Efectos secundarios (2012) de Steven Soderbergh

 

Por Jordi Campeny 

 

Desde que se dio a conocer con la excelente Sexo, mentiras y cintas de video (1989), Steven Soderbergh ha demostrado con creces ser uno de los directores más prolíficos y con una de las carreras cinematográficas más dispares del panorama americano contemporáneo. Ha firmado títulos comerciales e insustanciales como la trilogía de Ocean’s, que le han hecho rico, y productos excelentes de corte más independiente como Bubble (2005), que le han aportado el reconocimiento y el prestigio. Con Traffic (2000), estupenda película, supo sumar ambas facetas   -comercialidad y calidad- y le valió el Oscar a mejor director.

EFECTOS SECUNDARIOS

Efectos secundarios (2012) de Steven Soderbergh

Con una más que demostrada capacidad para el pulso narrativo, Soderbergh nos presenta ahora su último trabajo, Efectos Secundarios, una propuesta que aúna dos películas en una, un drama psicológico y un thriller. El primer tramo nos sumerge con solvencia y determinación en los abismos interiores de una magnética y magnífica Rooney Mara, enferma de depresión y con continuos fantasmas acechantes.  El director compone un interesante, complejo y verosímil retrato de la tristeza y la desesperación, apoyado por un notable y efectivo elenco de actores. Este tramo de recorrido ofrece una interesante y lúcida mirada a nuestro mundo enfermo y consumido, aparte de una nada desdeñable crítica social, económica y política.

De repente, el guión da un giro potente y arriesgado y, lo que hasta el momento había sido un notable e intenso drama se convierte en un thriller –también psicológico- con gran sentido del ritmo pero más convencional y definitivamente menos interesante que su primera parte. A medida que va avanzando este segundo tramo, la acción va complicándose, rizándose, dando vueltas sobre sí misma hasta llegar a una conclusión no ya sólo inverosímil y manida (que también) sino, y lo que es peor, que destruye toda la primera parte (“la buena”, digamos). Al final, pues, queda poco. O nada. Y lo que queda, bien podría tildarse de golpe bajo o, directamente, de moralmente despreciable (si es que esto significa aún algo). ¿Podemos sacrificar y utilizar una temática tan problemática y espinosa como la depresión para satisfacer las demandas de la industria del cine y ofrecer así un producto más comercial? ¿Es moralmente aceptable jugar con las posibilidades de tan devastadora enfermedad para así contentar a los amantes del thriller?

El director ya había demostrado en alguna otra ocasión ser poseedor de una dudosa y discutible moralidad al, por ejemplo, atribuir a una mujer adúltera la culpa de que el mundo padeciera una imparable oleada de muerte y destrucción por contagio de un virus letal en Contagio (2011). Por lo tanto, por mucho que, una vez más, Steven Soderbergh haya demostrado que es un director solvente e interesante, con un estilo aséptico pero hipnótico, que sabe rodearse de muy buenos actores y dirigirlos con acierto y que logra pertinentes y quirúrgicas exploraciones a nuestra contemporaneidad, éstas innegables virtudes no consiguen que le podamos perdonar algunas infames decisiones que convierten una película a priori atractiva como Efectos Secundarios en una deleznable abyección.

 

 

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