Así comienza “El aire que respiras”…

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Una fina llovizna empieza a jaspear la polvorienta berlina en la que viajan, camino de Barcelona, dos fugitivos franceses. Estamos en los boscosos alrededores de la villa de Hostalrich y en el invierno del año 1793. Las nubes avanzan negras por el horizonte. El viento azota el mundo sin misericordia. Los viajeros, que llevan ya mucho camino bajo sus magras posaderas, no tienen ganas de hablar. Son dos: en el pescante, arreando a las mulas, va un hombre más bien gordo y nada viejo, que viste como un aldeano y que pasa por serlo gracias a ciertos detalles, como su quijada protuberante, sus manos grandes y velludas o el olor a ajo que suele desprender su aliento. Sólo quien le vea quitarse el sombrero de ala se dará cuenta de que va tonsurado. Si le oyéramos hablar, ya sería otra cosa, porque sus gustos y sus maneras sí son los de un religioso. Salió de París en calidad de frailecillo agradecido a quien acababan de salvar el pellejo y por el camino se ha convertido en amigo y servidor para toda la vida del hombre al que acompaña. Responde por Serafín Girabancas. Dentro del coche va el otro, el señor, inquieto pero dormitando. Tiene treinta y dos años, nació y creció en Versalles, hombre muy viajado y muy leído, y por ello escéptico de casi todo, de profesión nada en absoluto, puesto que ostentaba el honor de ser bibliotecario real de su majestad Luis XVI y ahora el rey es un plebeyo y la biblioteca, una piltrafa. Los que desde hace poco mandan en su país le consideran un traidor, pero a él le da lo mismo, pues su opinión de ellos es mucho peor. Lo único que persigue es silencio para leer y anonimato para no tener que opinar. Opinar le parece agotador. Su nombre es Victor Philibert Guillot y es, como resulta evidente, un ser poco común.

Guillot ha decidido establecerse en Barcelona porque conoció el lugar hace algunos años y le pareció la más francesa de las ciudades extranjeras, pero mucho más apacible. También porque pudo comprobar que el chocolate que allí venden es de una calidad extraordinaria. Y si por algo pierde la cabeza el muy comedido Guillot es por una buena taza de chocolate.

De modo que allá van, hacia su nueva existencia, cuando, al vislumbrar Arenys, la lluvia arrecia. El mar es del color del plomo. Aún no se preocupan: han atravesado ya muchas tormentas en lo que va de viaje y ninguna pudo con ellos. Los dos piensan que hace falta mucha lluvia para detenerles y las mulas parecen darles la razón con su tozudez más bien indiferente.

En Arenys, Guillot tiene un recuerdo para un joven amigo nacido en esta villa de constructores navales a orillas del Mediterráneo y se pregunta qué habrá sido de él, pues lo último que supo era que emigraba a Cuba, huyendo de los acreedores que le acosaban. Anota en sus pensamientos: «Tengo que escribir a Xifré en cuanto pueda darle mis nuevas señas», pero sus propósitos se ven interrumpidos por una violenta sacudida, que casi le derriba del asiento. La arqueta que viaja con él —de patente francesa, con dos candados, barras y chapa bajera, todo de bronce— no sufre daños porque alcanza a sujetarla antes de que se caiga.

Por la ventana, Guillot ve una torrentera inaudita, frente a la cual se han detenido las mulas, indecisas. En el agua flotan troncos, ruedas, sillas, alguna que otra cómoda y hasta un buey mugiendo de la impresión. En el mar, el barro deja un rastro turbio y extenso. El chaparrón cae ahora con una fuerza extraordinaria. Los animales bufan. El capellán protesta: 

—¡Qué manera más endemoniada de llover! Guillot pregunta:
—¿Qué hacemos?
—Buscar un modo de cruzar, claro.

