“Etocracia. El gobierno fundado en la moral”, de Holbach

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Por Sergio Gallego Isla.

etocracia-holbachEl barón de Holbach es uno de esos autores que suenan tan actuales al leerlos que generan serias dudas sobre la época a la que pertenecen. En esta obra que aquí reseñamos, Etocracia, encontramos pasajes que, por su fondo, bien podrían haber sido escritos a día de hoy sin que nos resultaran excesivamente anacrónicos: Las leyes que obligan a prender a un ladrón por cinco céntimos no castigan a un hombre de alcurnia ni deshonran a un poderoso que, por contentar su lujuria, deshonra a una familia honrada o que, por alimentar su vanidad, arruina a sus acreedores, reduce a unos comerciantes a la mendicidad y se convierte, sin peligro alguno para su persona, en asesino de muchas familias. En modo alguno camina por ello con la cabeza gacha; se felicita por haberles embaucado y se ríe con sus iguales de su simplicidad”. ¿Cuántos de esos hombres de alcurnia o poderosos, que caminan con la cabeza alta, y que ponen en peligro el tejido social, nos podemos encontrar aún hoy en pleno siglo XXI? Precisamente contra este tipo de abusos, y otros semejantes, Holbach presenta su “proyecto” de gobierno.

En Etocracia. El gobierno fundado en la moral, que la editorial Laetoli se encarga de rescatar del olvido y traer de nuevo a la palestra, Holbach hace gala de su espíritu ilustrado cuando entiende que la política no puede separarse nunca de la moral ni perderla de vista ni un instante, sin que haya peligros iguales para soberanos y súbditos”. Sólo mediante la unión entre política y moral se puede llevar a cabo una auténtica reforma de las costumbres. Y todo ello con el objetivo de garantizar la conservación y la felicidad de los ciudadanos que componen la nación.

Independientemente de la forma de gobierno que adopte el Estado, ya sea una monarquía, una aristocracia, o una democracia, este deberá tener siempre como base la moral. Pues, a diferencia de Maquiavelo, Holbach no recomienda a su Príncipe ni que sea amado ni que sea temido por su pueblo, sino, simplemente, que sea justo, que sea Bueno. Sus súbditos no han de amarle a él, al Príncipe, han de amar la Justicia. Sólo si existe una verdadera Justicia, sólo si la Ley se aplica por igual tanto al más elevado como al más humilde de los ciudadanos, sólo entonces podrá existir una verdadera Felicidad. Y para ello, el Príncipe, aquel que gobierne, el encargado de llevar el timón del barco, deberá ser, ante todo, y el primero, un ejemplo de Virtud en el que se reflejen sus conciudadanos. Aquí Holbach deja entrever una atracción por el pensamiento clásico, griego y latino, en especial, que queda plasmada a lo largo de toda la obra.

Ateo convencido, la moral de la que continuamente nos habla Holbach no es ninguna moral caída del cielo ni dictada por un ente celestial. Es una moral de los hombres y para los hombres, a la luz de la Razón. Belleza, Bien y Verdad. Una tríada inseparable en el pensamiento platónico que se vislumbra en el planteamiento etocrático de Holbach. Toda Ley establecida bajo el recto marco de la Razón, será Justa, será Buena, y, por tanto, será Bella y deseable.  “La vida”, afirma Holbach, “está llena de las alegrías más puras cuando se conoce el placer de hacer el bien.”

Y para que un Príncipe pueda gobernar sobre su pueblo, de manera que sea la moral la que rija sobre ellos, el pueblo ha de salir de la ignorancia. Para ello, el Estado ha de proporcionar un plan general de educación, honrada y moral, que estimule desde la juventud una emulación útil en el corazón de los ciudadanos, favoreciendo que las recompensas sean adjudicadas al verdadero mérito, alejando así todo lo posible la sombra de las corruptelas. La ignorancia, que es la fuente de los males de los hombres, ha de ser desterrada. Por eso, dice Holbach, “el hombre debe aprender desde la más tierna infancia a conocerse a sí mismo, y así sabrá qué debe hacer o evitar para conservarse y mantenerse en una existencia dichosa”. Un pueblo educado es capaz de navegarse por las revueltas aguas de las pasiones, otorgándose así la libertad propia que es necesaria para convivir en equidad. Así, el hombre se va acercando cada vez más a su mayoría de edad.

Si algo se le puede achacar a Holbach en esta obra es el tratamiento que hace de la mujer, que, sin salirse de los prejuicios endémicos de su época, sigue considerándola como el sexo débil, llegando a decir que en general “sienten con mucha intensidad pero razonan bastante poco”. No obstante, para Holbach, este defecto es fruto de una educación inadecuada y corrompida que no ha sabido contribuir a la formación de un pensamiento reflexivo adecuado en la mujer y la ha relegado a su -obligado- “lugar natural” en el hogar.

El pensamiento de Holbach no es poseedor de una gran originalidad y por ello no ha pasado a la posteridad como uno de los grandes Filósofos, con mayúsculas, de la Ilustración. Como señala Josep Lluís Teodoro en su espléndido epílogo a esta edición, la obra de Holbach es más bien un compendio de las ideas que circulaban en su ambiente, a las que él aplico el radicalismo y la sistematicidad que le caracterizaban. No olvidemos que su mansión era centro de reunión de ilustres pensadores de la talla de David Hume, Diderot, Adam Smith y Helvétius, entre otros. Quizá por ello Holbach pueda sonarnos tan actual. No en vano, fue parte del pensamiento que dio forma a la Modernidad y que, por consiguiente, estableció las bases de nuestra Edad Contemporánea.

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“Etocracia”

Barón de Holbach

Ed. Laetoli, 2013

216 pp. , 17 €

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