El ‘pero’ de Juan

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media-uploadPor VÍCTOR FERNÁNDEZ CORREAS. Le llamaré Juan por referirme a él de alguna manera. Sé que no le gustaría que su verdadero nombre apareciera por aquí, tal cual, así que ahorrémonos inoportunas referencias.Frisaría los 80 años de edad aunque aparentaba muchos menos. De esas personas a las que la edad toma en consideración, por las razones que sean, respetando casi con veneración. Reparé en él un par de veces, sentado al final de la sala donde daba una charla sobre mi última novela, dada la atención con la que me miraba. Al acabar aguantó pacientemente las protocolarias firmas y apretones de manos, e incluso dejó pasar a varios que, como él, aguardaban el momento, con tal de disponer de un poco más de tiempo. De reojo comprobé su extraño proceder. Luego entendí el porqué.

-Me llamo Juan y me ha gustado mucho su novela.

Voz modulada y segura, sus ademanes eran los de una persona con un total dominio de la situación. Sus ojos vivos, muy abiertos, y la expresión facial, abierta y risueña, me inspiraron una repentina confianza. Dejé que hablara, lo mejor que se puede hacer en esos casos, mientras me aplicaba en la correspondiente dedicatoria.

-Sólo tengo un pero…

Entonces levanté la vista y lo miré. La suya, una sonrisa guasona, me predispuso a escuchar la puntualización con atención. La experiencia es un grado, y en una persona mayor, un lujo que nunca se ha de desaprovechar.

-¿El estilo? ¿Alguna descripción que no le ha gustado? ¿El tratamiento de la trama?

Juan meneó la cabeza sin perder la sonrisa en ningún momento. Lo suyo era algo más importante. Y las ganas de compartirlo, mayores si cabe.

-¿Le importa si le invito a tomar un café?

Dos horas nos dieron en la próxima cafetería en la que entramos, contigua a la sala de la charla. No sólo me reveló su edad y otros aspectos de su vida cotidiana sino también detalles específicos para centrar ese pero que me debía. Suficientes para darme cuenta de que Juan podía haber escrito la novela; es más, debería haberlo hecho.

-Cada uno vale para lo que vale y usted lo demuestra escribiendo, le da lo mismo el tema. Yo, por amplios que sean mis conocimientos, nunca hubiera podido hacerlo como usted.

Habló de lugares, situaciones, estudios; analizó detalles concretos y emplazamientos similares a los escenarios de la novela; diseccionó los personajes, su forma de ser, comportamiento, estructura ósea, etc. Era tal la emoción que él sentía y el placer con el que lo escuchaba, que las dos horas se esfumaron en un santiamén. Había gastado cuarenta años de su vida estudiando restos humanos, visitando yacimientos, dando charlas en museos y fundaciones; adornando de una enorme humildad logros que harían palidecer a muchos colegas y compañeros. «Los tiempos han cambiado, y también las personas. Por eso prefiero quedarme con los recuerdos» sentenció después de asaetearle a preguntas. Y por encima de todo, discreción. Seguramente de aquella charla lo más válido fueron los secretos, que decían más de lo que callaba.

-Muchas gracias por estos preciosos días de lectura. Pero mucho más por ayudarme a revisitar mi pasado. Y eso, se lo aseguro, es algo impagable.

Nos despedimos cordialmente intercambiándonos los correos. No he vuelto a saber nada de él pero al menos me permití el lujo de escucharlo detenidamente. Y de invitarlo al café. Y los que hubieran hecho falta con tal de disfrutar de su sabiduría.

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