El único modo de cruzar es armarse de paciencia y de coraje. Lo consiguen después de esperar más de una hora a que amaine la lluvia y se aplaque un poco la furia de las aguas.

Los caminos están ensopados. Las casas, anegadas. En los pueblos que atraviesan ven por todas partes gente luchando contra una inundación que ya les llega más arriba de las rodillas.

Girabancas se santigua. Guillot se asegura de que la arqueta que lleva consigo como si fuera una compañía humana se encuentra a salvo. El agua es su peor enemigo. Si tuviera que elegir, antes la entregaría al fuego. Aunque mejor no tener que elegir, concluye.

El aguacero les ha dejado sin fuerzas. Deciden ser razonables: detenerse, comer caliente, dormir un poco en un lecho seco y, sobre todo, atender a las pobres mulas, que no tienen la culpa.

—Hay que ponerlas a cubierto y abrigarlas bien —advierte el cochero, desde el pescante.

Así, bajo la amenaza de un cielo negro, arriban a Mataró. Preguntan al único hombre que encuentran y les guía hacia un hostal que les queda de camino y no muy lejos. El Montserrat. Llegan a él con el ánimo del náufrago que ve un buque en su horizonte. Están de suerte, porque el Montserrat es un buen establecimiento, de los mejores del país, limpio, de buena mesa, frecuentado por gente ilustre. Hoy, la aversión al agua de los viajeros ha dejado libres algunos cuartos. El hostalero les recibe gustoso, contento de que la lluvia le traiga lo mismo que le quita. Poco después, los dos hombres están sentados a la mesa, aliviados dentro de sus ropas secas, la arqueta está a buen recaudo en la habitación recién alquilada y las dos mulas están en el establo, cubiertas con mantas y, a su manera, felices.

En la mesa, Guillot demuestra ser más curioso que glotón. 

El hostalero, de nombre Tomàs Ribot, posee el don de embelesar a sus huéspedes con recetas que cuenta como si fueran novelas:

—Tengo el menú ideal para su fatiga, monsieur —asegura—. Lo compone un buen caldo, con sus macarrones bien hervidos, seguido de las diferentes carnes de la olla: buey, por san Lucas; cerdo, por san Antonio Abad; cordero, por san Juan, y gallina, por san Pedro. Les llamamos los Cuatro Evangelistas para que bendigan nuestros estómagos. Luego añadimos tocino y butifarra, las verduras con las que tenemos más confianza por haberlas visto crecer en el huerto —coles, nabos y calabacines—, y nuestra excentricidad más simpática: una pelota hecha con carne y mezclada con huevo y su poco de ajo. Es tradición servir este plato acompañado de una salsa de tomate, pero hoy añadiré en su honor otra, muy fina, de grano de mostaza, por ser esa planta paisana suya.

—¿Y no hay salsa de ajo? —interrumpe Girabancas, y Guillot le fulmina con una mirada de reprobación.

—Podemos preparársela, por supuesto, si es su deseo…

—No le haga caso. El ajo apesta y es propio de bárbaros —tercia Guillot, y dirigiéndose hacia el posadero, añade—: Haga el favor de continuar.

—Como guste, señor. Sólo me falta por añadir que tras comer cuanto le he referido, se levantará de la mesa enamorado y deseando no marcharse de esta casa —sonríe el hombre, orgulloso.

Estas palabras resultan providenciales. Monsieur Guillot come a dos carrillos, cosa extraña en él y, aunque no se termina todo lo que Tomàs le sirve, alaba cuanto prueba y admira cuanto ve. Sobre todo a la camarera, una joven aún niña, morena y de ojos grandes, que se peina con dos trenzas y que es la encargada de rellenarle de agua y vino las copas. Sólo por verla volver, Guillot bebe hasta que la cabeza le da vueltas.

Cuando Tomàs pregunta:

—¿Ha sido de su agrado el almuerzo, monsieur? 

Él sólo atina a responder, buscando a la aguadora con la mirada:

—Oh, sí, sí, en grado sumo.

