultivo y buena administración de lo que tenemos. La felicidad se hace, no se halla. Brota del interior, no viene de fuera. No consiste en las muchas cosas poseídas, sino en el modo de gozarlas, aunque sean pocas, nos recuerda Etxebarria. Por eso, afirma que en tiempo de crisis, cuando se nos pinta cada paisaje en tonos grises y negros, es cuando más importante resulta aprender serenidad y calma, porque la tristeza hace que la inactividad se convierta en una forma de vida, provocando una situación de desanimo. Imposible no estar de acuerdo en su afirmación de que la emoción más invasiva y paralizante que hay es precisamente la tristeza. Ningún deprimido consigue grandes logros. Hay que ser optimista y eso no implica cerrar los ojos y esperar a que un hada agite la varita de cristal y nos conceda un futuro almibarado, sino crecerse ante la adversidad y confiar en las propias fuerzas. Lo que se ha dado en llamar una conducta proactiva orientada antes a la resolución de problemas que al chapoteo en el lodazal de la autocompasión. Un optimismo proactivo es el de las buenas decisiones, no el de las buenas intenciones. 
 
Nos aconseja Lucía Etxebarría en su libro no seguir conduciendo nuestra vida mirando por el espejo retrovisor porque vivimos una época marcada por los cambios acelerados que no permiten confiar en salir adelante utilizando aquellas herramientas que han funcionado en el pasado. Haciendo lo de siempre, conseguiremos lo de siempre. Por lo tanto nos sugiere abandonar la rutina y proponernos hacer las cosas de una manera diferente. Nos guste o no, el mundo está cambiando a toda velocidad y como afirma al recordarnos las palabras de Keynes, la verdadera dificultad al cambiar el curso de cualquier organización reside no en desarrollar nuevas ideas, sino en librarse de las viejas.
 
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