Fascinación por el mal

 

Por LUPE RUBIO

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Con tan solo 16 minutos en pantalla, Anthony Hopkins consiguió un Oscar por El silencio de los corderos y convirtió en un icono del cine la máscara que llevaba en la película. Tras el éxito de la cinta dirigida por Jonathan Demme, se estrenaron, con menor suerte, otras dos películas basadas en las novelas de Thomas Harris, El origen del mal y El dragón rojo (Michael Mann había filmado una versión anterior en 1986 que había pasado desapercibida). La primera buceaba en la infancia del asesino caníbal y sus primeros crímenes por venganza, mientras que en la segunda Lecter había sido encarcelado tras haber apuñalado al profesor del FBI Will Graham, interpretado por Edward Norton, quien a pesar de ello colabora con Lecter para que les ayude a atrapar a otro asesino en serie. La serie Hannibal, que se estrenada en AXN en España, transcurre temporalmente entre ambas películas, pero no se basa en ningún libro. Cuenta cómo se conocen y comienzan a colaborar Will Graham y Hannibal Lecter, que en ese momento es un reputado psiquiatra, rodeado de lujos.

A pesar del título, el protagonista no es el psicópata sino el ex detective, interpretado por Hugh Dancy, actor inglés que no había tenido un papel principal hasta ahora y que está casado con Claire Danes, Carrie en Homeland. La peculiaridad de su personaje es que empatiza con los psicópatas de tal forma que descubre sus motivaciones y deduce sus siguientes actos solo con ver la escena de un crimen, que él repite en su cabeza como si lo hubiera cometido él mismo. Por ser el bicho raro del FBI, se acerca más a los protagonistas de series como Elementary o Perception, pero sin una pizca de humor, pues le acosan las dudas y es perseguido por alucinaciones.

Por tanto, la identificación del espectador con él es nula. Sobre todo cuando se enfrenta a la fascinación que despierta un personaje tan complejo como Hannibal Lecter, que toma a Graham bajo su ala, pero que no duda en avisar a un asesino de que le han descubierto e, incluso, descuartizar a una mujer para que sirva de pista al detective. Bueno, y para comerse sus pulmones, porque la serie cuenta con el asesoramiento gastronómico del chef José Andrés en los festines que Hannibal cocina con sus víctimas. Víctimas que en esta serie son gráficamente clavadas en astas de ciervos o enterradas vivas para servir de alimento a inmensos champiñones. Eso, de momento, porque el catálogo de los horrores puede ponerse peor.

Si alguien tenía dudas sobre si la sombra de Anthony Hopkins sería demasiado alargada se ha equivocado de pleno. El actor danés Mads Mikkelsen, símbolo sexual en su país aunque la suya no es una cara al uso, se come al protagonista, interpretativamente hablando. Especializado en villanos, como el Le Chiffre de la cicatriz en el ojo en Casino Royale, el primer Bond con Daniel Craig, Mikkelsen ha compaginado cine comercial internacional (El rey Arturo, Furia de titanes, Los tres mosqueteros) con trabajos con los realizadores de su país más destacados actualmente: Nicolas Winding Refn (Pusher) y Thomas Vinterberg (Un asunto real). El actor ha confesado que se ha inspirado más en cómo sería encarnar al diablo que en psicópatas o enfermos mentales. “Lo más cercano que se me ocurría era ser el Ángel Negro, que cree en la belleza de la oscuridad”. Con solo unos pocos capítulos emitidos, aun es pronto para saber si esa fascinación se profundiza o se transforma en repulsa, pero lo que sí es seguro es que generará mucho morbo la anunciada relación que mantendrá, brevemente, suponemos, con su terapeuta, interpretada por Gillian Anderson, la agente Scully de Expediente X.

No obstante, el mayor problema de la serie no es esta desequilibrada relación entre detective y psicópata. El creador, Bryan Fuller, trekkie y amante de lo bizarro (creó Pushing Daisies y trabajó en Héroes), ha confiado más, al menos de momento, en efectos visuales de sangre ralentizada estilo CSI que en una intriga bien montada, por lo que Hannibal solo remonta cuando se centra en la clásica búsqueda de pistas y persecución del asesino y olvida los saltos de fe que exige al espectador cuando Will Graham descubre increíblemente los pasos del asesino.

En definitiva, un inicio desalentador, lastrado por un afán de efectismo, pero que mantiene momentos e imágenes inquietantes. Veremos cómo se desarrolla.

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