Ya todo ha desfilado por el plato como por un escenario y no hay más que ofrecer, pero viendo que el cliente no desaloja la mesa y que su presencia es la única del comedor, el hostalero se ve en el apuro de preguntar:

—¿Hay algo más en lo que pueda servirles, caballeros?

—Sí —salta Guillot, despertando a un letárgico Girabancas—. Quisiera saber cuál es el nombre de esta maravilla.

—Escudella y carn d’olla, monsieur —responde Tomàs, presto.

—Ah —cabecea Guillot, pensando «nadie que no haya nacido en esta tierra sería capaz de pronunciarlo», y puntualiza—: Mas no me refería al plato, sino a la joven.

Tomàs, que es hombre de gran astucia, sonríe complacido.

—Ah, monsieur, tiene usted un paladar excelente. Sabe elegir lo mejor, sin duda. La joven es mi primogénita. Responde por Juliana, como mi difunta esposa, y se parece a ella de los pies a la cabeza —hace un gesto a la niña, para que se acerque—. Saluda a monsieur con el debido respeto.

Juliana Ribot hace una reverencia graciosa. Es una criatura sonriente.

—¿Desea usted más agua? —pregunta.
—¿Cuántos años tiene, señorita?
—Once.
Guillot no esperaba que fuera tan niña. Paladea la sorpresa en busca de algún remedio, pero no los hay para estas cosas del tiempo. Como la situación se alarga sin que nadie entienda la razón, el hostalero interviene:

—El señor está servido, Juliana. Ve a la cocina a ayudar. —Sí, padre.
La niña hace otra reverencia y se aleja, con la jarra en la mano y unos andares de garza joven que complacen al observador. —Tiene una hija encantadora —constata Guillot, turbado. —Gracias, monsieur —el posadero se siente orgulloso. 

—¿Tendría usted algún inconveniente en que la convirtiera en mi esposa? —la expresión del hostalero y la del capellán, que seguía la conversación desde un sueño indisimulado, se desencaja al unísono. Guillot se apresura a remediar los efectos de su rudeza—: Cuando llegue el momento, claro está. Estoy dispuesto a esperar el tiempo que haga falta. Ocho, nueve, diez años, lo que la prudencia y usted, que es su padre, estimen oportuno.

El hostalero le toma por un loco de atar, uno de esos a quienes los caminos vuelven visionarios, un triste a quien la añoranza de su casa hace desbarrar. «Lo que este hombre necesita es una buena puta», piensa, desde su lógica masculina. Se pregunta cómo ha podido tomarle en serio cuando Guillot prosigue:

—Soy hombre cabal y de cierta posición, señor, y puede usted comprobarlo cuando guste. Nunca he estado casado ni he permitido que me arrastren las pasiones indignas. Me considero persona de buenas costumbres, no niego que algo insípido, cuyo único deseo es encontrar una joven dispuesta a fundar conmigo una casa de buen gobierno. Si su hija se muestra conforme, sería el hombre más afortunado del mundo. Me instalaría en esta ciudad de nombre… ¿cómo era?

—Mataró —le socorre Girabancas, que para la toponimia tiene una memoria excelente.

—¡Eso mismo! ¡Mataró! Me instalaría sin demora y enviaría cartas a todos para comunicar la noticia. Tengo entre manos algunos negocios y no soy hombre de muchas pero sí de escogidas amistades. Como ya le he dicho, la prisa no me afea. La espera será dulce si hay posibilidades de éxito. Considere toda esta palabrería como una petición formal de la mano de su primogénita, caballero.

Al hostalero no se le ocurre nada que decir. Todo lo que logra balbucear es:

—¿Sería mucho pedir que me ponga todo eso por escrito, monsieur?

A lo que Guillot, satisfecho, responde: —¡Naturellement, señor! Ya contaba con ello.

 

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